“CADA CABEZA ES UN MUNDO”

Mi primer artículo sobre un asesino en serie —en este caso, Jeffrey Dahmer— lo publicó la sección Cultura del periódico El Nacional en 1991.

A partir de entonces muchas personas me han preguntado si siento fascinación por ese tipo de predadores. Asimismo, creo que decepciono a aquellos que creen que visto todo el tiempo con ropa de color negro y que vivo en una especie de mazmorra. También me han inquirido acerca de cuál asesino es mi favorito. Lo siento mucho: me gustan las camisas y suéteres negros, que combino con pantalones desteñidos de mezclilla; vivo en una casa que desde el amanecer se ilumina la luz del sol, que cuenta con un pequeño estanque y con paredes con enredaderas que son la delicia de una amplia variedad de aves. Y, en cuanto a que admire a algún asesino serial, para nada: jamás podría sentir empatía con personas que encuentran placer en infligir dolor a cualquier ser vivo.

Es muy fácil admirar a un homicida compulsivo si lo miras a través de una cámara de cine o televisión, en una serie de tu plataforma preferida de streaming o mientras comes un emparedado sentado en tu sillón favorito.

Pero quien ha estado en una escena de homicidio difícilmente puede digerir el escenario montado por uno o varios individuos que transforman cualquier rutina en un teatro de Gran Guiñol. La expresión de terror en el rostro al momento que ingresa en el cuerpo una hoja de metal o una bala o la soga que fractura la tráquea, el acto sexual antes o después de la muerte… Y los aromas… Junta la adrenalina, el vómito, la sangre y el excremento y los recuerdos te perseguirán por el resto de tus días.

Imagen: Ted Bundy (tomada de Pinterest)

Aunque debo admitir que siempre sentí una gran fascinación por lo que repta, vuela, camina o se zambulle en el interior de la cabeza humana. Pero eso no significa que sea un especialista en lamateria. Al contrario, he dedicado más de treinta años al estudio del tema y cada vez tengo más preguntas que respuestas. Por lo mismo, estoy de acuerdo con un amigo, quien una vez dijo muy circunspecto: “La cabeza nos juega las peores bromas”.

A partir de la premisa anterior, una pregunta siempre flota en mi atmósfera personal: qué ocurre en el interior de un asesino reiterativo. A partir de qué instante los pensamientos terminan por formar una marea oscura que arrasa el mundo material y espiritual de las víctimas.

Hay especialistas que señalan que un individuo cualquiera, por tranquilo e inofensivo que se vea, puede convertirse en un asesino serial si es empujado al límite.No considero que sea un proceso sencillo y mecánico. Es decir, hay individuos de vidas sanas, que no sufrieron presiones, castigos, humillación o hambre durante su infancia y, sin embargo, sus nombres hoy en día inspiran miedo, en el menor de los casos. Ted Bundy y Jeffrey Dahmer se han ganado un lugar en las bitácoras de la cultura pop. Jóvenes guapos, ambos, tuvieron infancias envidiablesque, en teoría, debieron marginarlos de una historia de violencia extrema. Fragancias de clase media norteamericana, Bundy y Dahmer, aparentemente, carecían de motivos para matar,aunque, de cualquier modo, mataron cruentamente y con mecánica repetitiva.

En una clase de Historia de la ciencia, cuando cursaba la universidad, el maestro Raúl Alcalá nos compartió que, al término de la presentación, en la Clínica Universitaria de Viena, de sus Lecciones introductorias al psicoanálisis, Sigmund Freud advirtió: “Ahora, prepárense, porque abriré las puertas del infierno”.

Las puertas desde entonces no se han cerrado. Por ellas pasan, de un suburbio a otro, asesinos que sólo traen en la cabeza una sola idea: practicar unaofrenda oscura que les proporcione un alivio así sea momentáneo, una satisfacción que, una vez que el individuo ha matado, atormenta su alma, su pensamiento, su estómago y sus genitales.