“Un hombre lobo en la Comuna de París”

Hay personas que nacen para alcanzar el éxito una vez que cambiaron de nombre. Fue el caso de Samuel Goldstein, un judío nacido en Brooklyn, Nueva York, en julio de 1901. Samuel tuvo como padres a Isidor Goldstein, un minero de carbón, inversor e inventor, y Malka Halpern. Las hermanas de Samuel se llamaban Celia y Ray, y su hermano era Mark.

Pese a las credenciales del señor Isidor Goldstein, su familia era pobre, tanto que la señora Malka se suicidó por ese motivo cuando Samuel tenía cuatro años. Por alguna razón, Isidor decidió hacer a un lado el apellido Goldstein y adoptar el Endore. No fue el único cambio: incapaz de dedicarse de tiempo completo a cuidar a sus hijos, los envió a un orfanato.

Tiempo después, Isidor corrió con suerte y vendió a buen precio uno de sus inventos. Todo mundo pensaba que los hijos regresarían al lado de su padre, pues este ya gozaba de una buena posición social.

Pero no: Isidor tuvo un sueño, uno en el que su esposa muerta le decía que mandara a los muchachos a estudiar a Europa. Los chicos terminaron en Viena al cuidado de una institutriz. Para bien o para mal, el dinero escaseó para Isidor y esta vez tuvo que acoger a su familia en Estados Unidos.

Guy Endore, como ahora se llamaba Samuel Goldstein, aprovechó su estancia en suelo americano y, antes de que su progenitor tuviera otra de sus ocurrencias, se inscribió en el Carnegie Technical Institute, pero fue en la Universidad de Columbia donde alcanzó los grados de licenciatura en artes 1923 y maestría en artes en 1925. Asimismo, comenzó a enfatizar su interés por la escritura.

En 1929, Guy Endore publicó su primera obra, Casanova: his known and unknown life, un trabajo donde, como su nombre indica, el protagonista es el prototipo de los hombres seductores, el libertino veneciano Giacomo Casanova, novela que pasó sin pena ni gloria por los anaqueles de las librerías de la Unión Americana.

No sucedería lo mismo con otras obras de Guy Endore, por ejemplo, The day of the dragon (1934), la cual tiene una propuesta interesante, al abordar los delirios de un científico loco que trae al mundo real una parvada de dragones, premisa que para el escritor británico de ciencia ficción Brian Stableford es el precedente primitivo de una obra que llegaría décadas después: Jurassic Park. También destaca el cuento Sci-Fi que data de 1940, Men of Iron, que continua la moda de los robots iniciada por el escritor checo Karel Čapek en su obra Rossum’s Universal Robots (R.U.R.), estrenada en 1921 en el Teatro Nacional de Praga. Aquí entre nos, el crédito de este autómata corresponde al hermano de Karel, Josef Čapek, pues fue quien inventó el término. Karel sólo lo empleo en su escrito.

(Wikipedia) Oliver Reed en su papel de hombre lobo para la película de 1961 The Curse of the Werewolf. (Segunda imagen: detalle del cartel)

Para aquellos que se mueren de ganas por saber el origen de la palabra, baste decir que la nomenclatura se desprende de la palabra eslava robota, que refiere al trabajo forzado.

Sin embargo, fue en 1933 cuando Guy Endore publicó la obra con la que obtuvo reconocimiento universal El hombre lobo de París, un monstruo sufriente cuya historia transita entre las desgracias y masacres de la Guerra franco-prusiana y la creación de la Comuna de París. Cabe señalar que, de acuerdo con los especialistas en el horror gótico, El hombre lobo de París es el Drácula de los licántropos.

En 1961, después de una serie de circunstancias, El hombre de París llegó a la pantalla de plata con el nombre The Curse of the Werewolf (La maldición del hombre lobo). La dirección de la cinta correspondió a Terence Fisher y fue producida por Anthony Hinds para la legendaria Hammer Film Productions.

El papel principal, el de la bestia humana, estuvo a cargo de un jovencísimo Oliver Reed, que fue su primer protagónico en una película. Asimismo, fue la película inaugural de licántropos rodada en Technicolor.

Como dato peculiar, la cinta se filmó en los Estudios Bray de Berkshire, en decorados construidos para la película de 1960, El rapto de Sabena, ambientada en la Inquisición Española. Wikipedia explica: “Esta película fue archivada cuando la Agencia Británica de Clasificación de Películas (BBFC) rechazó el guion. Hubo varios cambios en la adaptación cinematográfica, pues no sólo se obviaron los temas de la Guerra franco-prusiana y la Comuna de París, sino que si bien la historia original de Guy Endore transcurre en París, las locaciones de la película se trasladaron a Madrid y así evitar la construcción de nuevos decorados parisinos.

Pese a todo, para el especialista Steve Biodrowski, The Curse of the Werewolf es la mejor cinta del género jamás filmada. Posee todas las virtudes de los clásicos de estudio: hermosos escenarios, música efectiva, fotografía colorida, un guion sólido, actuaciones memorables y una dirección fuerte al momento de representar el horror que provoca un impacto emocional.

“La cinta se presenta como una pieza deliberada del Teatro de la Crueldad, en la que la mayoría de sus personajes tienen un fin trágico. El resultado en realidad no es atemorizante, aunque es indudablemente efectivo y sumamente depresivo”. Biodrowski añade: “Siempre existe la tentación de encontrar interpretaciones freudianas en la mitología del hombre lobo (los cambios corporales bruscos ciertamente sugieren una forma extraña de pubertad y de despertar sexual), pero pocos filmes de licántropos en nostálgico blanco y negro de la Universal Pictures, The Werewolf of London (1935) y The Wolfman (1941), abordan el tema sexual en cualquiera de sus formas”. La Hammer abordó la leyenda de la licantropía, corrigiendo esa omisión.