DONDE COMIENZA EL ÉXODO. BUSCAR UN DESTINO ES HUMANO; CONVERTIRLO EN DELITO, NUESTRA VERGÜENZA

How many roads must a man walk down before you call him a man?

Bob Dylan

Migrar no es un delito. Lo que a veces se llama “irregularidad” no es más que un papel vencido, un sello negado, un permiso imposible. Son trámites administrativos, nunca crímenes. Y, sin embargo, el mundo ha confundido el expediente con la persona, el documento con la vida, y ha convertido en delincuentes a quienes lo único que hicieron fue caminar y buscar un destino.

Los niños deberían estar dibujando con crayolas, no vendiendo paletas en los semáforos, como si la infancia pudiera arrancarse de las manos y ponerse a la venta en cada esquina. Las familias deberían estar celebrando cumpleaños en los patios de sus casas, no trepadas al lomo metálico de La Bestia, confiando su existencia a un tren que no se detiene. Y, sin embargo, ahí están, con la esperanza aferrada al hierro, y ahí están también Las Patronas, mujeres humildes de Veracruz que lanzan bolsas de arroz y botellas de agua como recordatorio de que todavía queda humanidad.

Migrar ha sido siempre parte de la condición humana. Ulises debería haber regresado a Ítaca sin tormentas que lo desviaran, pero vagó diez años buscando un destino. Eneas debería haber crecido en Troya, pero la ciudad ardió y lo obligó a cargar a su padre sobre los hombros. Moisés debería haber vivido en paz en Egipto, pero caminó por el desierto junto a su pueblo. Todos ellos fueron migrantes, caminantes, exiliados. Y no solo huían: buscaban un destino, una tierra donde fuera posible empezar de nuevo.

David Gómez “Kaoz”, “El sueño americano”. Mural y fotografía del mismo.

Hoy las rutas se repiten con otros nombres. Los hondureños, salvadoreños y guatemaltecos deberían estar protegidos en sus casas, pero huyen de pandillas que amenazan con devorar a sus hijos. Los venezolanos deberían estar trabajando en oficinas y mercados, pero cargan con lo poco que les queda por estar contra el régimen. Los nicaragüenses deberían respirar en libertad, pero fueron expulsados por la represión. Los haitianos deberían reconstruir su país tras la catástrofe, pero la pobreza y la indiferencia los expulsan. Y están también los cubanos, que deberían estar viviendo de su esfuerzo en su propia isla, pero llegan con títulos universitarios doblados en la maleta, con oficios heredados, con una cultura hecha de música y resistencia, buscando aquí lo que allá se les niega: libertades, economía, horizonte. En ciudades como Pachuca, con sus montañas grises, sus barrios de viento y su gente que va y viene entre juzgados, mercados y plazas, sus nombres se repiten en las solicitudes de refugio. No están aquí por azar, están porque buscan un sitio donde la vida, al fin, pueda desplegarse sin miedo.

Nuestra Constitución lo proclama en su artículo primero: todas las personas, pero todas, deberían gozar de los derechos humanos. No debería importar el pasaporte ni la condición migratoria. Quien pisa suelo mexicano debería pisar suelo de derechos. Y lo dicen también la Convención de 1951, el Protocolo de 1967, la Convención Americana de Derechos Humanos, el Pacto Mundial de 2018, la jurisprudencia de la Suprema Corte. Todos coinciden en lo mismo: migrar no es un delito. Pedir refugio no es un favor, es un derecho humano.

Y, sin embargo, entre la letra y la práctica se abre un abismo. En 2023, la COMAR (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados), recibió más de 140,000 solicitudes. No son solo cifras: son carpetas que se apilan en escritorios, papeles que definen destinos, nombres reducidos a expedientes. En la frialdad del archivo se encierra la urgencia de quienes lo han perdido todo y esperan que el derecho se vuelva vida

Hoy, en cambio, los llamamos ilegales. Deberíamos abrirles un espacio de acogida, pero los detenemos más de setenta y dos horas. Deberíamos acompañarlos en su tránsito, pero los obligamos a aceptar expulsiones “voluntarias”. Deberíamos garantizar su seguridad, pero los encerramos en estaciones migratorias que parecen prisiones. Y en Ciudad Juárez, en marzo de 2023, deberíamos haberlos salvado, pero las llamas devoraron cuarenta cuerpos. Esa masacre no fue accidente: fue el resultado inevitable de tratarlos como números, no como personas.

“Aprendiendo el oficio” y “Malbaratada la patria”, fotografías de David Gómez “Kaoz”.

Bauman ya nos dijo que lo que nos aterra no son ellos, sino el espejo que nos tienden. Su presencia debería despertar solidaridad, pero despierta miedo porque desnuda nuestra fragilidad. Adela Cortina lo nombró con precisión: aporofobia. No rechazamos al extranjero en abstracto, al contrario, celebramos al turista que llena hoteles, al inversionista que trae capitales, al profesionista que aporta valor. Lo que rechazamos es al pobre, al vulnerable, al que no produce ni consume bajo las reglas del mercado.

Ese rechazo no es natural, es aprendido. Es la lógica implacable del capitalismo la que mide la dignidad en función de la rentabilidad. Bajo ese utilitarismo frío, sólo valen quienes producen, quienes consumen, quienes sostienen la rueda. Los demás parecen sobrar.

Lo sé porque lo viví: una vez, al decir lo más elemental, que los migrantes tienen derechos, me gritaron que me los llevara a mi casa. Como si fueran basura. Como si estorbaran. Pero lo que más duele es que muchos de ellos tuvieron vidas iguales a las nuestras. Fueron estudiantes con cuadernos bajo el brazo, trabajadores que soñaban con un salario digno, madres que llevaban a sus hijos al parque, jóvenes que planeaban un futuro. Nada distinto de lo que hacemos nosotros cada día. La única diferencia es que la violencia, el hambre o la persecución los expulsaron sin preguntarles.

Entonces la pregunta insiste: ¿a dónde irán? La respuesta parece obvia: a Estados Unidos. No sé si es ingenuidad, o pura esperanza obstinada, o tal vez la certeza de que ya no hay camino de regreso. Van hacia un país que los rechaza, que levanta muros de cemento y de miedo, que los usa como carne de discurso electoral. Un país donde Trump los odia sin disimulo, y donde ese odio se filtra en las calles, en los periódicos, en las conversaciones cotidianas; incluso en los labios de otros migrantes que, ya instalados allá, repiten el mismo desprecio que un día los persiguió. Y, aun así, siguen andando, porque a veces el destino no está en la tierra que los recibe, sino en la imposibilidad de volver a la tierra que dejaron.

“El retorno” y “A tirones va el recuerdo”, fotografías de David Gómez “Kaoz”.

Quizá la pregunta verdadera no sea adónde van ellos, sino hacia dónde queremos ir nosotros. Porque la migración no es la excepción, es la historia misma de la humanidad. Todos venimos de un éxodo remoto, de un cruce de mares, de un camino abierto en el desierto. Migrar es la memoria más antigua de nuestra especie, la que nos recuerda que sobrevivir siempre ha significado moverse y buscar un destino.

Reconocerlo no es caridad, es justicia. Es un acto de memoria. Es aceptar que también nosotros somos hijos de viajeros, nietos de exiliados, herederos de caminantes.

La pregunta de Dylan nos envuelve a todos: ¿cuántos caminos tendrá que andar un migrante para que lo llamemos humano, y cuántos tendremos que recorrer como sociedad para reconocer que su destino también es el nuestro?