“EL CAMIÓN DE LA MUERTE”: CORRIDO DE UN “TRENAZO” QUE LEÓN MANTIENE EN SU MEMORIA
Era un domingo, señores:
muy cerca de la estación,
el tren arrastró a un camión
y causó muerte y dolores.
Escuchen, mis valedores
este mi cantar sincero:
era un 14 de enero,
allá en el año noventa;
la sangre se me calienta
cuando miro aquel crucero.
El autobús número 7 de la línea “Triángulo Verde” era el único medio de transporte para las y los habitantes de El Huizache, pasando por El Reparo, El Salto, El Sauz, El Lindero, después seguía por Santa Rita y otros ranchos, en su mayoría ubicados entre los límites con San Francisco del Rincón, hasta llegar al centro de León
Por ser domingo, aprovechaban el primer viaje, que salía a las siete de la mañana, para ir de compras al centro de la ciudad. Llevaban niños a la catedral para que recibieran la confirmación. Había un atractivo adicional ese día: estaba la feria de León.

La memoria me atormenta,
pues treinta y cinco murieron.
Cuando temprano salieron
de Huizache y Sauz de Armenta,
subió la gente, contenta,
pues iban con emoción
a la gran feria de León.
Nadie al momento pensaba
que ese día les esperaba
una fosa en el panteón.
El conductor, Cecilio Ramírez Diaz, vecino de la colonia Diez de Mayo, llevaba tres días en la borrachera. Esa esa mañana había estado, de camino de León a El Huizache, en el rancho San Judas (unos kilómetros antes, junto a San Cristóbal), donde había tomado unas cervezas para “curársela”.
El autobús tenía capacidad para 45 pasajeros, pero lo atiborró con 84 personas amontonadas. Poco antes de las nueve de la mañana ya no recogió a quienes le esperaban a la vera de la carretera a Cuerámaro. Aceleró para llegar lo antes posible al centro de la ciudad y retornar por más pasaje.
Cecilio, era el chofer,
Ramírez se apellidaba:
y desde el jueves tomaba,
no paraba de beber.
Ese irresponsable ser
era de la Diez de Mayo
y manejó como rayo
sin ninguna precaución:
su atiborrado camión,
decía la nota de “El Gallo”.
El autobús había salido de los caminos que comunicaban a las rancherías más alejadas y tomó por la carretera León-Cuerámaro. Cuando llegó al cruce de la vía con el boulevard Hermanos Aldama, se escuchó que el tren pitaba. Los pasajeros vieron venir al convoy.
A pesar de los gritos, el chofer aceleró con la ilusión de ganar el paso y no perder tiempo, pues el tren llegaría a la estación y los cruceros de la zona quedarían obstruidos durante al menos 20 minutos.

El silbato resonó,
el convoy se aproximaba
y el pasaje le gritaba,
pero el chofer no paró.
El choque fuerte sonó
con mortífera estridencia,
a Dios pidieron clemencia
entre el polvo y el dolor
imploraron al Señor
algo de su providencia.
Los pasajeros vieron cómo la locomotora número de serie 10048, de 1 600 toneladas, se acercaba. Fue entonces que el chofer, cuando cruzaba la vía, quiso detenerse. Lo que logró fue una embestida directa en el lado derecho del autobús, que fue partido en dos y arrastrado medio kilómetro, hasta el crucero de la estación.
Ahí quedaron regados
ensueños e ilusiones;
entre rieles y vagones
los cuerpos despedazados
Dios perdone sus pecados,
eran personas decentes
de los ranchos, residentes.
Esa despiadada escena
a mi recuerdo envenena
por la muerte de inocentes.
A lo largo de la vía se levantó una polvareda que dejó una estela de enseres personales, hierros retorcidos y partes de cuerpos destrozados.
Con el puro impacto murieron 27 personas. No lograron sobrevivir tres más rescatados y cinco más fallecieron posteriormente en los hospitales.
A los pocos minutos llegaron socorristas, policías y bomberos. Un uniformado levantó a un niño de tres años y estalló en llanto cuando el pequeño murió en sus brazos cuando lo llevaba a una patrulla.
Los reporteros de nota roja consignaron a un bebé de tres meses, encontrado sin vida entre cajas de cartón y despojos. Las crónicas periodísticas de la época describieron la imagen del cadáver de una niña estaba sobre la vía aferrada, a su muñeca. Los relatos eran prolíficos en detalles y en las redacciones se debatía sobre las fotografías a publicar, pues muchas de ellas tenían imágenes demasiado fuertes.

Aquella imagen dantesca
conmovió a la población
y le dio luto a León,
y hace que la pena crezca.
Tenemos memoria fresca
policías y reporteros,
socorristas y bomberos;
guardamos en nuestra mente
el dolor de aquella gente
y sus gritos lastimeros.
El rescate duró media mañana y los peritajes se prolongaron por horas, debido a que había restos de personas. Y así como hubo voluntarios para el rescate también hubo rapiña. Entre las personas fallecidas estaba una joven de nombre Teresa Navarro, que se iba a casar e iba a la ciudad por su vestido de novia. Los “buitres humanos”, señalaron las crónicas, le quitaron su dinero.
Para tener la memoria de las personas que fallecieron, fue construida una capilla en el lugar donde hubo más personas fallecidas. A ese homenaje se le llamó “La ermita” y en sus muros pegaron recortes de periódicos que informaban sobre la tragedia.
Con el paso de los años la construcción fue destruida, pero en las hemerotecas y en el recuerdo de sobrevivientes queda la memoria de una de las tragedias que más han sacudido a una ciudad que, pese a su modernidad, no olvida sus dramas.
El relato más estremecedor sobre este hecho fue el realizado por el reportero Manuel García Gallegos, que fuera víctima de la pandemia en julio de 2020.
Ya con esta me despido,
perdonen lo mal versado
(es que estaba desvelado).
Con este corrido pido
que no nos gane el olvido
que no nos sea indiferente
el dolor de esa gente:
que aquí concluyó la historia
que les redacté en memoria
del autobús de la muerte
Fotografías: Periódicos a.m. León y El Sol de León.

