EL FESTIVAL CERVANTINO CALLEJERO: LA CONTRACULTURA QUE MURIÓ CON EL LLANERO SOLITITO 

Cuando CLETA se presentaba en el FIC… bueno, afuerita

“Chumina, animal del demonio, salga de su agujero que vamos a trabajar”.

Era un hombre de regular estatura, inicialmente delgado, con una barba que se empezó a convertir con los años en maraña canosa y un cabello rizado que se abultaba a los costados de su cabeza. Un antifaz hecho de maquillaje daba nombre al personaje: Enrique Cisneros Luján, El Llanero Solitito.

La prensa nacional y algunos reporteros locales acudimos a dar cobertura a una denuncia pública: inspectores del municipio, con apoyo de la policía preventiva, intentaban echar de la Plaza de los Ángeles a ese hombre que vendía periódicos con hoz y martillo impresos, que daba a 50 pesos unos cuadernillos igualmente panfletarios, de teatro revolucionario, con versos y caricaturas que hacían mofa del presidente de la república.

Eran actores y actrices, cantantes y bailarines del Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística (CLETA), que desde el Foro del Lago de Chapultepec acudían al Festival Internacional Cervantino y mostrar su arte revolucionario, su humor crítico que al menos servía de catarsis ante un gobierno federal priista todopoderoso y omnipresente y luego ante un panismo local escandalizado y moralino.

No era panfleto: era convicción y compromiso hasta la muerte. Enrique Cisneros, El Llanero Solitito.

La presión mediática lograba que la presidencia municipal les tolerara al menos por un tiempo hacer sus presentaciones. Y así, luego de llamar a la Chumina, animal del demonio, El Llanero preguntaba: “Señor, señora, ¿quiere ver a mi animalito?” y ante las risas generalizadas, Enrique Cisneros abría función:

“¡Señooooraaas y señoreees y aquellas que por su gusto o desgracia sigan siendo señoritas…! A ustedes les vamos a hacer un trabajito… de teatro”.

El origen

El 21 de enero de 1973 hubo un conflicto entre estudiantes y el director del Centro Universitario de Teatro (CUT) de la Universidad Nacional Autónoma de México. Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras tomaron el “Foro Isabelino”. Días después se convocó a la fundación del Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística (CLETA), que formalizó su existencia el 21 de enero. “Ahí empezó todo el numerito”, decía Enrique Cisneros, que junto con su hermano Luis y Enrique Ballesté, Ángel Álvarez Quiñones, Claudio Obregón y Luisa Huertas, entre otros, conformaron una agrupación que impulsaría teatro, canto, danza y pinturas de compromiso con las causas populares.

Tomaron el Foro del Lago como propio y se presentaban en Chapultepec y las “islas” (los jardines) de la Ciudad Universitaria.

En 1972 había iniciado el FIC en la ciudad de Guanajuato. Era, a los ojos de CLETA, un “festival elitista”, así que en 1974 viajaron a Guanajuato e hicieron un primer Cervantino Callejero. Fue una serie de presentaciones desorganizadas. Empezaron en las escalinatas del Teatro Juárez, de ahí los desplazaron y se fueron a la Plaza de la Paz, de ahí los mandaron afuera del Mercado Hidalgo hasta tener casi como espacio propio la Plaza de los Ángeles.

Se colocaban sin permisos, sólo al amparo de “la raza” que reclamaba a la policía cuando llegaba por ellos. Así, los integrantes del CLETA conocieron todo Guanajuato, incluso sus separos. 

Fue una lucha larga, de mítines relámpago y hasta huelgas de hambre con denuncias en medios de comunicación. En la década de 1970 fueron las y los enviados de Excélsior y El Universal quienes les dieron voz ante los embates del entonces presidente municipal, Sergio Arroyo Arroyo. Luego vendrían unomásunoLa Jornada y El Nacional de Guanajuato como baluartes para que Antonio Villaseñor y Elisa López los toleraran.

La presión mediática logró que las autoridades cedieran, pero también generaron una consecuencia que ha sido trascendental para el festival: abrir la Alhóndiga de Granaditas como espacio público gratuito para el festival fue una respuesta al cuestionar al FIC como elitista, habría de reconocer años después el entonces gobernador del estado, Luis Humberto Ducoing Gamba.

Poco a poco CLETA ganó espacios desde el Jardín de la Unión hasta Los Pastitos. Sin embargo, cada año era una etapa de confrontación y acuerdos, de estira y afloja con las autoridades municipales. Y cada año la prensa minoritaria pro izquierda era su principal escudo.

Su lucha, además, llevó a una apertura a otros artistas callejeros, especialmente mimos y cantantes y algún pintor, a quienes las autoridades daban permisos con la finalidad de quitar público a los “cletos panfletarios”.

CLETA contribuyó a la apertura de espacios de la calle para grupos independientes.

CLETA era excluido de la cobertura periodística formal. En 1987, sin embargo, el periódico oficialista El Nacional de Guanajuato editó el suplemento “Revista Cervantina”, que tenía un equipo de 10 personas dedicadas a la cobertura del Festival y abrió una sección para los espectáculos presentados en plazas y calles, tanto dentro como fuera de la programación.  El grupo tuvo un espacio en la prensa local.

La difusión de espectáculos en las calles, oficiales o no, así como la apertura a espectáculos en plazas y calles y la proliferación de discotecas crearon un nuevo fenómeno: las multitudes en las calles. Eran los tiempos de Edgardo Meave Torrescano, que cedía ante la presión de los “juniors”, clasemedieros en muchos casos hijos de empresarios y políticos que tomaron como cantina nocturna las calles de la ciudad.

Quienes no alcanzaban lugar o no querían o no podían comprar boletos para entrar a los espacios oficiales del Cervantino, se divertían en las calles. Los organizadores del festival abrieron otros espacios, como la Plaza de las Ranas, además de San Roque, para atender a ese público que mezclaba el goce por la cultura formal con una convivencia de borracheras y actitudes que escandalizaban a la tradicional sociedad guanajuatense.

Al público que se quedaba a pasar las noches de fin de semana en la ciudad se agregaban los que salían de las “discos” a la una de la mañana, hora en que cerraban. La ciudad era “una gran cantina”, coreaban indignados habitantes en los medios locales.

Esta afluencia llevó también al surgimiento de otro fenómeno: los vendedores ambulantes, entre los que destacaron los artesanos urbanos, conocidos como “los hippies”, que se organizaron en 1986 y conformaron una asociación liderada por Martín Álvarez Sáenz, “el hippie mayor”.

En 1989 pasaron de las calles a un local ubicado en la Calle de Mendizábal, cerca del Mercado Hidalgo, que habría de convertirse en mercado emblemático de artesanías y a la postre quedó como un espacio comercial más de la ciudad.

Ahí se reúnen durante el festival más de 450 agremiados de diferentes regiones del país. Originalmente ofrecieron artesanía huichol, arte plumario, arte mazahua y productos urbanos, trenzas, tatuajes temporales, limpias, lectura de mano y una variada oferta de mezcal y accesorios.

Las glorias del Cervantino Callejero

CLETA, con Cisneros Luján al frente, mantuvo su línea crítica ante ese público que lo mismo veía teatro panfletario o escuchaba canciones de protesta que se divertía con el mimo burlón o el guitarrero que pedía unas monedas.

En 2004, el Comité Organizador del FIC llegó a un acuerdo con CLETA. La agrupación coordinó sus horarios con los del festival y tuvieron como espacios la Plaza Mexiamora, las Escalinatas de la Universidad, la Plaza de los Ángeles, la Plaza de San Roque, y la Plaza del Ropero. 

El Cervantino Callejero ahora. En la siguiente imagen danza contemporánea en la Plaza de la Paz.

Ese año fue uno de los festivales callejeros más recordados con artistas de diversas partes de América y México. Entre ellos estuvieron “Eclipse Títeres” de Colombia, “Teatro Heredia” de Costa Rica, “Teatro Kapikúa” de Acapulco, “Teatro Karisma” de Venezuela, “Resistencia”, entre otros más. Presentaron más de 150 funciones de teatro, música y danza. 

El único apoyo que recibieron del Cervantino Oficial fue el de equipo de sonido. El hospedaje y la comida corrieron por cuenta de CLETA, que pasó charola y tuvieron el apoyo de organizaciones populares de Ciudad de México, Irapuato y León.

El Cervantino Callejero continuó con sacrificios para financiar el traslado de grupos y con el estira y afloja tanto con el Comité Organizador del FIC como con las autoridades municipales.

Festival Cervantino Callejero del CLETA comenzó a tener altibajos en su programación y paulatinamente los espectáculos independientes y algunos oficiales les ganaban público.

Se hospedaban en casas rentadas y abrieron poco a poco a la recelosa sociedad guanajuatense a alquilar sus fincas a desconocidos. Dormían en colchones inflables o catres y comían en los puestos callejeros.

Sus espectáculos, empero, comenzaban a enfrentar nuevos fenómenos: generaciones mucho menos politizadas y la consolidación de la era digital.

Enrique Cisneros Luján nació en 1948 en la Ciudad de México y murió el 2 de marzo de 2019. El que fuera un actor, productor, director de teatro, poeta y activista social, ya no alcanzó a enfrentar la crisis de la pandemia del Covid 19.

Su quehacer de creador de teatro orientado a producciones populares y de activismo social se apagaba con él. Moría a los 71 años de edad en la Ciudad de México. Con él y la pandemia se fue ese Festival Cervantino Callejero.

Al acabar la contingencia y con la política de austeridad del gobierno federal los espectáculos oficiales en las calles y plazas cada vez fueron más limitados hasta prácticamente desparecer. Sólo algunas y algunos cantantes quedan en las calles. A veces aparece algún mimo, pero lo hacen en festival como en cualquier otro momento.

Lo que queda del mercado de los hippies. De las pocas artesanías aún vendidas por los “hippies”. 

El hippie mayor murió en 2023 y ahora “Los Hippies de Quetzalcóatl” venden más fayuca china que auténtica artesanía.

El Cervantino de CLETA se hace ya sólo en la ciudad de México. El que se hacía en el FIC de Guanajuato (bueno, afuerita) ya no está más.

Dicen que por las noches, cuando el frío arrecia y ni el mezcal escondido en el termo ayuda a calmarlo, es porque entre los callejones más oscuros ronda el ánima del Llanero Solitito que con voz burlona hace resonar en vez del clásico “Hi-yo, Silver!” (¡Arre, Plata!, en referencia a su brioso corcel albo), el grito que en vida lo distinguía:

¡Ayyyyy ojeteeees!