CAMINATA A TRAVÉS DE TIERRA YERMA

Un paseo revela la distinta belleza

del paisaje en temporada de secas

Tal vez no sea la mejor época para practicar senderismo. Dejó de llover hace tiempo. Matorrales y pastos presentan un aspecto marchito, en el que el verde brillante ha dejado su lugar a un pálido y áspero tono mate o amarillento. La tierra se agrieta entre los vaivenes del intenso sol del día y el frío de la madrugada. El agua se ha escurrido y ocultado en la profundidad insondable del suelo; el polvo suspendido se adhiere a la piel y el terreno pedregoso dificulta la caminata.

Sin embargo, el paisaje abierto y luminoso no deja de ser invitante. Así como los desiertos, pese a su clima extremo, poseen cierta belleza agreste, el matorral montano de Guanajuato tiene lo suyo y ofrece un contraste notable entre la densa espesura del lluvioso verano y la cubierta marrón de finales del invierno, aferrada a la superficie, a cualquier hendidura entre la roca por donde se deslizan, raudas, las lagartijas y otros seres del mundo animal.

La vista al sur es dominada por el Cerro del Sombrero y la Presa de la Purísima.

El camino, desde la comunidad de Carbonera hacia Calderones, es cuesta arriba. Unos pocos cactus destacan entre los primeros lomeríos. El panorama al sur es imponente; lo domina el amplio espejo líquido de la presa La Purísima, vigilada a su vez por la colina ocre del Cerro del Sombrero; por otro lado, destacan las construcciones de los poblados suburbanos de la ciudad creciente. Al norte, en la lejanía, las siluetas de La Bufa y el resto de Los Picachos.

Las flores de las biznagas dan un toque de color al árido paisaje.

Bordeando cerros, surgen senderos con ramificaciones que conducen al área urbanizada o a las montañas. Un empinado camino se eleva paulatinamente hasta que, repentinamente, se dobla en inclinado ángulo para subir entre huizaches y casahuates. Varias biznagas con flores lila dan un toque de color al seco pastizal. Los arroyos, ya sin agua, pero todavía con un poco de humedad, permiten a un par de arbolillos lucir hojas lozanas, pero más arriba un solitario encino, estoico y de baja altura, se mantiene firme, pese al calor intenso y al viento que azota como vendaval en esas alturas.

Un marchito cactus enmarca las urbanizaciones de la periferia.

Agobia el esfuerzo. Lo recompensa, como siempre, el paisaje descubierto. El sol pega a plomo y obliga a más de una pausa, aprovechable para varias instantáneas en las que se recoge la abrupta belleza natural, un vacío esplendoroso donde solo se oye el crujir de alguna rama, el piar de las aves o el seco sonido de insectos voladores o saltarines. Las veredas son sin duda centenarias, sobrevivientes de una época sin carreteras ni transportes funcionales, conservadas gracias a los rebaños de cabras que ramonean por allí en épocas más fecundas.

Un resistente encino se aferra al duro suelo.

La senda continúa entre roquedales. Se anuncia la cercanía de la cima, aunque a esas alturas cada paso demanda esfuerzo. El pie resbala entre los miles de guijarros dejados por siglos de erosión y pisadas humanas, obligando a ser cuidadosos para evitar cualquier caída. Al fin, tras la última loma aparecen las cumbres de piedra de Los Picachos. En esa especie de meseta formada entre los riscos, alrededor de la planicie se despliegan las muchas formas adquiridas por las rocas: pináculos, oquedades, zanjas, domos rugosos.

La mole de los primeros Picachos.

Aún falta para llegar a la meta, pero la ruta ahora es más ligera, mucho menos empinada. Dejando de lado los peñascos que enmarcan a la ciudad por el poniente, una trocha avanza rumbo al norte, hacia los poblados mineros de Calderones, El Cedro, El Cubo y las primeras estribaciones de la oscura sierra avistada al fondo. Raras formaciones adornan el camino, entre ellas lo que parece una copia en miniatura de las famosas “Comadres”.

Al norte, resalta la oscura franja de la sierra.

Un rodeo al cerro de la cueva de San Agustín. Ante los caminantes, surgen las primeras viviendas. Una loma más y, al fin, Calderones. Hora de saciar la sed, tomar un descanso a la espera del transporte y resumir la jornada, llena de impresiones poseedoras de una belleza diferente, con una enseñanza: no todos los días son primaverales y floridos, también los hay colmados de sol, de claridad deslumbrante, de escarpada belleza donde la luz juega a encontrar las escasas sombras del descampado. Exactamente igual que la vida.

Un par de cúmulos rocosos imitan a las legendarias “Comadres”. Siguiente imagen: El abrupto panorama.