SAN MIGUEL ARCÁNGEL, LA CORREGIDORA, LEONA VICARIO, Y MELCHOR OCAMPO

La Parroquia de San Miguel Arcángel, uno de los edificios religiosos más hermosos de la Ciudad de México, lleva más de tres siglos guardando silenciosamente una parte esencial de la memoria nacional. Frente al incesante pulso del Centro Histórico, se ubica entre las actuales avenidas José María Izazaga y José María Pino Suárez, y la calle San Jerónimo.

San Miguel es mucho más que un templo religioso, en realidad es un archivo de piedra donde quedaron inscritos algunos episodios significativos de la historia novohispana y mexicana. Su origen se remonta a finales del siglo XVII. La parroquia fue establecida inicialmente en 1690 y trasladada a su ubicación actual en 1692, en medio de gran fiesta.

El edificio fue concluido bajo la dirección de Alonso Alberto de Velasco y solemnemente dedicado al Arcángel San Miguel en 1714. La fachada fue diseñada por el célebre y culto arquitecto novohispano Pedro de Arrieta, uno de los grandes maestros del bien llamado barroco mexicano y autor de importantes obras, como la antigua Basílica de Guadalupe.

La fachada con sus dos torres es el primer simétricas es la primera imagen que muestra el recinto. En su interior, el arte sacro y la historia nacional oran juntas. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Construida con cantera, tezontle y mampostería, responde al lenguaje arquitectónico barroco de finales del periodo virreinal. Su fachada destaca por las dos torres octagonales que se elevan sobre el paisaje urbano y por el relieve de mármol blanco que representa a San Miguel Arcángel derrotando al demonio, símbolo de la victoria del bien sobre el mal.

Sin embargo, el templo que actualmente contemplan los visitantes locales, nacionales e internacionales, no es exactamente el mismo que conocieron los habitantes de la Nueva España. Durante el siglo XIX sufrió importantes modificaciones. En 1850, el arquitecto José Sotero Zúñiga realizó trabajos de restauración y colocó divinos altares neoclásicos.

Esas hermosas piezas fueron estucadas y decoradas con hoja de oro, con la finalidad de sustituir parte de la decoración barroca original. Poco después, en años de don Benito Juárez y sus Leyes de Reforma, gran parte de los bienes eclesiásticos fueron confiscados por el Estado, por lo que el patrimonio artístico del templo sufrió pérdidas irreparables.

La Pila Bautismal donde tres importantes personajes de la historia nacional recibieron su primer sacramento. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

A pesar de eso, la parroquia conserva auténticas joyas de arte sacro novohispano. Entre las piezas más valiosas están los lienzos Los desposorios de San José y Jesús asistido por los ángeles de Pedro Ramírez, un artista destacado del siglo XVII mexicano, así como imágenes devocionales y las capillas dedicadas a la Virgen del Pilar y a San José.

La iglesia de San Miguel Arcángel tiene una estrecha relación con la historia nacional. En su pila recibieron las aguas bautismales tres figuras clave de la Independencia. En 1773, Josefa Ortiz Téllez-Girón, conocida como Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora de Querétaro, valiente impulsora de la conspiración que inició la lucha de Independencia.

En 1789, Leona Vicario Fernández de San Salvador, considerada una de las mujeres más importantes del movimiento insurgente y llamada “Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria”, también fue bautizada allí. Y en 1814, recibió el bautismo en esta misma iglesia Melchor Ocampo, gran liberal, reformador, y colaborador cercano del presidente Juárez.

Pie de imagen: Retablo “Cristo asistido por Los Ángeles” (después del ayuno de 40 días en el desierto). Al pie de la obra, una placa lo explica todo. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Pocas iglesias de la Ciudad de México pueden vanagloriarse por haber sido testigo del nacimiento espiritual de personajes tan decisivos para la construcción de la nación que hoy es México. La parroquia también desempeñó un papel relevante durante la epidemia de matlazáhuatl que azotó la capital en el año 1737, dejando calamidad y desolación.

Los registros históricos señalan que se abrió un cementerio para atender la emergencia sanitaria, convirtiéndose en un punto de apoyo para una población golpeada por la enfermedad y la muerte. Hoy, más de 300 años después de su consagración, San Miguel Arcángel continúa siendo un oasis de silencio en medio de una de las zonas más bulliciosas.

Miles de personas ingresan cada día para ver sus obras de arte virreinal, memorias de epidemias y registros sacramentales de grandes personajes. La historia permanece tras una enorme puerta de madera, en la penumbra de una nave barroca o en la fría piedra de la pila bautismal que hace más de dos siglos recibió a quienes cambiarían el destino del país.