PLAZA DE LA FUNDACIÓN DE LA CIUDAD DE MÉXICO

Del 11 de junio al 19 de julio se lleva a cabo, en numerosos estadios de 16 ciudades de México, Canadá y Estados Unidos, la vigésima tercera Copa Mundial de Futbol con 48 selecciones y 104 partidos. La Ciudad de México es una de las más importantes sedes de esa justa, y al turismo le ha llamado poderosamente su riqueza artística y multicultural.

El Paseo de la Reforma, con su Castillo de Chapultepec, Columna de la Independencia y Victoria Alada, y la fuente dedicada a la Diana Cazadora, atrae poderosamente la mirada de miles de visitantes, además del Zócalo Capitalino, la Catedral Metropolitana, Palacio Nacional, Portal de Mercaderes y los edificios gemelos del gobierno de la ciudad capital.

Sin embargo, existe un conjunto escultórico pequeño y discreto, más no por ello menos importante, que con el espacio que ocupa se llama “Plaza de la Fundación”, una hermosa estampa de bronce y concreto que evoca un episodio, colosal y muy amado, de la historia nacional: La creación de la ciudad de México-Tenochtitlán por los mexicas en 1325.

Desde diversos ángulos, el conjunto escultórico luce como hermosa evocación del inicio de la Ciudad de México. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Se localiza justo entre la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el nuevo edificio del gobierno de la capital del país, de frente a la Catedral Metropolitana y hace referencia al momento en que, de acuerdo con la tradición mexica, el pueblo peregrino encontró la señal prometida por su dios: un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente.

La plaza, inaugurada en 1970 como parte del reordenamiento urbano que acompañó la construcción de las primeras líneas del Metro, ocupa un espacio privilegiado entre el Palacio del Gobierno capitalino, el Zócalo y la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Las esculturas narran el nacimiento de una civilización que alcanzó alturas impensadas.

La monumental obra en bronce se debe al escultor mexicano Carlos Marquina, quien en su proyecto reprodujo el momento descrito en la tradición, con el águila símbolo solar y guerrero; la serpiente en representación de las fuerzas de la tierra y del conocimiento; y el nopal que emerge de una piedra en medio del agua sobre el que está posada esa águila.

De acuerdo con testimonios del mismo artista y de quienes la encargaron para adornar ese espacio, preámbulo de acceso a la estación Zócalo del Metro, el conjunto escultórico no tiene el objetivo de ser sólo una obra artística, sino una narración de las circunstancias fundacionales que dieron identidad al pueblo mexica y, siglos después, al Estado Mexicano.

Bajo las esculturas está un mosaico de piedra inspirado en la imagen de la fundación de México-Tenochtitlan que aparece en el Códice Mendoza (1541), realizado por encargo de Antonio de Mendoza, primer Virrey de la Nueva España. Ese documento es vital para conocer gráficamente la organización política, económica y cultural del imperio mexica.

La monumental obra en bronce se debe al escultor mexicano Carlos Marquina, quien en su proyecto reprodujo el momento descrito en la tradición, con el águila, la serpiente y el nopal que emerge de una piedra en medio del agua. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

El águila representa al Sol y la victoria; el nopal simboliza la vida que brota incluso en condiciones adversas; la piedra recuerda el islote de donde habría surgido Tenochtitlan; la serpiente ha sido interpretada como la fuerza terrestre, la sabiduría y el equilibrio entre el mundo material y el espiritual; todo eso expresa el nacimiento de una ciudad bendecida.

También conocida como “Plaza de la Mexicanidad”, el espacio dedicado al nacimiento de México fue abierto cuando la ciudad vivía su modernización: Bajo sus pies avanzaban los túneles del Metro y el Centro Histórico se transformaba para responder al crecimiento urbano mientras las esculturas decían que todo comenzó en un islote del lago de Texcoco.

Las enormes figuras de bronce miran hacia el antiguo recinto sagrado de los mexicas, donde hoy se encuentran el Museo y zona arqueológica del Templo Mayor. Así, la Plaza de la Fundación en una suerte de espejo en el que se miran frente a frente el espacio donde brilló el centro ceremonial de México-Tenochtitlan y la ciudad contemporánea.

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