BALDERAS 94, LA CASA DONDE MÉXICO BUSCÓ SUS PROPIAS MEDICINAS

En la esquina de Balderas y Ayuntamiento, en el corazón de la capital del país, existe un edificio que conserva la memoria de una época en que los científicos mexicanos cedieron su esfuerzo, tiempo y talento a observar hacia la naturaleza, en toda la geografía nacional, para hallar respuestas a las enfermedades; el inmueble se encuentra en el 94 de Balderas.

Se trata de la antigua sede del Instituto Médico Nacional, institución que entre 1888 y 1915 abrió uno de los capítulos más importantes de la investigación científica mexicana. Mucho antes de que los laboratorios modernos ocuparan campus universitarios y grandes centros hospitalarios, allí se estudiaban plantas, animales, aguas minerales, climas y enfermedades.

La idea era conocer científicamente los recursos naturales del país y convertir ese conocimiento en medicina que pudiera llamarse, con propiedad, mexicana. El Instituto nació el 6 de diciembre de 1888, en el contexto de los preparativos para la Exposición Universal de París de 1889. México quería mostrar al mundo sus riquezas naturales y, entre ellas, una colección de plantas medicinales.

Observar el edificio de Balderas 94, en la CDMX, sobre todo por la noche, motiva el vuelo de la imaginación y pareciera que la sombra de Fernando Altamirano llega con cajas llenas de plantas para extraerles ciencia y conocimiento. (Fotografía: Graciela Nájera Sánchez)

El proyecto reveló que el país tenía una enorme tradición de conocimientos sobre plantas, pero necesitaba estudiarlos con los métodos de la ciencia moderna. Así comenzó una aventura que tendría como uno de sus protagonistas al médico y naturalista Fernando Altamirano, primer director del Instituto. Pero el programa científico no se limitaba a clasificar plantas.

En realidad, había que recolectarlas, identificarlas, analizarlas químicamente, estudiar sus efectos fisiológicos y determinar sus posibilidades terapéuticas. También se investigaban las aguas minerales y las condiciones climáticas y geográficas relacionadas con la salud. Es decir, la naturaleza mexicana se convirtió, literalmente, en un gigantesco laboratorio.

Los investigadores emprendían recorridos por diferentes regiones del territorio para recolectar ejemplares y documentar los usos medicinales que las comunidades conocían desde generaciones atrás y transformaron ese conocimiento en evidencia científica. Para la Exposición de París, los científicos mexicanos reunieron 2500 plantas medicinales, acompañadas de información sobre sus propiedades.

Después vendría una de las obras más importantes del proyecto: Datos para la Materia Médica Mexicana, publicación cuyos primeros tomos aparecieron en 1894, 1898 y 1900. En apenas un año de trabajo, los investigadores estudiaron y redactaron 32 monografías de plantas medicinales… pero hacía falta una casa digna de aquella enorme, formidable y genial empresa.

El Instituto tuvo primero instalaciones modestas y, conforme crecieron sus actividades, necesitó espacios capaces de albergar laboratorios, biblioteca, colecciones y áreas de investigación. El inmueble de Balderas se convirtió en su sede y allí la ciencia adquirió una presencia arquitectónica visible en la ciudad. La esquina era estratégica: cerca del paseo de Bucareli y de una zona de bonanza durante el Porfiriato.

Mientras afuera circulaban carruajes, tranvías, vendedores y habitantes de una ciudad en plena modernización, detrás de aquellos muros se intentaba descifrar la química de una planta, medir los efectos de una sustancia o comparar las condiciones ambientales de distintas regiones del país. El Instituto fue, para su época, un organismo excepcional donde la investigación no estaba separada de la enseñanza ni del servicio.

La UNAM lo considera precursor de los modernos institutos de salud porque reunió esas tres funciones esenciales: la investigación, el servicio, y la enseñanza. También fue un proyecto profundamente ligado a la idea de construir una ciencia nacional. Sus investigadores querían que México no dependiera exclusivamente de medicamentos y conocimientos producidos en otros países.

En Balderas 94 se ubicó la antigua sede del Instituto Médico Nacional, institución que entre 1888 y 1915 abrió uno de los capítulos más importantes de la investigación científica mexicana. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

En 1915, en plena Revolución, el Instituto Médico Nacional desapareció. Una parte fundamental de su patrimonio botánico terminó vinculada con la Dirección de Estudios Biológicos, antecedente de instituciones científicas posteriores. La UNAM reconoce que la historia del actual Herbario Nacional se remonta, precisamente, a las colecciones reunidas desde el Instituto Médico Nacional.

Detenerse hoy frente a Balderas 94, sobre todo de noche, deja ver más que una antigua construcción del Centro Histórico. Permite imaginar a Fernando Altamirano regresando de alguna expedición con cajas de ejemplares, a los investigadores trabajando con instrumentos hoy rudimentarios; a los libros y herbarios; a una generación de científicos convencida de que conocer México significaba también conocer su naturaleza.

En una ciudad acostumbrada a caminar deprisa, Balderas 94 recuerda un tiempo en que México se detuvo a mirar una planta, una flor, una corteza, o una raíz y se preguntó qué podía decirle la naturaleza sobre la salud de sus habitantes. Aquella pregunta dio origen a una institución pionera y dejó en esta esquina una memoria científica que todavía merece ser descubierta.

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