LA CRUZ ESCONDIDA
Un destello blanco delata una blancaestructuraapenas visible desde la cañada guanajuatense
En 1889, el periodista estadounidense Henry Morton Stanley se encuentra cerca del imponente Lago Victoria, en África. Durante un alto en el camino, fija su vista en el horizonte y observa detenidamente, a lo lejos, una curiosa formación de nubes inmóviles. Intrigado, permanece largo rato con la mirada puesta en el panorama, hasta que se da cuenta: no son cúmulos, estratos ni cirros, sino montañas. Una aparición casi fantasmal, pero verdadera.
Días después, el explorador estará ante la alta cordillera, la cual bautiza con el nombre local de Rwenzori, a la que, posteriormente, muchos geógrafos identificarán con las legendarias Montañas de la Luna descritas por Ptolomeo, donde el geógrafo griego situaba nada menos que las fuentes del Río Nilo, aunque después se supo que eso era inexacto. Lo que sí es verdad es que constituye la tercera cumbre del continente africano, solo después del Kilimanjaro y el Monte Kenya.

Toda proporción guardada, algo similar me sucedió recientemente en Guanajuato. Durante un recorrido por la carretera Panorámica—vía escénica que rodea el centro histórico—, en el tramo comprendido entre la Escuela Normal y la Presa de la Olla, al fijar mi atención en los Picachos, situados justo enfrente, un leve resplandor blanco me hizo fijar la mirada en un punto, localizado entre el cerro donde la humedad ha creado una especie de enormes pinturas rupestres con forma animal y el llamado “Rostro de Cristo”.
Tras varios minutos de eludir los destellos solares, logré al fin precisar los contornos de una estructura pintada de blanco, una cruz, cuya existencia desconocía. Intrigado, al bajar a la cañada que sirve de eje a la capital guanajuatense, la busqué por largo rato; pude captarla, por fin, desde cierto sector del Paseo de la Presa, a la altura del Callejón San Juan de Dios, aunque semioculta por el follaje de los altos árboles de ese tramo.

No hay muchos otros sitios desde donde dicha cruz pueda observarse. A lo lejos, se confunde entre las formaciones rocosas y los matorrales, al contrario de otrasque de inmediato saltan a la vista, como las de los cerros de Sirena, El Meco o La Bufa. Entonces, no había más: tenía que ir en su busca. De pasada, tal vez localizara la primera Cueva de San Ignacio, misma que se ubica también en algún lugar de esas estribaciones montañosas.
El día previsto, a fin de acortar distancias y evitar el rodeo hasta La Bufa, se decidió subir por el recodo donde da vuelta el camino de terracería que lleva a la actual Cueva de San Ignacio. A la vera de un arroyo serpentea una senda que, evidentemente, sube hasta lo alto,pero a medio camino existe una desviación prometedora. ¿Llevará a la elusiva gruta dedicada al santo patrono de la ciudad? Era una buena oportunidad para averiguarlo.

Tras avanzar un buen tramo, bajo la frondosa vegetación producto de las lluvias, un arco natural formado por dos rocas traslada al caminante a una especie de balcón hacia la mancha urbana.La cuesta es sumamente empinada y totalmente cubierta de matorrales, por lo que la prudencia lleva a no dejar la vereda. El aroma del romero envuelve a la comitiva, el aire es fresco y el paisaje magnífico, pero de la anhelada cueva, ni sus luces. Una oquedad situada en la peña, unos 20 metros arriba, promete, pero la gran cantidad de tierra y piedras sueltas desaconseja aventurarse. Debe evitarse a toda costa el riesgo de una caída.

Debemos volver sobre nuestros pasos. El primer objetivo, la elusiva cueva olvidada de San Ignacio, por ahora sigue oculta a los senderistas. Vamos entonces por la cruz. Regresamos al enlace con la ruta principal y reemprendemos el ascenso. Aunque inclinada y escabrosa, la pendienteno ofrece gran dificultad si se avanza con precaución. De pronto, un tajo en zigzag corta la roca en un declive. El cerro parece a punto de desgajarse. El notable accidente orogénico atrae las miradas.

Pronto llegamos a la meseta sobre la cual corre una terracería de Calderones aLa Bufa. Aquí y allá se ven las curiosas formaciones del área, como si un ser gigantesco hubiera moldeado las rocas en distintas y caprichosas figuras. Algunas semejan monstruos mitológicos; otras,altos terraplenes; hay piedras encimadas con plantas de nopal entre ellas, y el farallón de un cerro luce como un panal, debido a múltiples concavidades producto de la erosión.
Continuamos por pequeños senderos cerca del borde montañoso. Abajo, las diferentes zonas de la ciudad se van desplegando, según avanzamos. Repentinamente, el trayecto desciende por un lado y por el otro continúa de frente. Bajamos y allí está. La cruz blanca se levanta encima de un pequeño domo de concreto construido sobre una cornisa entre dos peñas. A ambos lados descienden sendas cañadas, tupidas de verde, donde los arbustos compiten por cada centímetro cuadrado.

La cruz no es muy grande, y a eso se debe que sea muy difícil percibirla desde lejos. Pero ofrece una vista formidable. El parque Florencio Antillón y la Presa de la Olla despliegan el uno sus varios matices en tonos de verde y la otra su espejo de agua. Pero la mayor sorpresa es, a la izquierda, un solitario pilar de piedra, como un dedo apuntando a lo alto, separado del acantilado inmediato. Los paseantes se dan vuelo tomando fotografías y selfies para presumir la hazaña a familiares y amigos.
Pese a estar en plena área silvestre, la señal de internet es intensa. La razón: algunos centenares de metros adelante se levantan las antenas de radio comunicación, ya muy cerca del Faro y de Las Comadres. Es un paisaje encantador. Enfrente, más allá de los cerros de Sirena, El Meco y La Bolita, los confines de la Sierra de Santa Rosa proporcionan un marco inigualable al panorama. El esplendor del espacio natural impone un respetuoso silencio.

Cumplida la misión, es hora de saciar el hambre, calmar la sed, platicar las peripecias personales. Aún falta el regreso, por la ruta de Calderones, pero la mente y el cuerpo emanan una calma producto del objetivo logrado. Sí, existe una cruz que pocos han visto y menos aún conocen. Casi oculta a la vista y pequeña en tamaño, pero importante para el espíritu humano curioso e inquisitivo. Falta la cueva; pronto volveremos.

