ORGANILLEROS ESCALAN AL RANGO DE PATRIMONIO CULTURAL
Equisgente publicó, el lunes 23 de diciembre de 2024, un amplio reportaje sobre el origen del organillo y los organilleros, su llegada a México, su devenir histórico en la capital del país, y su importancia. Luego de casi año y medio, las autoridades dieron a las personas organilleras la declaratoria de “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México”.
El oficio tradicional de esos artistas ha sido reconocido mediante un decreto publicado en la Gaceta Oficial capitalina este 23 de mayo. El reconocimiento se formalizó ese día, pero la aprobación previa de la propuesta había ocurrido en noviembre de 2025 dentro de la Comisión Interinstitucional del Patrimonio Cultural, Natural y Biocultural de la CDMX.
La importancia social, artística, cultural y patrimonial de ese oficio, que amalgama de una manera armoniosa la memoria histórica, los saberes transmitidos entre generaciones, y la identidad sonora de la capital del país, con presencia permanente en las plazas, parques y calles desde finales del siglo XIX, motivó que esa declaratoria fuera concretada por fin.

Una investigación realizada por este medio de comunicación arrojó que en la Ciudad de México sobreviven entre 650 y 700 organilleros, de acuerdo con los registros gremiales y las estimaciones de trabajadores registrados e independientes. Sus ingresos diarios van de los 150 a los 300 pesos, lo que se traduce en alrededor de 6 mil a 10 mil pesos mensuales.
Como en otros gremios laborales, los ingresos económicos de los organilleros puede ser mayor o menor por diversos factores como la lluvia, las vacaciones escolares, los días de descanso obligatorio y, especialmente, si son dueños de los aparatos o los deben rentar. Lo cierto, es que sea como sea, todos ellos viven de la bondad de los transeúntes y al día.
La paradoja aparece sola, sin necesidad de buscarla: la ciudad de México, la más grande del mundo en más de un sentido, acaba de declarar Patrimonio Cultural Inmaterial a un oficio cuyos guardianes viven con una modestia que aprieta, sin oportunidad de generar un patrimonio propio, y estirando la mano hasta que una mano caritativa les recompensa.
Su economía familiar depende enteramente de las monedas que caen en una gorra que las más de las veces refleja el paso de muchos años a la intemperie cotidiana. Desde luego no existe nómina ni salario fijo, ni prestaciones ni seguridad social o laboral garantizada. Lo cierto es que hay días buenos o temporadas turísticas donde el ingreso aumenta un poco.
Pero otros días la recompensa apenas alcanza para cubrir gastos y la renta del organillo. Por eso el decreto representa algo más que un reconocimiento ceremonial. El documento plantea la construcción de mecanismos de salvaguarda para evitar que desaparezca esta tradición y, al mismo tiempo, fortalecerá su transmisión hacia las nuevas generaciones.
Ahora, la incertidumbre radica en saber si la declaratoria oficial conseguirá transformar el aplauso cultural en protección real. Esa es realmente la preocupación de los organilleros y las organilleras de la Ciudad de México. Hombres y mujeres, jóvenes y de edad avanzada que caminan lentamente cargando una pesada caja de madera y hierro sobre los hombros.
El organillo tiene una extraña manera de existir. No solicita permiso para penetrar en la memoria. Lo hace. Su sonido se filtra por una calle del Centro Histórico, se cuela entre vendedores ambulantes, autos y pasos apresurados, y de pronto una melodía que puede ser antigua o moderna, de autor mexicano o del mundo, echa a andar a la memoria.
Hay personas que ni siquiera saben el nombre de la pieza que se elevan en el aire, pero la reconocen como parte suya. Ese eco, repetido durante más de un siglo, ya es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México. Que sea para más que preservar, dignificar y promover una actividad que ha acompañado la vida urbana desde finales del siglo XIX.

La historia comenzó mucho antes del decreto. Los primeros organillos llegaron desde Alemania durante el Porfiriato, impulsados por migraciones europeas y nuevas prácticas musicales. Lo que inicialmente fue una influencia extranjera terminó por arraigarse en el gusto y la cultura capitalina. El instrumento se volvió habitante cotidiano de la ciudad.
Las carretas dejaron sus calles a los automóviles, los pregoneros fueron sustituidos por la radio y luego por la televisión y los teléfonos inteligentes, los patios vecinales dejaron de existir para ceder sus terrenos a modernas torres de departamentos… y los organilleros se mantienen allí, en las calles, parques, jardines, plazas y plazuelas de la enorme capital.
Se les puede ver en las calles aledañas al Zócalo, en la Alameda Central, en Coyoacán, o entre las calles de las colonias Roma y Condesa. Su uniforme color beige, su gorra y el changuito de peluche que acompaña a algunos instrumentos son fragmentos de una postal urbana que se niega a desaparecer. Ahí reside la verdadera historia y su inmenso valor.

