FORTALEZA: CRÓNICA DE UN AMOR SIN PALABRA
Jorge Luis Borges escribió “Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. Crecen los muros de su cárcel, como en sueño atroz” y yo añadiría que esa prisión suele estar llena también de espejismos que vuelven el paisaje aún más solitario e incomprensible.
A los 34 años la vida para Fortaleza se antojaba más entera y equilibrada, ya no era tan rebelde, buscaba estabilidad y recorría un camino propio a pesar de la incertidumbre. Venía de una relación de nueve años, de una vida dedicada al trabajo, al estudio y a viajar en solitario; todo lo que ganaba lo invertía en ella misma.
“Podrían parecer banalidades, pero todo era para sentirme mejor conmigo y ahora que no puedo darme esos lujos pienso que no fue un dinero mal gastado”.
Un encuentro casual en un supermercado modificó la trama de su vida: “Cuando lo conocí me parecía indefenso y eso me atrajo”.

El amor apareció para entrar en su cotidianidad y alimentar una esperanza de vida: “Nos veíamos después de mi trabajo tres veces por semana para ir al gimnasio, yo hacía yoga y él box. Los domingos salíamos a caminar, al cine o a recorrer las plazas. Conocí a su familia, a sus amigos, a su círculo cercano y todo en él parecía perfecto. Tenía su propia casa y me decía que solo faltaba yo en ese lugar y nuestros hijos corriendo alrededor”.
Después de nueve meses de relación Fortaleza supo que esperaba un bebé y se mudó con su pareja para comenzar una vida y una familia en conjunto… Y ahí, el rosa de la historia empezó a cambiar de tono hasta volverse gris.
“Al vivir con él comencé a ver que todos los viernes sin falta bebía y se seguía hasta el sábado. El domingo se recuperaba para iniciar la semana laboral el lunes. Los primeros tres fines de semana pensé que tal vez era como una celebración por el inicio de nuestra vida juntos, pero pasaron los meses y siguió igual, cuando le comentaba que algún viernes prefería salir o hacer otras cosas invariablemente terminamos en un bar donde yo obviamente por mi estado no me sentía cómoda”.
“Con el tiempo el consumo se volvió constante: desaparecía durante días, yo no sabía si estaba vivo y el miedo se volvió rutina. Eran momentos de terror porque yo no sabía si le había pasado algo, llamé tantas veces al 911 que las operadoras ya me reconocían. Intentamos terapia, centros de rehabilitación, grupos de AA; nada prosperó.”
En ese entorno, nació su primer hijo. Fortaleza lo sostuvo con lo que podía y tenía a su alcance en ese momento para que creciera sintiéndose amado, protegido de una realidad que comenzaba a desbordarse.
“Más o menos a los 3 años de vivir juntos me enteré de que estaba consumiendo cocaína y entonces tuvimos una gran crisis en la que intenté salirme del lugar donde vivíamos y me fui a rentar a un lugar en el que nunca me sentí feliz porque mis vecinas, a pesar de ser mujeres como yo, todo el tiempo me monitoreaban y hablaban sobre mi vida juzgándome y señalándome”.
Sin lograr sostener su decisión, y, además, empujada por la pandemia que redujo su sueldo a la mitad impidiéndole seguir pagando renta intentó creer nuevamente en las insistentes promesas de que todo sería distinto en adelante, y regresó con él seis meses después movida por las trampas de un nuevo espejismo.
“En este momento tenemos dos hijos, el más grande tiene 6 años y el pequeño 1 año y medio. Decidí alejarlos de esa toxicidad hace exactamente un año, mi bebé tenía 6 meses. Renté un departamento que pago con lo que él me da de pensión, sin embargo, seguimos conviviendo, asumiendo nuestro rol de padres”.
Fortaleza se fue cerrando al mundo para abocarse a que sus roles de madre y esposa funcionaran como siempre creyó que debían ser.
“He decidido cerrar mucho mi círculo social porque no quiero que me juzguen. A casi nadie le cuento lo que sucede entre él y yo. Me he descuidado mucho porque la solvencia económica ya no me lo permite. He tenido que aceptarme vulnerable cuando antes yo misma juzgaba a otras mujeres que estaban en esta misma situación tachándolas de débiles. Hasta que no lo vives, no lo entiendes.
El daño emocional que una mujer sufre en condiciones como ésta suele ser muy profundo, pero como no se ve… se ignora. Entonces el terror, se vuelve cotidiano.
“Cuando él bebe o consume me da muchísimo pánico. Se me acelera el corazón, me dan ganas de fumar, de huir, de salir de ahí y alejarme. Cuando vivía en su casa era muy complicado porque al final era SU casa y entonces yo sentía que tenía que aguantar. Nunca sentí que yo pudiera imponer mis reglas, no tenía otra opción y me encerraba en la recámara, me iba a la casa de mis papás por algunos días o simplemente lo ignoraba, pero por dentro era un pesar constante, mucha tristeza e impotencia. Me empecé a llenar de sentimientos negativos hacia él sobre todo porque no quería que mis hijos vivieran así”.
El proceso de una mujer que sobrevive al abandono y a la violencia la posiciona en un lugar en el que nadie escucha, nadie ve, nadie sabe…
“La huella de tantas reincidencias ha hecho lo suyo, la palabra adicto quiere decir sin palabra, y así es. Ya no confío en él“.

Hoy, Fortaleza se ha separado y vive en su propio espacio haciéndose cargo de los niños, del hogar, del trabajo y, además, de los chantajes, las imposiciones y la violencia que por debajo de la mesa él sigue ejerciendo contra ella para empujarla a volver.
“El punto de quiebre fue cuando tenía cinco meses de embarazo. Yo tenía un evento del trabajo, así que acordamos que pasaría por mi hijo mayor a la escuela y en la noche irían juntos por mí al trabajo. Durante el día estuve tratando de comunicarme con él pero cuando las llamadas y los mensajes no fueron contestados supe inmediatamente que ya había desaparecido. Le avisé a mi mamá para que pasara por mi hijo a la escuela. Luego supe que había planeado verse con otra mujer desde un día anterior en un hotel”.
Embarazada, con un hijo de cinco años, y emocionalmente agotada no tuvo más remedio que resistir un poco más. “Mi embarazo transcurrió en esa tensión insoportable, en ese momento no me podía ir porque no tenía dinero, no me sentía bien físicamente como para hacer una mudanza y él simplemente no se quería ir porque esa era SU casa. Hablé con un abogado que me cobraba 15 000 pesos por el divorcio, no los tenía. Fui al DIF donde me cobraban 3 500 más los gastos que se acumularán para acompañarme en el proceso, con mi medio sueldo, mi hijo y el que venía en camino, en ese momento lo vi imposible. Me quedé, nació mi hijo pero ya había una gran distancia entre nosotros, yo ya dormía en el cuarto de los niños y hablábamos solo lo indispensable, sin gritos, sin peleas, pero con mucha tensión”.
Y así, el día esperado llegó, y al fin pudo poner un pie fuera de aquel tormento.
“Cuando el bebé cumplió 6 meses yo ya tenía algo de dinero ahorrado. El día de mi cumpleaños me di cuenta de que estaba en otro hotel con otras mujeres así que ese mismo día decidí que era el momento y que me daría a mí misma ese regalo de cumpleaños”.
En estas historias el “felices para siempre” no existe, así que el proceso sigue su marcha: “Es desesperante porque pareciera un laberinto de ratones, en dónde no sabes cómo salir. Es como si yo también tuviera una adicción y no pudiera dejarlo ir del todo, es el padre y debido a eso no es posible romper de lleno. Claro que ya no somos como al principio, sin embargo, pese a sus limitaciones y las mías todo va saliendo en cuanto a cuidados, gastos, salud y educación para los niños”.
Fortaleza ya no está donde estuvo antes, logró salir de aquel entorno, y, sin embargo, aún no es libre, sus cicatrices siguen doliendo y siempre estarán ahí.
“Si en el futuro alguno de mis hijos estuviera pasando por mi situación creo que lo único que podría hacer es abrir mis brazos para que corriera conmigo siempre que lo necesitara, sin juicios, sin consejos no solicitados, simplemente estaría a su lado evitando herirlo más de lo que ya está, para que sepa que tiene un lugar seguro en mí, que soy su red de apoyo y que pase lo que pase jamás lo voy a dejar solo. Le daría la contención que necesita y la seguridad de que mi casa es su casa sin imposiciones”.
En este punto, lo único que pude preguntarle a Fortaleza es ¿qué necesitas que hoy no estás recibiendo? Y su respuesta fue inmediata: “Comprensión y apoyo de las instituciones, esos discursos vacíos sobre los derechos de las mujeres me parecen nefastos. Busqué apoyo terapéutico y legal, pero ambos tenían un requisito común: estar peor. Si no había golpes visibles, depresión extrema o dinero, la ayuda no llegaba. Los apoyos existen, pero no para todas”.
Junto a Fortaleza están creciendo dos pequeños que también navegan a la deriva tomados de su mano, que requieren apoyo.
“Ser mamá, era algo que deseaba tanto que no me puedo permitir echarlo a perder. Estoy determinada a darles a mis hijos en primer lugar todo el amor que tengo para ellos y eso se traduce en el día a día, en la escuela, las terapias, los cuidados de salud, los juegos, la disciplina, las palabras. Quiero que ellos aprendan a poner límites, a poner distancia de lo que no es sano para su vida sin necesidad de borrarlo, eliminarlo u odiarlo. Por ahora, mi hijo de 6 años quiere a su papá porque a pesar de todo yo no tengo el derecho de romper ese vínculo. Ellos lo decidirán en su momento y espero que entiendan que las adicciones no traen nada positivo. Quiero estar ahí para orientarlos, eso es lo que no me deja rendirme”.

Antes de despedirnos Fortaleza fue clara:
“Las decisiones tienen consecuencias, no debemos minimizarlas, al final todos nos equivocamos, los errores no respetan edad ni preparación profesional, hay que ser muy observadores porque en mi caso la urgencia de formar una familia me llevó a dejar de ver las cosas negativas de mi pareja idealizando lo que yo quería ver en mi nube de ensueño. La realidad fue devastadora.”
Etimológicamente, adicto además se refiere a alguien que ha sido entregado como esclavo por deudas. Tal vez el amor no siempre es una cárcel, pero cuando lo es y nadie abre la puerta, huir deja de ser cobardía y se vuelve supervivencia. Entonces, como sucede con Fortaleza, solo queda reconocerse vulnerable y proteger a los hijos a pesar del miedo, hasta que llegue el día en el que juntos, puedan lograr su libertad.
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Es difícil vivir así, lo viví de alguna manera, solo que tenía todo, el apoyo económico no faltaba, pero la tranquilidad y el respeto hacia mí, si. Él decide irse (yo feliz, porque pensé que tendría la tranquilidad deseada y el apoyo económico) pero a los pocos meses me di cuenta que no iba a ser tan fácil.