UN METRO BONITO PARA EL MUNDIAL DE FUTBOL
La Ciudad de México es como las matrioskas rusas. Una grande, y dentro, otra, y otra. Y no sólo dentro, sino arriba y debajo de la más visible a ras de tierra. Una de ellas es el Sistema de Transporte Colectivo (Metro) con 195 estaciones distribuidas en 12 líneas que cubren 226.5 kilómetros. Algunas de ellas actualmente son objeto de embellecimiento.
De esas 195 estaciones, 115 son subterráneas, 55 superficiales y 25 elevadas. Esa ciudad subterránea vive ahora una cirugía mayor rumbo al Mundial de Futbol de 2026. Se busca presentarla ante el mundo con un rostro renovado, aunque para ello deba atravesar meses de polvo, caos vial y estaciones convertidas en improvisados talleres de obra pública.
Bajo el estruendo de los taladros, entre andenes acordonados y el incesante ir y venir de millones de pasajeros, el Metro de la Ciudad de México ha puesto en marcha un amplio programa de rehabilitación, particularmente en la Línea 2, la ruta que conecta Cuatro Caminos con Taxqueña para llegar de norte a sur a las inmediaciones del Estadio Azteca.

Ese recinto, hoy rebautizado como Estadio Banorte, será una de las sedes principales de la justa mundialista. La inversión destinada al plan integral de movilidad ronda los 5 mil 186 millones de pesos, aunque estimaciones oficiales elevan el monto a 6 mil millones considerando obras complementarias en vialidades, Tren Ligero, Metrobús y Trolebús.
El Metro tiene gran parte de los recursos, por trabajos de mantenimiento y modernización de estaciones. No se trata sólo de pintura, ni de cambiar luminarias. Se incluye también la sustitución de vías, reparación de sistemas hidráulicos, renovación de las instalaciones eléctricas, colocar cientos de cámaras de videovigilancia y modernización de accesos.
En estaciones como Taxqueña, General Anaya, Portales, Chabacano, Hidalgo y Bellas Artes, los usuarios ven diariamente cómo el viejo sistema naranja intenta reconciliarse con el siglo XXI. La transformación crea una narrativa visual de ciudad moderna donde los cristales sustituyen estructuras oxidadas, pisos gastados y paredes en mal estado.

Hay casos en que el Metro parece debatirse entre conservar su identidad funcionalista o convertirse en escaparate urbano para visitantes extranjeros. Pero debajo de la narrativa institucional yace otra realidad, la del pasajero cotidiano: obreros soldando estructuras, pasillos delimitados con cintas amarillas, y estaciones parcialmente cerradas por ahora.
El Mundial está cerca y la ciudad ya siente sus preparativos. Aunque no existe una cifra oficial consolidada sobre el personal involucrado, distintas estimaciones apuntan a que miles de trabajadores participan en las obras: ingenieros, electricistas, soldadores, albañiles, técnicos y personal operativo laboran prácticamente contra el implacable tiempo.

De acuerdo con fuentes oficiales del gobierno capitalino, existen más de mil frentes de obra abiertos, relacionados con movilidad e infraestructura. La modernización del Metro ocurre en un momento particularmente sensible para el sistema de transporte, marcado en años recientes por accidentes, cuestionamientos sobre mantenimiento y creciente saturación.
Por ello, las autoridades insisten en que las intervenciones no responden únicamente al escaparate internacional del Mundial, sino a una deuda histórica con la infraestructura de movilidad capitalina. Mientras tanto, la ciudad subterránea continúa moviéndose. A pesar del ruido metálico, del olor a concreto recién cortado y de los recorridos entre escombros.
Aun así, millones de personas siguen descendiendo cada mañana a los túneles naranjas para acudir a la escuela, al trabajo o al sitio que su agenda diaria le señala. También ahí, bajo la superficie, la Ciudad de México intenta llegar puntual a su próxima cita con el mundo, teniendo como fondo la máxima fiesta del futbol organizado a nivel mundial.

