DÍAS DE CARNAVAL EN LOS LORENZOS
Música, alegría y religiosidad estallan antes
de la cuaresma en un poblado ultramontano
Conversación imaginaria basada en hechos reales de la década de 1980:
—¡Pero maestro! ¡Cómo que van a suspender dos días!
—Es que de todos modos los niños no van a la escuela, maestra.
Que durante las fiestas comunales se suspendan clases, es normal, pero ¿una celebración de domingo a martes? Algo inaudito. ¿Dónde se ha visto?—piensa la supervisora.
El director del plantel reitera:
—Aunque asistamos, nadie se presenta; ni caso tiene.
La funcionaria del sector educativo cavila durante algunos segundos. Si el supervisor (o peor, la delegación de la SEP) se entera, habrá problemas. Tras dudar un segundo, fija la mirada en su interlocutor y expresa, más resignada que convencida:
—Está bien, pero todos los maestros deben estar presentes en la comunidad al menos uno de los dos días… aunque no haya clases. Así podremos justificar la situación.
El director ha logrado convencer a su superior. Toca ahora dirigirse a su personal para comentarles el resultado de su gestión. Sin embargo, para todos los docentes, asistir a la fiesta del poblado entonces era un premio, una inmersión en un ambiente envuelto en música y alegría, en el que sus alumnos pelearían por llevarlos a comer a sus casas, muestra de la enorme generosidad de los habitantes.

Los Lorenzos se localiza en las primeras estribaciones de la Sierra de Guanajuato, por el lado sur, a la vera del Río Silao, el cual desciende al Bajío desde su nacimiento entre las cercanas montañas, destacando especialmente la inmensa mole del Cerro del Gigante. Lugar en pleno crecimiento, se extiende sobre cañadas y lomeríos que le dan un aspecto laberíntico similar al de la capital del estado, pero en pequeño.
Cada año, en los días previos al Miércoles de Ceniza, allí se celebra la fiesta principal (hay otra en agosto), la cual probablemente tiene relación con el Carnaval. Para entonces, la gente ha adquirido ropa nueva destinada a estrenarse en cada una de las jornadas festivas; el templo ha sido pintado y remozado; el Torito, la danza, el mariachi y algún conjunto norteño han sido contratados; bandas musicales de cierta fama, procedentes de distintos lugares, se aprestan a amenizar tanto durante el día como por la noche.

Pie de foto común:
El templo y la plaza, escenarios principales de la festividad.
Los niños esperan con ansia. Las amas de casa alistan los ingredientes para la comida, tradicionalmente fideo, arroz, mole estilo pipián y pollo, aunque no falta quién se luzca con carnitas, birria o incluso con comida china o bien hamburguesas, costumbresestas últimas traídas por los “norteños”, jóvenes que han trabajado en restaurantesorientales, italianos, y hasta libanesesen el “otro lado”.
Todos los foráneos son invitados a la mesa de alguna familia. Si algún visitante es popular (maestros o maestras, el sacerdote, algún funcionario de gobierno), corre el serio riesgo de sufrir una congestión alimenticia, por exceso de cortesía. Se sabe de personas que salieron prácticamente huyendo luego de comer en cinco casas distintas y rechazar otros tantos ofrecimientos al agasajo, ahítos de tanta comida.

La celebración transcurre entre misas, música y ríos de cerveza consumida al aire libre. Al igual que cualquier feria, abundan lospuestos de todo tipo: antojitos, juguetes, regalos, cosméticos. Los niños saturan los brincolines y juegos inflables. Las carcajadasbrotan a la menor provocación. Las adolescentes y damas lucen su outfit reluciente. Los muchachos estrenan botas y portan sombreros en lugar de las acostumbradas gorras beisboleras.
La calle principal (solo hay dos, debido a la configuración del terreno) se cierra. Los autos de los cientos de visitantes deben quedarse en los alrededores, en la orilla del “río grande” o bien de su afluente, el “río chiquito”, cauces ahora secos pero que en época pluvial adquieren cauces respetables. Todo el espacio disponible se destina a las necesidades del festejo. Sobre la plaza principal, se ha montado el gigantesco escenario para los bailes nocturnos, aunque existen dos quioscos a ambos lados de la iglesia.

El reluciente templo ha sido adornado con multitud de flores. Altares y capillas laterales lucen una moderna iluminación. El Señor de la Expiración preside el altar y sendos nichos laterales alojan a la Virgen de Guadalupe y alEspíritu Santo. Dentro del recinto, el silencio de las personas orantes y el susurro de los rezos invitan a la reflexión; pero en cuanto se traspone la puerta al exterior, el contraste es tremendo: sonidos de cascabeles y tambores de la danza; sones de mariachi con trompetas y violines; bandas de viento en plena acción.
No obstante, si alguien es alérgico al exceso de decibeles, le resultará fácil escapar al bullicio. La comunidad está rodeada de un cinturón verde, restos de las huertas de aguacate criollo que décadas atrás permitían sobrevivir a la mayoría de los habitantes. Tristemente, hoy en día casi todas han sido abandonadas, debido al poderoso imán ofrecido por “el gabacho”.

Cientos de jóvenes y adultos —la mayoría hombres, pero también muchas mujeres— laboran incansablemente en Estados Unidos. Los dólares que envían son los que hacen posible echar la casa por la ventana en cada festejo. Durante los pocos días del Carnaval, muchos de ellos se hacen presentes para convivir con su familia, comprar golosinas a sus hijos y bailar nuevamente con el ser amado, antes de volver a la dura existencia del migrante, más ahora que la política trumpista se ha vuelto un riesgo latente.
Sin embargo, y al contrario de muchas otras comunidades que han perdido población debido al éxodo rural, Los Lorenzos crece exponencialmente. Se ha extendido más arriba en los cerros y a lo largo de las dos carreteras de acceso, una proveniente de El Paxtle y otra de La Cuestecita. El desarrollo no es solo económico: gran parte de la gente de Los Lorenzos, particularmente los más jóvenes, han dejado atrás la mentalidad conservadora de otros tiempos. Las mujeres no son tan sumisas como sus abuelas, muchos hombres han dejado atrás los alardes machistas. Cada día más adolescentes deciden estudiar antes que casarse. El matrimonio ha dejado de ser una atadura eterna; los divorcios, antes inexistentes, hoy no sorprenden a nadie. Las personas de la tercera edad reciben atención especial.

En el lugar existen callejoncitos, casas de sorprendente diseño y tamaño, salones de fiestas con jardín incluido, canchas, tortillerías y posee un suburbio (La Loma) con su propia capilla y asentamiento del campo de beisbol. Hay quienes brindan servicio de Uber, talleres mecánicos, estética, papelerías. De ser un pequeño ranchito, hace 40 años, ha pasado hoy a ser un poblado dinámico y extenso, algo sorprendente para un sitio enclavado entre montañas con un acceso nada fácil, donde abundan cuestas empinadas y sinuosas curvas.

Hay algo que no ha cambiado: la amabilidad de la gente. La fiesta del Señor de la Expiración, antes de tres días de duración y ahora de cuatro (ya inicia en la “víspera” del sábado) es motivo para que las familias abran las puertas de sus hogares a sus invitados, ofrezcan las viandas preparadas con esmero e inviten a solazarse con la música. Ya habrá tiempo para volver a la rutina del día a día; por ahora, después de agradecer a la divinidad, hay que comer, beber, reír, cantar, bailar y, ¿por qué no?, darse la oportunidad de enamorarse.


