BIBLIOMANÍA: EL VICIO NOBLE
Lo confieso: tengo una gran cantidad de libros en mi pequeña biblioteca que no he leído. Me he asomado a ellos, sé cuál ejemplar tomar cuando busco una información determinada, pero eso no quiere decir que los conozco de la página de la dedicatoria a la página legal. Cuando alguien entra a mi casa por vez primera lanza la pregunta de siempre: “¿Los has leído todos?” Respondo cualquier cosa, por ejemplo, “la mayoría”.
Antes me daba pena reconocer que me faltaba una buena cantidad de ejemplares por leer. Eso terminó cuando me enteré que es un bibliómano: persona que tiene una “propensión exagerada a acumular libros”.
“¿Qué hace un hombre cuando tiene dinero?”, preguntaba Balzac. Y él mismo respondía: “va al burdel”. Muchos estarán de acuerdo con el autor de ese portentoso proyecto narrativo llamado La comedia humana, aunque otros, como Erasmo, “El príncipe de los humanistas”, señalaba en una carta: “Cuando tengo un poco de dinero, compro libros”. Y remataba: “Y si me queda algo, compro comida y ropa”. Cada quien sus prioridades, aunque Erasmo tampoco indica si leyó todos los libros que compró sacrificando incluso sus alimentos.
En su libro Nada mejor que un montón de libros: Elogio de la bibliomanía, el autor Ed Simon menciona al escritor y semiótico italiano Umberto Eco, quien se refería a su “antibiblioteca” cuando hablaba de esa “masa de libros que nunca leería, pero que poseía, cuya mera presencia era un humilde recordatorio de todo aquello que nunca conoceremos”. Y Simon apoya esa acepción, recordando una cita más del corpulento filósofo de Alessandria, Italia: “Quienes compran un solo libro, sólo leen ese y luego pueden deshacerse de él. Simplemente aplican la mentalidad consumista a los libros”. Y abunda el autor de El nombre de la rosa: “Quienes aman los libros saben que un libro es todo menos una mercancía”.
Cuando estudiaba el bachillerato en el Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Naucalpan (CCHN), transbordaba en la estación Pino Suárez con dirección a Tacuba. A un costado del Adoratorio de Ehécatl –que todos conocemos simplemente como la pirámide de Pino Suárez— había una librería cuyo nombre no recuerdo. Salía temprano de mi casa para contar con el tiempo suficiente para hojear libros al menos durante hora y media. Y, como decía Erasmo, ahorraba el dinero que mi madre me daba para comer algo en el CCHN, y así reunir lo suficiente para hacerme del libro que me había seducido en la semana.

Fue un esfuerzo que valió la pena, y mucho, pues reuní gran parte de lo que fue mi primera biblioteca. ¿A qué me refiero? A que he regalado mis libros en varias ocasiones. No los he donado, porque es casi imposible donarlos a una biblioteca pública, pues, por normatividad, sólo se atienen a lo que les da la Secretaría de Educación. Absurdo, ¿no creen? Pero así están las cosas.
A Tlaxcala llegué en 2020 con una biblioteca reducida que ahora está escondida detrás de un par de grandes espejos, donde las alumnas de Karini practican sus rutinas de belly dance. No hay dramas por ese motivo. Cuando necesito algún tomo, me las arreglo para rescatarlo de los anaqueles. Confieso que de 2020 a la fecha mi colección se ha mantenido sin cambios. Ya no compro libros, tampoco los tomo de internet. ¿Desdén por la lectura? No, creo que ahora escribo más de lo que leo.
Hace un año –y para el propósito del presente artículo cae de perlas— escribí un *Apóstrofe que fue en realidad un intento de homenaje a los libros. Permítanme exhumarlo de su breve pasado.
El texto se llamó Amigos de papel:
“Los libros, voluminosos o desnutridos, guardan polvo, esconden arañas y pescaditos de plata, doblan en ocasiones la madera de los libreros con su peso excesivo, desbordan los muebles y son indiscretos, pues su contenido desvela mucho de la personalidad de quien los lee. Sin embargo, hay personas que aman a sus amigos de papel, por lo que les agradecen de por vida su paciencia, ya que pueden esperar por años a que finalmente nos decidamos a tomarlos, a revisar su estado y leerlo, o al menos a consultarlos o escudriñarlos.
Los libros me han acompañado en esta travesía que ha tenido de todo, desde episodios felices y momentos asombrosos, hasta sus lapsos de dolor. Los libros, los que elegí leer, me han hecho más fácil el camino, también más ameno, enseñándome que la sabiduría que algunos escritores han decidido compartir conmigo es en realidad un mapa de conocimiento que se alza desde la punta de mis pies hasta un cielo que se expande en diferentes dimensiones.
Porque una cosa es cierta: cuando una persona lee, se le nota no sólo en el modo en que se expresa sino también en la forma en que comprende a los viajeros que encuentra a su paso, a las plantas que lo curan y a los animales que se vuelven sus amigos.
Los libros son libros, es decir, tienen hojas, espina dorsal y mancha de texto. Hay contenidos en formato PDF, es cierto, muchos de ellos muy buenos. Pero su existencia es virtual, sólo aparecen cuando la pantalla está encendida. No es el caso. Lo siento, no tengo un PDF de cabecera ni tampoco oculto un PDF debajo de mi almohada.”

