LOS TEMPLOS QUE TODAVÍA TIENEN VOZ
Entrar a un templo es introducirse en un recinto envuelto en silencio, fe y misticismo capaz de contar piedra a piedra y retablo a retablo distintos pasajes de la historia. La luz se abre paso en el interior con gran esfuerzo, mientras la algarabía y el tránsito de la calle se aquietan de tal forma que hasta los pasos de los visitantes vacilan un poco y se vuelven humildes.
Hay un momento en el que el edificio entero despierta y parece cobrar vida, y es cuando el órgano canta. Entonces, ese sonido peculiar que abraza el aire en su andar desciende desde el coro, atraviesa la nave y se instala entre las columnas, las imágenes y los nichos hasta ocupar el último rincón.
Como si el templo mismo cantara, como si los muros encontraran una voz para contar cuánto han presenciado al paso de los siglos: celebraciones religiosas, despedidas, matrimonios y ceremonias colectivas. El tan ansiado “sí, acepto” que antecede una marcha nupcial que eriza la piel de los asistentes y llega como canto de alegría y buenaventura.

Desde lo alto del coro, el órgano aguarda. Sabe que no solo es el instrumento de mayores dimensiones dentro del templo, sino que también posee una compleja estructura compuesta por tubos de tamaños y materiales diversos por los que viajará el aire en forma de música. Una proeza reservada para manos expertas.
A simple vista parece un tímido durmiente a la espera de los dedos virtuosos que lo hagan despertar, pero en realidad, respira. Es quien dota de alma al viento. La caja, el espacio que lo alberga y su antigüedad conforman su sonido, todo en él importa, y por ello, cada órgano es diferente y posee su propia personalidad.
Escuchar un órgano de época es presenciar un diálogo entre la arquitectura, la anatomía humana y lo celestial. El organista interpreta con los dedos, camina sobre los pedales y selecciona los registros que determinan el timbre del instrumento con la precisión de un cirujano. Cada movimiento permite que el aire encuentre su camino y que la madera y el metal hagan resonar el edificio entero. No basta con pulsar un teclado, es necesario comprender la respiración particular de cada órgano.
Mantenerlo activo y en perfectas condiciones requiere del trabajo y la supervisión de organeros expertos capaces de revisar sus mecanismos y asegurarse de que cada uno de sus tubos esté afinado y responda a la perfección. Su labor es digna de un trabajo de orfebrería, demanda conocimientos especializados y una sensibilidad peculiar ante un instrumento en el que cualquier intervención puede modificar una voz construida a lo largo del tiempo.
Resulta especialmente sugerente que entre las partes que integran un órgano se encuentren el alma y el secreto. La primera participa del nacimiento del sonido, mientras que el segundo recibe el aire y lo distribuye hacia los tubos. Podría parecer que un poeta bautizó sus piezas; sin embargo, pertenecen a la anatomía real del instrumento.
Los órganos forman parte del patrimonio vivo de la ciudad. No son simples objetos antiguos colocados a capricho en los coros de los templos. Conservan mecanismos, sonidos y memorias que necesitan manos capaces de preservar su existencia sin arrebatarles la voz.
Para quien camina por los callejones guanajuatenses tropezarse con la música de un órgano que se escapa por el portón entreabierto de un templo es un regalo del azar. Por un instante, el tiempo presente se queda suspendido. El sonido no es una invitación al espectáculo estruendoso, sino al recogimiento y al asombro. Nos recuerda que las ciudades históricas no solo se contemplan con la mirada, sino que se habitan a través de sus resonancias y del eco que dejan en quien se detiene a escuchar.
Guanajuato rinde tributo a este instrumento, a los compositores, los músicos y los templos que los resguardan mediante el Festival de Órgano Antiguo de Guanajuato “Guillermo Pinto Reyes”, que este año celebra su edición número 29. El programa ofrece once conciertos gratuitos en la Basílica Colegiata de Nuestra Señora de Guanajuato, La Compañía, el Templo de Belén y el Templo de San Diego.
La edición también conmemora los cien años del órgano monumental del Templo de Belén y los cuarenta de la recuperación del órgano del Templo de San Cayetano, en Valenciana. Ambas fechas recuerdan que estos instrumentos pueden sobrevivir al paso del tiempo y de las generaciones, siempre que exista una comunidad dispuesta a cuidarlos y músicos capaces de devolverles el aliento.

Rescatar estas piezas es también un acto de resistencia cultural frente a la prisa y el olvido. Un órgano mudo es un templo que ha perdido el habla, un testigo centenario al que se le ha privado de su relato. Por eso, cada restauración y cada concierto son una victoria de la memoria sobre el deterioro del tiempo.
Mantener vivos estos conciertos significa reconocer aquello que forma parte de nuestra historia, que habita en nuestros edificios religiosos y que todavía puede hablarnos de nuestra esencia.
No olvidemos que el oro y la plata que revistieron a nuestra ciudad en tiempos de bonanza minera se tradujeron en templos, retablos, imágenes y órganos. Parte de aquello que un día salió de las entrañas de la tierra regresó a la ciudad convertido en arquitectura, arte y música.
La capital del estado abre los brazos para recibir lo nuevo, pero sin soltar de la mano lo que conforma su patrimonio. Restaurar y afinar un órgano requiere una inversión importante, sin embargo, ¿cómo condenar a un instrumento de esta naturaleza al silencio por falta de cuidado?
Tal vez por todo ello es que la música del órgano resulta tan conmovedora. No escuchamos solamente una composición, atestiguamos cómo el aire atraviesa la historia. Enlace a la imagen del programa del festival: https://drive.google.com/file/d/12KELj3g7C0g78u_tP2MB2V6FHdLsPami/view?usp=sharing

