PEPE, LA VOZ DE LOS NIÑOS QUE CRECEN APRENDIENDO A ESPERAR
En medio de un patio ruidoso, entre palomitas, pizza, globos y risas desordenadas, un niño se reía con entusiasmo cuando yo narraba el cuento. Levantaba la mano para participar, para decir lo que imaginaba, para preguntar. Ese niño era Pepe.
Al terminar la narración, se sentó junto a mí. Lo que comenzó como una actividad más por el Día del Niño, terminó siendo una conversación que me dejó pensando, no solo en los niños sino en nosotros, los adultos.
José Martí escribió que los niños son la esperanza del mundo. Eso lo sabemos todos. Lo que no reflexionamos tan a menudo es: ¿Qué somos nosotros para el mundo de esos niños? ¿Qué papel jugamos? ¿Qué huella dejamos?
Esa tarde yo tenía la intención de entrevistar a un adulto para una historia. Pero fue Pepe quien se acercó. Fue él quien me dio la historia.

Por razones evidentes, no puedo mostrar su rostro ni usar su nombre real. Aunque, con toda honestidad, podríamos llamarlo como quisiéramos, porque lo más duro de esta historia es que Pepe no es un caso aislado.
“Tengo nueve años, bueno, casi nueve y medio. Voy en cuarto. La escuela me gusta… más o menos. Pero hay días que no quiero ir. Es que hay niños que me molestan. Me dicen cosas, o se ríen si digo algo en clase. Tengo unos amigos, dos, que sí son buena onda. Con ellos juego en el recreo. Pero a los otros… pues mejor ni los volteo a ver.”
Pepe estudia en una escuela pública, de esas donde los grupos son tan grandes que a veces es más fácil pasar desapercibido. Dice que saca ochos y nueves. Solo una vez sacó siete, en matemáticas. Pero se recuperó.
No siempre acusa a los niños que lo molestan. “Si digo algo, se enojan más. Me dicen chismoso. Mejor me aguanto. Mi maestra sí es buena”, agrega, “pero hay muchos niños en el salón. No siempre ve cuando me hacen algo. Una vez sí me defendió. Pero otra vez me dijo que ya no me quejara tanto, que mejor los ignorara. Yo intento… pero no es fácil. Así que mejor ya no le digo nada a nadie.”
Hay infancias que se nos muestran de manera evidente: las que duelen por fuera. Pero también existen otras que pasan desapercibidas, como la de Pepe. Infancias atravesadas por el abandono afectivo silencioso. No hay violencia física. No hay carencias económicas graves. Pero sí una ausencia constante de lo más simple y a la vez más necesario: tiempo compartido, atención genuina, presencia emocional.
“Vivo con mi mamá. Ella trabaja un montón. Llega tarde y está cansada. A veces se queda dormida en el sillón. Me da besos, pero casi no hablamos. Mi papá vive en otra casa. Lo veo los fines de semana… bueno, a veces no llega. Dice que el trabajo lo atrapó.”
Lo cuenta sin rabia. Pero con una tristeza que se le acomoda detrás de los ojos.
“Cuando no llega siento feo. Me dice que va a venir a jugar conmigo un partido o que me va a llevar a la plaza. Y yo me quedo esperando. Luego me llama y dice que otro día lo compensamos. Pero ese otro día no siempre llega. Igual lo quiero… pero a veces no le creo mucho. Siempre me manda stickers, y yo le mando otros chistosos. Pero me gustaría más platicar a diario con él.”
Le pregunto cómo es un día normal para él. No tarda ni dos segundos en responder.
“Me levanto, me pongo el uniforme y me despido de mi mamá. Es la primera que se va, siempre me deja el desayuno en la mesa. A veces me lo como. A veces no me da tiempo. Me voy a la escuela con un vecino. Cuando salgo me recoge quien pueda. A veces mi tía. Otras la vecina. O una amiga de mi mamá. Nunca sé bien quién irá. Eso me lo dice en la mañana o me manda un mensaje al celular. Cuando regreso de la escuela caliento la comida que me dejó en el refri. Y me la como viendo videos. Hago la tarea si tengo ganas. Luego juego en la compu hasta que mi mamá llega. O me quedo dormido.”
Es ahí, cuando se apagan los sonidos de la escuela, de los amigos, incluso de los compañeros que lo molestan. En ese que es su hogar, y su refugio, trata de integrarse al espacio y sobrevivir día a día.
“A veces me siento solo. Pero ya me acostumbré. Bueno… no tanto. Sí me gustaría que alguien me preguntara cómo me fue. O que jugara conmigo. Pero todos están ocupados. Así que hago lo que más me gusta: jugar videojuegos. Ahí sí gano. Nadie me dice cosas. Ni se burlan. Y puedo hablar con otros niños, aunque no los conozca. Ellos son más buena onda que los de la escuela.”
Le pregunto qué cambiaría de los adultos si pudiera. La respuesta me deja sin palabras por un momento.
“Que me escuchen. Que no me digan «tú no sabes» o «solo eres un niño» cuando quiero opinar. A veces creo que no me toman en serio. Pero yo sí siento cosas. Y sé cuándo alguien no me quiere escuchar de verdad.”
Hace una pausa. Sorbe su jugo con cuidado, como si eso lo ayudara a pensar. Luego dice, muy bajito:
“Me enoja mucho que me prometan cosas y no las cumplan. Que me digan que soy exagerado. Que me ignoren cuando hablo por estar respondiendo mensajes en su celular.”
Y después, con los ojos brillosos, agrega:
“Cambiaría que mi papá viniera cuando dice. Que mi mamá comiera conmigo todos los días. Que alguno de los dos me esperara a la salida de la escuela y me abrazara fuerte. No sé, cosas así… no son cosas difíciles. A veces veo a otros niños con sus papás o mamás y me da como algo en el pecho que me pone triste. Pero también pienso que a lo mejor algún día va a pasar así conmigo. O que cuando yo sea grande, voy a ser diferente.”
Entonces le pregunto: ¿Qué te gustaría que te preguntaran los adultos? Se queda pensando. Luego, como quien suelta algo que ha tenido guardado hace mucho, responde:
“Pues… cosas como «¿cómo estás de verdad?» o «¿qué necesitas?». Porque siempre me preguntan si hice la tarea o si comí. Pero no si estoy feliz o triste. Esas cosas también importan. Creo.”
Y yo también lo creo. Le pregunto por sus sueños. Me sonríe antes de contestar:

“Cuando sea grande voy a tener una casa grande. Y una familia grande también, con un perro porque mi mamá no me da permiso de tener uno. También me gustaría ser gamer o dibujante.”
Le brillan los ojos. Por fin no está contando lo que le duele, sino lo que imagina. Lo que quiere.
“Y lo que más me hace reír son las caras chistosas de mi mejor amigo. Las bromas que hacemos. O cuando mi mamá tiene tiempo y me hace cosquillitas.”
Pepe es un niño como muchos que vemos a diario. Y por eso importa. Porque como él mismo dijo: “esas cosas también importan“.
Quizás la esperanza del mundo no está solo en los niños, sino en nuestra capacidad de aprender a verlos de verdad.
Feliz día del niño Pepe, tus palabras han sido escuchadas y compartidas, porque al final de cuentas, quien más importa en todo esto: eres tú.

