LAS LÁMINAS UNIVERSITY CLUB
“Vámonos, señores, que las señoritas tienen sueño…” Era el grito con el que los meseros anunciaban todas las madrugadas que había que pagar la cuenta de una noche de tragos y ficheras en Las Láminas, un antro de la peor muerte posible ubicado en la avenida Bucareli de la Ciudad de México, dentro de la órbita de la Esquina de la Información.
Las Láminas era uno de esos lugares en los que podías beber hasta caer inconsciente, si así era tu deseo. Y había decenas más de ese tipo en la zona, con la salvedad de que en aquel jacalón que hacía honor a su nombre —pues aún había algunas paredes y partes del techo de lámina— se podía bailar con alguna de las robustas “señoritas” que cobraban unos pesos por acompañarte con sus mejores pasos y sus breves vestimentas. Pero, te lo advertían, “nada de manosear, bailar de cartoncito de cerveza, ni pedirme que nos vayamos a otro lado”. Y hablaban en serio. Sólo había que recordar lo que le ocurrió a Omar, uno de mis compañeros de El Nacional, quien, ya entrado en copas, se le hizo fácil nalguear a una de las novias de la medianoche cuando esta caminaba muy sexi por uno de los pasillos. La mujer propinó tal bofetada a mi amigo que le bajó la borrachera hasta la altura de los tobillos. Como genios liberados de su botella, entre el humo de los cigarrillos aparecieron dos panzones sacaborrachos que, sin despeinarse, pusieron a mi amigo de patitas en la calle.
La Esquina de la Información —cuyo nombre lo debemos al periódico Excélsior— hace referencia a la intersección de la Avenida Paseo de la Reforma y Avenida Bucareli, en la Colonia Juárez de la Ciudad de México. La nomenclatura surgió debido a la presencia de la antigua sede del mencionado Excélsior y, al otro lado de la calle, las oficinas de El Universal, dos de las empresas periodísticas más importantes de México.
Dicha escuadra aún existe. La llamaron así porque ahí confluyeron varios periódicos en sus momentos de mayor grandeza: además de El Universal y Excélsior, Novedades, La Jornada, El Nacional, La Prensa, El Heraldo e incluso el rotativo deportivo más antiguo de México, de ahí el color sepia de sus páginas: Esto.
Por Avenida Bucareli transitaban dos tipos de viandantes: los diurnos y los de la noche. De día, además del trasiego de las rutinas, en El Universal había grandes filas en las ventanillas del “Aviso Oportuno”, la marca líder de los anuncios clasificados en México. Aunque en la actualidad se le asocia al periódico El Universal, sus antecedentes hay que buscarlos en la Gaceta de México, cuando en enero de 1784 lanzó una invitación a los ciudadanos a publicar anuncios de interés general, es decir, ventas, compras, servicios o cualquier cosa que tuviera un rubro comercial. El resto es historia, una historia que forma parte de la cultura mexicana, pues en su momento fue una herramienta invaluable para buscar empleo, vivienda o servicios varios.

Hablo en pasado del “Aviso Oportuno”, pero resulta pertinente aclarar que mudó sin problemas sus páginas y servicios al universo digital.
En cuanto al Excélsior, había que ver su ancha banqueta un poco después del mediodía, al convertirse en un enorme estacionamiento horizontal de bicicletas y sus respectivos repartidores, quienes daban mantenimiento a sus preciados vehículos, pues en estos, todas las mañanas, literalmente antes de que el sol arrojara sus primeros rayos, iniciaban su labor de entrega. Las canastillas de las bicicletas eran impresionantes, pues cargaban una montaña de ejemplares, perfectamente amarrada, mínimo de dos metros de altura, aparte de que manejaban sus bicis con gran talento. Nada de surcar la ciudad a la velocidad de la prudencia. No, los diareros volaban y su cargamento apenas oscilaba en las curvas. Los cuatro jinetes del apocalipsis dudo que hubiera alcanzado a esos montadores urbanos.
No sé exactamente en qué fecha, los repartidores organizaban una carrera que abarcaba varias calles adyacentes a Bucareli. Amarraban a sus canastillas la mayor carga posible y competían con ese peso a cuestas. Un espectáculo impresionante.
Volviendo al tema que hoy me ocupa, Las Láminas no era mi congal favorito, pues carecía de esa ceremonia mística llamada striptease. Pero me gustaba acompañar a mis desaforados amigos. Nunca me agradaron los tipos tranquilos, decentes y bien portaditos, que sólo conocían la ruta corta de su casa al trabajo y después de regreso. No, mis personajes favoritos eran los mal portados, los de carcajada fácil, los que no se tomaban la vida tan a pecho y decidían gastar unos pesos en un antro antes de irse a la cama, sin importar la hora que fuera. “Qué hace un hombre cuando tiene dinero… va al burdel”, escribió Balzac. Mis amigos cumplían al pie de la letra la anterior descripción.
Y lo de la hora lo menciono porque, en una ocasión, alrededor de las diez de la mañana, cuando apenas íbamos saliendo de Las Láminas, un auto se detuvo a un costado de nosotros y una mujer nos dijo: “Muchachos, váyanse a descansar un rato”. Algunos volteamos como pudimos a causa de la falta de equilibrio y vimos que era la directora de El Nacional, Enriqueta Cabrera.
No muy lejos de Las Láminas, sólo que en el número 159 de Avenida Paseo de la Reforma, se ubica The University Club of Mexico, un club social privado, elegante, que se fundó en 1904 como lugar de reunión de estudiantes universitarios de distintas nacionalidades. El edificio que alberga esta cofradía es realmente hermoso: un inmueble porfiriano conocido como la casa Gargollo, pues su propietario fue José Gargollo, arquitecto que en el amanecer del siglo XX diseñó y construyó nada menos que el Ángel de la Independencia.
Por supuesto la diferencia entre Las Láminas y The University Club of Mexico era abismal, por lo que un compañero de publicidad de El Nacional, bromeaba con una imposible semejanza al llamar al jacalote que concurríamos “Las Láminas University Club, campus Bucareli”.
A Enriqueta Cabrera correspondió revisar la última edición impresa del periódico El Nacional, el 30 de septiembre de 1998. Funcionó durante 69 años, después de publicar su primer número el 27 de mayo de 1929 bajo la dirección de Basilio Vadillo.
De acuerdo con Wikipedia, que dedica una escueta información a la gran historia de este rotativo, “el cierre de [El Nacional] en 1998 marcó el fin de una era de periodismo institucional”.

