EL HOSPITAL DE HERNÁN CORTÉS
Fundado por Hernán Cortés el 13 de noviembre de 1524, el Hospital de la Purísima Concepción y de Jesús Nazareno, primero en todo el Continente Americano, sigue en funciones. Está en la Ciudad de México, justo en el predio donde se presume que el conquistador español y el emperador Moctezuma II se vieron, por primera vez, en 1519.
Durante más de 500 años ha dado atención médica y hospitalaria ininterrumpidamente, tal y como lo planeó Cortés antes de construirlo, y como lo dijo antes de su muerte. Tiene accesos por la avenida 20 de Noviembre y por las calles República de El Salvador y José María Pino Suárez, a sólo tres calles del Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana.
El encuentro de 1519 tuvo lugar allí, en lo que era el camino que conducía a Iztapalapa. Incluso, sobre José María Pino Suárez, a un costado de una de las entradas al hospital, se encuentra un mural de medianas proporciones en el que se ilustra el momento justo de ese legendario saludo. Ambos personajes se ven acompañados por sus colaboradores.

Hernán Cortés mandó construir ese hospital con la finalidad de que allí se diera atención a todos los enfermos, sin distingos, es decir, a españoles, indígenas y miembros de las diferentes castas que tuvieron origen durante el proceso de conquista y evangelización. Su primer director fue fray Bartolomé de Olmedo, aunque era una institución laica.
Su larga vida obedece en gran medida a que su carácter laico impidió ser blanco de las Leyes de Reforma, que ordenó desaparecer otros hospitales y despojó a la Iglesia de casas y otro tipo de inmuebles. Antiguos documentos señalan que originalmente se llamaba “de la Purísima Concepción de Nuestra Señora” o “de la Purísima Concepción”.
Durante los primeros años de la Época Colonial, el hospital era conocido por el pueblo como “del Marqués”, y comenzó a llamarse “de Jesús”, de manera definitiva, a partir de que el hospital ganó, en una rifa, la imagen de Jesús Crucificado que se creía milagrosa y con ello, la fe de la gente y la alta capacidad de sus servicios dieron fama a ese sanatorio.
Lamentablemente, el conquistador hispano murió sin ver totalmente terminado el edificio que albergaría al hospital de sus sueños. Los primeros planos fueron diseñados por Carlos Olivas, y Hernán Cortés heredó a través de su testamento varios terrenos de cultivo para ayudar a la institución. Luego, Alonso Pérez de Castañeda tomó el asunto en sus manos.
Pero pasaron seis años, se invirtieron 43 mil pesos más, y Pérez de Castañeda no terminó la obra, a pesar de ser uno de los arquitectos más afamados de la época. En archivos de la época se destaca que, 130 años más tarde, Antonio de Calderón Benavides fue llamado para que, rodeado por un equipo de profesionales, trabajara hasta terminar la enorme obra.
Otra fuente consultada menciona que el hospital recibió una imagen de Jesús el Nazareno donada por Juan Manuel de Solórzano, aunque la leyenda dice que la indígena Petronila Jerónima fue quien la obsequió, y el hospital fue renombrado en honor de la imagen en 1665. Sea como sea, desde entonces hasta el día de hoy, se le llama “Hospital de Jesús”.
Para la construcción del edificio, desde sus cimientos hasta sus acabados, fueron citados los más reputados arquitectos de la Nueva España, entre ellos, Pedro de Arrieta, Diego de Aguilera, Miguel Custodio Durán, Claudio de Arciniega y el afamado maestro Francisco Antonio Guerrero y Torres. Y lo mismo sucedió al seleccionar a todo el equipo médico.
Un dato coincidente en todos los archivos antiguos que hablan de ese hospital es que en los albores de 1646 fue escenario para la primera autopsia que se realizó en el Continente Americano. Fue como parte de la formación académica y para enseñar anatomía a los estudiantes de medicina más avanzados de la Real y Pontificia Universidad de México.
En 1715, el hospital publicó la “Regia Academia Mariana Práctica Médica” con el fin de promover más prácticas profesionales en el campo de la medicina en la Nueva España. La educación continua ha sido uno de sus pilares desde entonces, para beneficio de los miles de pacientes que han pasado por sus salas de espera y consultorios especializados.

A pesar de los años, la iglesia y el hospital se mantuvieron hasta 1934 cuando, en aras de la modernidad de la ciudad, se amplió la avenida 20 de Noviembre, y quienes dirigían la institución levantaron un edificio de cinco pisos, obra del arquitecto José Villagrán. Se eliminó parte de la construcción colonial, sin tocar los patios originales del hospital.
Hernán Cortés siguió financiando al hospital aun después de muerto, a través de las rentas que para ello destinó en su testamento. En el mismo documento estableció que sus herederos se encargarían de su mantenimiento, lo que sucedió durante muchos años, hasta que en 1932 el hospital pasó a ser administrado por un puñado de médicos serios y capaces.
En 1774, los restos de Hernán Cortés fueron colocados en la iglesia anexa por el Virrey de Revillagigedo, y Manuel Tolsá hizo un busto del conquistador y su escudo de armas, en bronce. Sin embargo, en agosto de 1882, hubo una propuesta para trasladar los restos y colocarlos junto a los de algunos de los héroes de la Independencia, idea que no floreció.

