CUANDO LA LLUVIA CAMBIA EL MAPA DE GUANAJUATO

Cuando la lluvia cae el escenario se transforma. La humedad intensifica el color de las piedras y los adoquines mientras los pasos de los transeúntes se aceleran. De pronto, quienes minutos antes caminaban sin prisa, tomaban su tiempo para sacar una fotografía sin importar que impidieran el libre paso o conversaban en las estrechas banquetas desaparecen con rapidez.  La parsimonia se esfuma para permitir la entrada a la prisa.

Si la lluvia es breve, pausada y ligera, Guanajuato adquiere una atmósfera nostálgica e incluso idílica. Los colores de las fachadas se intensifican como si estuvieran recién pintados, las luces se reflejan sobre el piso mojado y la gente camina despreocupada bajo las gotas, disfrutando su frescura y sumándose a esa postal romántica que los visitantes esperan encontrar.

Basta que el agua arrecie para que la contemplación termine, hay que guarecerse. Los paraguas no siempre resultan útiles pues el espacio para abrirlos y circular es reducido y entorpece el flujo; además, el arroyo vehicular pasa tan cerca que los automóviles terminan salpicando a quienes intentan protegerse. El agua se acumula en ciertos puntos, desciende por las escalinatas y convierte los callejones en ríos cuya corriente gana fuerza conforme avanza. La subterránea reconoce sus orígenes, en algunos tramos hace las veces de cascada y en otros recupera por unos minutos el cauce natural del agua.

Con la lluvia, en cuestión de minutos el mapa conocido deja de ser suficiente. (Fotografías tomadas de internet; créditos a quienes corresponda)

En cuestión de minutos el mapa conocido deja de ser suficiente. Las corrientes avanzan con la seguridad de quien conoce los caminos ocultos y sigue una ruta determinada por la inclinación de las calles, los desniveles y las antiguas cañadas. Los trayectos cotidianos deben modificarse pues hay pasos que se vuelven peligrosos, calles por las que ya no es posible cruzar y escaleras que han desaparecido ante el correr del agua que arrastra a su paso todo lo que encuentra.  

Quienes aquí vivimos lo sabemos por experiencia, reconocemos las esquinas donde suele concentrarse el agua y los callejones por los que desciende con mayor fuerza. Sabemos que hay umbrales que ofrecen un refugio seguro y cuándo es mejor resguardarse bajo techo para esperar a que todo pase antes de continuar con nuestro camino. Es una especie de ruta aprendida a fuerza de aguaceros, zapatos mojados y planes que debieron cambiar a mitad del trayecto.

En cambio, los turistas aprenden sorpresivamente que guarecerse en la Calle Subterránea puede ser una pésima idea, lo que en principio parece ofrecer un techo seguro se convierte en el sitio hacia donde desemboca gran parte del agua. Los accesos comienzan a recibir pequeñas cascadas, la circulación se complica y el ruido del aguacero se intensifica entre las paredes. Esos túneles muy pronto se convierten en una bomba de tiempo.

En esos casos lo mejor es entrar a un café mientras pasa la tormenta o en su defecto aceptar que tardaremos mucho más en llegar a donde deseamos porque desde que las primeras gotas aparecen los taxis escasean y los camiones parecen tardar más que nunca, y cuando al fin hacen su aparición, vienen repletos y es casi imposible abordar. Aunque el río corra vertiginosamente afuera, adentro el tiempo parece detenerse.

En los comercios y puestos ambulantes los plásticos hacen su aparición para proteger la mercancía. Los vendedores recogen cuanto pueden y levantan los objetos colocados cerca del suelo sin dejar de observar los acontecimientos, preocupados por el nivel que puede alcanzar el agua esta vez.

En Guanajuato, cuando la lluvia cae el escenario se transforma. (Fotografías tomadas de internet; créditos a quienes corresponda)

Las lluvias intensas despiertan viejos temores, Guanajuato ha sobrevivido a grandes inundaciones, las placas en los muros nos los recuerdan. Las piedras se vuelven resbalosas, los paraguas chocan, un paso mal calculado puede terminar en una caída, incluso hacia el paso de los autos, pues bajo el agua dejan de ser visibles los desniveles e irregularidades del piso.

Y, sin embargo, siempre hay quien encuentra en ello una belleza digna de disfrutarse; así que en vez de luchar contra la tormenta, permiten que el agua caiga y continúan su camino con la ropa empapada y una sonrisa en el rostro. Otros se detienen bajo un balcón para fotografiar el paisaje. Cuando Guanajuato está cubierto por una cortina de lluvia ofrece escenas difíciles de ignorar ante la vista de fachadas que oscurecen, de la neblina que rodea los cerros y las luces encendidas que adquieren un brillo distinto.

La lluvia, no obstante, también saca a flote los problemas urbanos que pasan inadvertidos durante los días secos. Las alcantarillas obstruidas dejan de cumplir su función y la basura avanza junto con la corriente. El olor a orines se intensifica en algunos callejones, en tanto que en las casas y edificios públicos aparecen las goteras. La lluvia también es un espejo, una forma en que la naturaleza denuncia las omisiones, exhibe el deterioro y la falta de conciencia al cuidar nuestro entorno y a nuestra ciudad.

Las construcciones antiguas enfrentan sus propios riesgos. La humedad penetra en los muros, muchos de ellos construidos con adobe, desprende aplanados y reblandece paredes que llevan años reclamando mantenimiento. Manchas que se extienden, filtraciones y la fragilidad real de fachadas aparentemente firmes. No es que el agua haya creado todos los problemas que aparecen durante una tormenta, muchos han estado ahí desde antes, acumulándose silenciosamente hasta volverse irremediable y colapsar ante nuestros ojos.

De pronto, un trueno intenso deja sin energía eléctrica a una parte de la población, las llamadas para reportar la falla se multiplican hasta saturar las líneas. Las velas se encienden, los focos de emergencia comprados en línea hacen su aparición. En algunos hogares y centros laborales la oscuridad abre la oportunidad de contar historias sobre los fantasmas que habitan edificios, teatros y antiguas casonas. Para los guanajuatenses los momentos propicios para recurrir a sus leyendas son tan valiosos como el oro.

Y, sin embargo, siempre hay quien encuentra en la tormenta en Guanajuato una belleza digna de disfrutarse. (Fotografías tomadas de internet; créditos a quienes corresponda)

Las conversaciones en los cafés se prolongan comentando el clima y la intensidad de las lluvias en comparación con el año pasado; en ocasiones también la lluvia crea comunidades momentáneas entre quienes coinciden en un mismo refugio.

Cuando el agua disminuye, regresa el otro Guanajuato, el de las fachadas coloridas, piedras brillantes y flores en los balcones. En el suelo quedan las ramas, papeles y pequeños rastros de la tormenta que pasó. Los comerciantes vuelven a dejar a la vista su mercancía, los peatones abandonan los umbrales para continuar su camino. Poco a poco las rutinas interrumpidas continúan, los paraguas se cierran, el tráfico fluye, la lentitud habitual se instala nuevamente.

Solo un momento ha bastado para que la lluvia dibuje un mapa distinto, determinado por el camino del agua pero también por la memoria de quienes han aprendido a recorrer la ciudad bajo el temporal. Las calles vuelven a ser las mismas, o tal vez surja, como una promesa, un arcoíris en el cielo.

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