HISTORIA DEL PERIODISMO DE SUCESOS DE POLICÍA EN EL ESTADO DE GUANAJUATO
Entre el sensacionalismo, el juicio moral y el morbo: antecedentes y contextos de la nota roja en los orígenes del diarismo guanajuatense (1910-1946).
No se ha hecho una historia general de la prensa o el periodismo en el estado de Guanajuato. A lo mucho, un libro sobre sus inicios en el México independiente y otro sobre lo que se escribía y publicaba en Salvatierra, así como artículos sobre temas y momentos específicos: la prensa durante el segundo imperio y algo sobre el porfiriato. El interés institucional ha sido poco.
Por eso es de esperarse que haya mucho menos interés en una investigación sobre la nota roja en la entidad, tema sensible en momentos de violencia extrema. Es la gravedad de ese fenómeno la que exige estudios en torno a la violencia y conocer cómo se ha expresado en las páginas de los periódicos, sienta bases para entender y explicar cómo se plasma en la actualidad.
En esta ocasión comparto trabajos y avances sobre la investigación en torno a la nota roja en los diarios guanajuatenses durante el siglo XX, base de la tesis que realizo en el doctorado en historia que curso en la Universidad de Guanajuato y que pretendo no se quede en los anales académicos y supere las barreras del desinterés institucional. En aras de llegar a un público abierto y amplio, expongo una descripción lo menos académica posible de la investigación.

Propósito
La investigación pretende historiar la información periodística sobre hechos relacionados con la seguridad pública, definidos también como “sucesos de policía” y conocidos en el argot del periodismo como nota roja, a través de sus estilos, cómo se produce y cómo se narra e ilustra.
Se centra en las ciudades de León, Celaya e Irapuato, pertenecientes a la región del Bajío guanajuatense, así como su capital, considerada por su condición de capital del estado y su relación con esas localidades.
El proyecto inicial planteaba investigar a partir de que periodistas con formación universitaria llegaron al mercado laboral e hicieron un nuevo tipo de nota roja, pero surgió la pregunta: si eso es la “nueva” nota roja, ¿cuál es la “vieja”? Y en esa respuesta me fui primero a 1946, cuando comenzó El Sol de León, pero como había antecedentes a esa etapa, me limité a los diarios y me fui al surgimiento de los primeros periódicos cotidianos: 1925 y sus antecedentes en el siglo XX.
Contexto histórico periodístico
Al iniciar el siglo XX, en el estado de Guanajuato no había periódicos de circulación diaria. La mayoría eran semanarios y si bien informaban, eran más un espacio de opinión. Los primeros intentos de un periodismo diario y con un carácter más informativo que de opinión.
La revolución habría de generar consecuencias: en 1916 desapareció El Imparcial, principal ícono del porfiriato, pero ese mismo año emergió El Universal y en 1917 surgió Excélsior. Comenzaba la era de los grandes diarios industriales y con ellos la nota roja moderna.
Los primeros diarios guanajuatenses surgieron a partir de mediados de 1920, comenzaron a consolidarse en la siguiente década y para 1940 ya había empresas fuertes y con permanencia que editaban periódicos todos los días. La más importante era que la editaba Guanajuato, que con el lema de “Diario del Bajío” se imprimía en Irapuato y circulaba en las principales ciudades del estado.
Las primeras notas rojas en Guanajuato
La llamada “nota roja” no era un tema destacado en la prensa guanajuatense a principios del siglo XX. Los sucesos de policía se publicaban de manera escueta, en dos o tres párrafos, sin grandes encabezados.
Las noticias sobre sucesos de policía llegaban a los kioskos guanajuatenses en los impresos de la capital del país. Uno de los casos conocidos en la entidad gracias a la prensa metropolitana, fue el del asesinato de la joven comerciante Carlota Mauri a manos de su novio, el carnicero Arnulfo Villegas, lo que constituyó uno de los casos más notables de reportajes policiacos del porfiriato, publicado en El Imparcial, en su edición del 11 de febrero de 1908. Fue un hecho de gran interés público no sólo por el drama y la manera como fue contado (una reconstrucción de hechos y publicado en entregas), sino también por las fotografías que daban testimonio de personas y lugares. Eran las primeras formas de fotoperiodismo.

En un país que extendía sus redes ferroviarias y tendría en el tren su gran elemento de movilidad, también eran comunes las noticias de descarrilamientos y choques de locomotoras, hechos publicados por la llamada “prensa metropolitana”, pues diarios como El Imparcial o El País tenían corresponsales en las principales ciudades del país.
La Revolución Mexicana hizo que los hechos de sangre tradicionales y los accidentes pasaran a segundo plano: las batallas eran las generadoras de noticias trágicas y, como se mencionó antes, llevó a varios intentos de diarismo.
En la siguiente década, de nuevo un hecho de origen político hizo que la nota roja tuviera espacio en un suceso de origen político: la guerra cristera.
Nuestra incipiente nota roja
En la década de 1930 comenzaron los primeros diarios guanajuatenses, especialmente en León: El Correo, Evolución, Diario del Bajío, El Heraldo y El Centro, todos de circulación limitada a unos cuantos años.
La nota roja de esos impresos era muy poco ilustrada con fotos. Sólo Diario del Bajío solía publicar fotografías sobre hechos de sangre. Solían ser noticias de días anteriores y tenían tiempo de procesar las placas, pues en ese tiempo ningún periódico guanajuatense tenía tecnología para hacer un grabado de foto que pudiera publicarse al día siguiente.
La nota roja guanajuatense era breve, de tres a siete párrafos, anunciada con grandes encabezados en las portadas, con adjetivos que le “daban fuerza” a la noticia: “Sangrienta tragedia”, “Espantosa muerte”.
No había estilo periodístico como el contemporáneo, era una narrativa de pretensiones literarias que respondía a tres elementos: el sensacionalismo, que buscaba —mediante la exageración y el detallismo— despertar emociones en quienes leían; el morbo, que tenía en la curiosidad malsana su esencia; y el juicio moral, en el que el periódico y el periodista se erigían como jueces para determinar culpables y establecer qué era lo correcto y lo incorrecto.
En 1936, en Irapuato comenzó a circular Guanajuato, bisemanario impreso en Irapuato que tenía como lema “Órgano de Literatura e Información”; para finales de la década se hizo cotidiano y siguió como Guanajuato, pero con el lema de “Diario del Bajío”.
Si bien podía publicar fotos, en ese periodo solía hacerlo con poca frecuencia y por lo regular para ilustrar hechos políticos, pues se trataba de un periódico oficioso, ligado a los intereses de los gobiernos posrevolucionarios estatales. En la década de 1940 se convirtió en el principal impreso de la entidad, pues si bien era un periódico irapuatense, tenía corresponsales en las ciudades de León y Guanajuato y publicaba muchas noticias generadas en ellas, sobre todo en la capital, pues fue un periódico oficialista tan ligado al poder que circuló hasta la década de 1980.

Debido a su carácter oficioso, Guanajuato no publicó lo referente a la matanza del 2 de enero de 1946. Su abordaje sobre el tema fue sobre las consecuencias políticas: la desaparición de poderes y la designación del nuevo gobernador.
Una crónica publicada el 3 de enero de 1946 en el periódico Excélsior, escrita y enviada por su corresponsal Enrique Borrego, fue el último referente del periodismo de sucesos trágicos en la entidad. En agosto de ese mismo año comenzó a circular El Sol de León y con ello iniciaría una nueva etapa de la nota roja guanajuatense, tema para otra entrega, correspondiente al surgimiento y desarrollo del diarismo industrial y corporativo en el estado.
Por lo pronto, comparto el escrito de Borrego y que se puede encontrar en la Hemeroteca Nacional de México:
El jefe militar de León, acusa a los sinarquistas de un intento de fallida rebelión y el pueblo indignado señala como únicos responsables de la matanza del día 2 a los soldados de la guarnición, en tanto que la ciudad muerta y presa de un paro casi total de actividades, está llena de taciturnos paseantes, que como fantasmas, recorren lentamente las calles, comentando en secreto el epílogo dramático de una popular protesta contra la imposición.
En el Hospital Civil, abarrotado de heridos, una llorosa multitud, en la que prevalecen mujeres y niños, se arremolinan en las puertas de hierro, esperando inútilmente entrar, para consolar a sus parientes abatidos por las balas. La muchedumbre integrada por humildes personas está unida por el dolor y la resignación M lágrimas en abundancia, pero ni una sola recriminación para nadie.
En un corralón improvisado como morgue, veinticinco ensangrentados cadáveres son contemplados con amarga avidez por una fila de personas que avanzan lentamente en penosa tarea de identificación. Algunos han sido colocados en toscos ataúdes. Otros merecieron féretros forrados de corriente tela que brilla siniestramente al sol.
Los más, están en el suelo. Muchos de ellos tienen los brazos ominosamente extendidos hacia el cielo. Todos presentan varias perforaciones de balas. Un niño de doce años de edad, tiene enormes cajetes en lugar de ojos. Dos balas expansivas simétricamente incrustadas por el occipital le abrieron dos orificios que parecen ver amargamente a la llorosa fila de gente del pueblo que mueve la cabeza y musita una plegaria.
Entre dos cadáveres, sentado en el suelo, un infeliz padre, Pedro Ramírez, sostiene en brazos el cadáver de su hijita María Pilar Ramírez, de cinco años de edad, destrozada por las balas expansivas. “Era lo único que yo tenía en el mundo y me la mataron”, dice el infeliz obrero, bañado por la sangre de su pequeña. Llora como chiquillo, y todo mundo, hasta los indiferentes practicantes del hospital que se tutean con los cadáveres, respetan su dolor, su angustia. Tal parece que la muerte escogió a sus predilectos de entre las clases a las que la vida ha negado todo, excepto la salud. Hombres corpulentos y musculosos, mujeres jóvenes y bien formadas, niños robustos, descansan en el corralón de la muerte, en espera de la autopsia y de la tumba.

