EL VIGILANTE DE LA REPÚBLICA
La historia del monumento a Vicente Guerrero, que desde hace más de siglo y medio es el vigilante del Jardín de San Fernando en la Ciudad de México, es fascinante. El sol apenas salía cuando el reloj del antiguo barrio de San Fernando marcó las 6:15 de la mañana del 5 de mayo de 1869, y la capital presenció mucho más que la inauguración de una estatua.
Aquel día, en el antiguo atrio del Colegio Apostólico de San Fernando, el gobierno de la República Restaurada colocó en bronce la imagen del general Vicente Guerrero, a quien se debe la consumación de la Independencia, fue presidente de México y el artífice de la abolición de la esclavitud; el país acababa de derrotar por fin al Imperio de Maximiliano.
México comenzaba a construir su memoria pública a través de monumentos dedicados a los héroes liberales. El lugar no fue elegido al azar. La historia dice que durante más de un siglo ese amplio terreno había sido el atrio y cementerio del Colegio de Propaganda de San Fernando, uno de los complejos franciscanos más importantes de la Nueva España.

Desde allí partieron misioneros como fray Junípero Serra hacia las Californias. Después de las Leyes de Reforma y de la nacionalización de los muchísimos bienes eclesiásticos, el antiguo camposanto perdió su función religiosa y el Ayuntamiento decidió convertirlo en uno de los primeros jardines públicos de la capital republicana, para deleite del pueblo.
La transformación quedó registrada en los expedientes municipales hoy resguardados por el Archivo Histórico de la Ciudad de México. El 6 de noviembre de 1868 se autorizó la construcción del nuevo jardín. Enseguida se plantaron 160 fresnos, se abrieron andadores, se levantaron banquetas de cantera, se colocaron bancas y se mandó construir el pedestal.
Las obras rebasaron por mucho el presupuesto inicial y fue necesario autorizar recursos extraordinarios. Incluso, empleados de las Garitas y de la Policía realizaron aportaciones económicas para concluir el monumento, un hecho verídico pero desconocido, que deja ver el enorme entusiasmo con que el nuevo régimen impulsó la exaltación de sus héroes.
Y mientras el jardín cobraba forma, la Academia de San Carlos encomendó la escultura a Miguel Noreña (1839-1894), uno de los alumnos más sobresalientes, quien años después alcanzaría reconocimiento internacional al realizar el Monumento a Cuauhtémoc para el Paseo de la Reforma; pero el Guerrero, en San Fernando, consolidó de veras su prestigio.
Fundida en bronce y colocada sobre un pedestal de cantera, presenta al héroe insurgente con uniforme militar, espada en la mano y la mirada fija hacia el horizonte. No hay gestos grandilocuentes ni poses teatrales. La historiadora del arte Teresa del Conde observó que las esculturas de Noreña responden al ideal académico del siglo XIX. Así lo explicó ella:
“Se deseaba representar ciudadanos ejemplares antes que caudillos victoriosos”, es decir, se pretendía mostrar al pueblo al hombre de carne y hueso más allá del insurgente. Por lo mismo, esa sobriedad explica por qué, más de 150 años después, la figura de don Vicente Guerrero conserva su fuerza apacible que aún dialoga con el antiguo templo franciscano.
La ceremonia inaugural tuvo una carga simbólica extraordinaria. El 5 de mayo, una fecha elegida deliberadamente por el gobierno liberal, unía dos victorias nacionales: La derrota del ejército francés en Puebla y la consolidación de la República tras el Imperio. Para el Ayuntamiento presidido por Mariano Riva Palacio, todo eso significaba algo importante.
Para el padre del célebre escritor Vicente Riva Palacio, honrar a Guerrero representaba “reivindicar al insurgente que había resistido cuando casi todos depusieron las armas, al presidente que abolió la esclavitud en 1829 y al hombre ejecutado por sus adversarios políticos en Cuilápam en 1831. El propio Archivo General de la Nación lo recuerda así:

Su llegada a la presidencia fue vista por sus contemporáneos como un triunfo del pueblo, al representar a los sectores populares que habían sostenido la lucha independentista. Sin embargo, la prensa conservadora cuestionó el costo de la obra y criticó severamente que un antiguo espacio religioso fuera transformado inadecuadamente en una plaza cívica.
Sin embargo, el proyecto siguió adelante porque respondía a una nueva visión urbana: La ciudad debía poblarse con muchos jardines, esculturas y espacios abiertos a todo mundo, donde la historia nacional sustituyera al antiguo orden virreinal. Así, a finales del siglo XIX el jardín fue nuevamente embellecido, para el gozoso esparcimiento de la población.
A principios del siglo XX se colocaron fuentes, bancas de fierro, quioscos, alumbrado, e infraestructura de riego. En 1967-1968, por obras para los Juegos Olímpicos. Se eliminó la circulación vehicular frente al templo y se reorganizó totalmente la plaza. Hasta hoy, el templo, el panteón-museo, y el jardín de San Fernando, es custodiado por Vicente Guerrero.

