“UN ÁNGEL QUE MIRA AL CIELO”
Llevaba algún tiempo buscando quién era el autor de la frase “El hombre es un ángel que mira el cielo”. Sabía que había leído esa sentencia en algún lado, pero empezaba a dudar de su existencia. El buscador de Google no me arrojaba los resultados que yo esperaba. Y así pasaron los meses y mi esperanza por hallar esa pequeña hilera de palabras se volatilizaba.
Finalmente, encontré una respuesta. Busqué nuevamente en Google y esta vez el enrutador llegó con un “refuerzo”, la Inteligencia artificial (IA), la cual en primera instancia me respondió a medias: “La frase ‘el hombre es un ángel que mira el cielo’ no es una cita textual de Miguel de Unamuno, aunque se relaciona con su pensamiento sobre la aspiración del ser humano hacia lo trascendente y la contemplación del misterio, ideas que se reflejan en su obra, especialmente en el sentido trágico de la vida y la búsqueda de la inmortalidad, como se desprende de sus análisis sobre la fe y el duelo existencial”.
En otro apartado de la misma cita, la IA asegura que siempre sí: las palabras corresponden “al poeta español y místico, Miguel de Unamuno”. La expresión refleja –según el robot— “la dualidad del ser humano, capaz de una gran conexión con lo divino y espiritual, de ahí su naturaleza ‘angelical’”.
En este punto, creo que no todos los que dirigimos la mirada al cielo buscamos señales divinas o efectos celestiales de índole religiosa. No, en ocasiones esperamos una respuesta, una señal, en una extensión de universo que en nuestra modesta capacidad de comprensión nos vuelve enanos.
Posiblemente si tuviéramos el océano frente a nosotros no necesitaríamos la sabiduría cósmica. Es cierto, el cielo es vasto, más vasto que el océano, pero también, tan sólo tocar el mar, cualquier sensación de lejanía, de enanismo, nos muestra desinhibidamente sus primeros misterios.
Algo pasa con la Inteligencia artificial, es confiable, pero todavía no es un absoluto. Y pienso que nunca lo será.

Recientemente leí un artículo muy interesante (para mí) de Spencer Klavan, “¿Qué pasa si nadie lee?”, publicado en The Free Express. Al parecer, el hombre es catedrático, pues señala que muchos estudiantes “se presentan incluso en escuelas de alta gama sin haber leído nunca una novela de principio a fin”.
Y abunda que, en el apogeo de la novela europea del siglo XIX, la ficción se menospreciaba y era considerada un simple pasatiempo.
¿Por qué? Porque los libros en la antigüedad eran para condensar los conocimientos, para formar a los individuos, no eran para la lectura por placer.
La mismísima Biblioteca de Alejandría no albergaba ni un solo tomo de ficción, los textos de los Corín Tellado de la época, si los hubo, eran inimaginables en ese gran monolito del saber.
Spencer Klavan indica: “Cuando Platón era joven, el dramaturgo Aristófanes compuso sus Ranas, en las que Dioniso menciona de pasada que, cuando debía estar de servicio naval, una vez pasó el tiempo leyendo el texto de otra obra: Andrómeda de Eurípides. Esta es probablemente una de las primeras representaciones en la literatura occidental de alguien leyendo sólo por placer, imaginando a los personajes luchando, sufriendo y hablando en su mente. Es algo completamente diferente a usar libros como repositorios de datos.”
Datos, datos, datos… La inteligencia nos puede dar cuantos datos le pidamos. Su exactitud y su expeditez están creando un desempleo preocupante, incluso de profesionistas. Los libros de autoayuda, de cocina, de registros deportivos, etc., esos no corren peligro. Todo lo contrario, la literatura de supermercado formará a nuestros niños y jóvenes en un futuro que ya está aquí. ¿No me creen? Observen su entorno: todos vivimos pegados al móvil, rogando que, al tallarlo, surja de esa lámpara mágica algo que cambié el rumbo de nuestra vida. La falta de lectura, precisamente, provoca que ignoremos que esos grandes cambios se abren camino desde nuestro interior, afuera sólo es un escenario de puestas en escena monótonas y aburridas.
La búsqueda de una frase, del autor de la misma, del texto al que pertenece en eso sí nos puede ayudar, y mucho, la Inteligencia artificial. Es una de las tantas pautas que nos puede proporcionar. Lo debemos admitir: la velocidad de un buscador es una herramienta que ya no debemos desdeñar.
Los oficios, varios de ellos, permanecerán, incluso el oficio de escribir. La redacción, temo que sí puede sucumbir ante los embates de la IA. Pero la escritura, cuando es creación y se sostiene con su respectivo estilo, no sufrirá ni un solo rasguño por parte de la programación artificial. La creación es el antídoto contra el software del plagio, como atinadamente denominó Noam Chomsky a la Inteligencia artificial.
“El estilo lo es todo”, escribió el autor francés Louis Ferdinand Céline. Y este autor tenía un gran conocimiento de causa, pues su estilo, con un despliegue intelectual de puntos y comas, puntos suspensivos, frases cortas pero lapidarias, y un humor siniestro conforman un estilo literario que muchos críticos denominan “la música Céline”.
Y en cuestiones de estilo, que, repito, jamás creará por sí sola la Inteligencia artificial, está el manejo de los tiempos verbales en el que Henry Miller era no sólo un maestro sino un verdadero mago. Es imperceptible en ocasiones para el lector el momento en el que el autor de Brooklyn transita del pasado al presente o viceversa, todo a través de los recuerdos.
¿Hay algo qué regatear en Juan Rulfo? La belleza de Pedro Páramo desbordaría cualquier intento de imitarla artificialmente. El universo paralelo en que se mueven los personajes de Pedro Páramo, que no es precisamente el más allá, el escritor lo concibió para completar así de forma definitiva el ciclo de la muerte que viaja todo el tiempo con los mexicanos.
Así, no queda sino dar la razón al historiador medievalista y escritor británico C.S. Lewis (Clive Staples Lewis), que escribió: “Quienes leen la gran literatura por placer, descubren que toda su conciencia ha cambiado. Se han convertido en lo que no eran antes”.

