TOMARSE EL TIEMPO EN SERIO. LO QUE PASA CUANDO LOS DERECHOS EXISTEN, PERO SE CUMPLEN “AHORITA”.
Últimamente me doy cuenta de dos cosas: que ya no camino al mismo ritmo que la juventud y que las arrugas alrededor de los ojos ya no son un problema de iluminación, sino una presencia constante. Antes pensaba que eran gesto, carácter, incluso encanto; ahora sospecho que son simple insistencia del tiempo. “No pasa nada”, me digo, a Penélope también se le notaban las arrugas y no era eso lo que le importaba. Me acerco un poco más al espejo, buscando la luz que todavía me favorezca.
Antes el mundo parecía más chico, más ordenado, uno podía seguirle el paso a las conversaciones, pero ahora todo ocurre al mismo tiempo, las palabras se enciman, los temas duran lo que un suspiro y cuando una quiere volver, ya están hablando de otra cosa.
Farah, mi hija, tiene veintidós años. Mis estudiantes son todavía más jóvenes. Entre unos y otros empiezo a notar algo distinto: no es solo que tengan menos años, es que se mueven a otra velocidad. El mundo parece pensado para ese ritmo. Avanza, cambia de tema, da vuelta la página sin avisar. No es que me interese menos lo que pasa, es que ya no alcanza el tiempo para enterarse de todo.

Así fue como me di cuenta de que no sabía quiénes eran BTS; y que iban a venir a México a dar un concierto. Lo descubrí tarde. El algoritmo, de repente, me mostró a un montón de personas que parecían alteradas; había enojo, bromas, quejas, gente contando que llevaba horas frente a una pantalla, mirando filas virtuales que no avanzaban, sistemas que se caían, precios que cambiaban mientras alguien seguía ahí, esperando.
Me dio risa, lo confieso, pero también pensé que esa espera no comprometía nada importante y se podía abandonar. Bastaba con cerrar la computadora, seguir con el día, contar después la anécdota como quien cuenta una pequeña frustración sin ninguna consecuencia.
Y si tú tampoco sabes quiénes son BTS, no te preocupes, probablemente vas en la misma carrera de la vida que yo: es una banda de pop coreano capaz de mover multitudes, colapsar sistemas de venta y convertir la espera en parte del espectáculo.
El problema es que no todas las esperas tienen un botón de “salir”.
Hay esperas que no se abandonan porque no hay a dónde irse y ocurren, casi siempre, en instituciones públicas: pasillos largos, sillas ocupadas desde temprano, ventanillas que avanzan con una lentitud que ya nadie discute. Alguien pide un dato más, luego otro, el nombre otra vez, la edad otra vez, el domicilio, aunque no tenga relación alguna con la urgencia del momento. Ya no se trata solo de información. Se trata de tiempo.
El Estado sabe preguntar cuando le importa saber. Sabe qué datos quiere cuando se trata de opiniones, creencias, registros, controles. Ahí no hay descuidos; en cambio, en estas esperas, los datos se escriben y se vuelven a escribir sin que nadie los mire con atención; porque no sirven para decidir mejor, sirven para sostener la demora, para que el tiempo que pasa no parezca abandono, sino trámite.
Es muy evidente la diferencia que hay cuando al Estado le importa saber quién eres, porque pregunta con precisión y guarda la información; pero cuando no le importa resolver, pide datos interminables que no llevan a ningún lado; pide llenar formularios largos con campos repetidos, que terminan siendo hojas que se llenan para que nada cambie. No son datos para conocer a alguien, son datos para que la espera tenga forma, para que el tiempo se consume sin que nadie tenga que hacerse cargo.
Hay datos que se recaban con cuidado y otros que se piden sin importar nada. En unos casos sirven para saber; en otros, solo para ocupar tiempo. Al final, la diferencia se nota de inmediato: algunos avanzan y otros se quedan sentados. Y a estas alturas, la diferencia deja de ser abstracta. Ya no se distribuye al azar, tiene destinatarios claros. En este país, quien tiene dinero no espera, porque paga, entra, resuelve; quien depende del sistema público aprende a sentarse, a sacar ficha, a escuchar que no hay cupo y que vuelva mañana más temprano.

Esperar no es solo un problema de organización, es una experiencia de clase y se parece demasiado a la pobreza: se hereda, se normaliza y casi siempre se vive en silencio. La espera en el sistema de salud es evidente, no porque falten leyes, sino porque se ha hecho normal postergarlas. En nuestro país, el artículo 4º de la Constitución reconoce que todas las personas tenemos derecho a la protección de la salud y no habla de paciencia ni de turnos interminables; habla de atención.
De esa misma atención es de la que habla el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, pues obliga a garantizar la atención médica oportuna, sobre todo, cuando está en riesgo la vida; y además, aún más en este punto, la Ley General de Salud, se reformó para dejar claro que las urgencias médicas deben atenderse de inmediato, sin trámites que retrasen la atención.
Aunque todo esté dicho desde hace tiempo, sigue ocurriendo lo contrario. La espera se sostiene con razones conocidas: “no hay sistema”, “regrese mañana”, “falta un dato”, “tiene que llenar este formato”. En esos momentos, la ley no aparece para detener la demora, sino para envolverla en palabras correctas.
Lo urgente se vuelve un expediente más. El formulario pasa primero. La persona aprende que su dolor puede esperar, pero el trámite no.
Tomarse los derechos en serio no es repetirlos en una ley, es asumir que no se cumplen cuando sobra tiempo, sino cuando falta. Mientras la atención inmediata sea lo habitual para quienes pueden pagar y la dilación la respuesta para quienes no tienen otra opción, el problema no será la ausencia de normas, sino la manera en que se decide aplicarlas.
No se trata de fallas inevitables ni de desorden administrativo, sino de una forma concreta de decidir, todos los días, a quién se atiende a tiempo y a quién se le pide, una vez más, que aguante.
Por eso hay momentos en que alguien llega a un juzgado porque ya no hubo a dónde ir; porque hay momentos en los que no se puede seguir esperando, porque el tiempo ya no juega a favor de nadie, porque la espera dejó de ser neutra. El problema es que últimamente no se usan como excepción, como algo que irrumpe cuando todo lo demás falló, como si atender de inmediato fuera exagerado y no simplemente lo que toca.

Cuando alguien tiene que acudir a un juzgado para que intervenga y se ordene la atención médica inmediata, no debemos preguntarnos por qué intervino un juez. La pregunta que debe hacerse es todo lo que ocurrió antes, cuántas veces se pidió un dato más, cuántas horas pasaron, cuántas veces se dijo, de mala gana “espere”. En estos casos, la ley no llega temprano, llega después, llega a corregir una espera que ya se había aceptado como parte del procedimiento.
Ese derecho está escrito con palabras claras. No promete aguante ni resignación. Promete atención, no paciencia.
Tomarse los derechos en serio implicaría algo muy simple y, al parecer, difícil de aceptar: que el derecho a la salud no dependa de cuánto se espere. Mientras la atención inmediata sea la regla para quienes pueden pagar y la espera la respuesta habitual para quienes no tienen otra opción, el problema no será la falta de normas.
La espera no es un accidente del sistema, es la forma en que se decide a quién atender primero.

