MIENTRAS DICIEMBRE NOS ALCANZA

Empieza diciembre y sigo en la cama con la espalda doliendo de un modo que no dramatiza pero que insiste, insiste como si quisiera recordarme que llego al final del año con una fatiga que ya no sé disimular. Diciembre siempre trae esa ilusión de que cerrar el calendario también cerrará el cansancio, aunque el cuerpo nunca obedece los ciclos que inventamos para sostenernos. Esperamos que estos días regalen un respiro, aunque sea mínimo, un suspiro que se escurre entre pendientes, convivencias y compromisos que se multiplican como si el fin de año necesitara justificarse. Ayer bailé un poco, apenas unos pasos, y hoy el cuerpo me lo cobra. El cuerpo siempre cobra. Y ahí, justo ahí, aparece esa culpa sutil, absurda, de no estar en el escritorio, de no avanzar, de no ser productiva. Así nos enseñaron, a sospechar de la pausa.

Ese dolor abrió un espacio que rara vez escucho. Me obligó a mirar una verdad que conocemos pero tratamos de callar. Crecimos aprendiendo a obedecer antes que a entender; a aceptar horarios absurdos, indicaciones vagas, prisas que no son nuestras; a no pedir pausas; a no incomodar; a no decir que nos cansamos. Se espera que aguantemos tantito más, como si la resistencia fuera una medida del carácter. Y diciembre, con su prisa final y sus balances silenciosos, expone lo que venimos arrastrando: el cansancio pospuesto, las renuncias pequeñas, la disciplina que se volvió reflejo. También trae esa esperanza ingenua de que el fin de año será un umbral y que la vuelta al sol nos permitirá empezar de otro modo, aunque sepamos que al regresar volveremos a cargar la misma piedra. La obediencia sostenida se vuelve hábito y luego destino. Y cuando el cansancio toma el mando, la mente se achica porque ya no se piensa con amplitud, ya no se pregunta, ya no se reclaman derechos. Se sigue. Solo se sigue.

El solaz, el Descanso, actividades posibles pero quizá no conseguibles con facilidad.

Vivimos además en una época que confunde velocidad con comprensión. Queremos aprender filosofía en un minuto, calmar la angustia existencial con explicaciones instantáneas, procesar la complejidad en clips de treinta segundos. Consumimos información como si fuera alimento rápido y el pensamiento profundo se vuelve un lujo. La prisa no solo desgasta, también aturde. Nos hace creer que entendemos porque escuchamos mucho, cuando en realidad no hemos tenido espacio para detenernos en nada. Esa velocidad alimenta un tipo de obediencia silenciosa. Repetimos antes de pensar.

En uno de esos diálogos que me acompañan más de lo que digo, mi maestra Elisa Jaime, formadora de generaciones de derecho en la Universidad de Guanajuato, habló de su madre con una ternura que nace de lo que de verdad importa. Recordaba sus manos finas y su manera exacta de entender la vida. Contaba que ella solía decir que le gustaban los desobedientes porque son los que cambian el mundo. Mi maestra repite esa frase no solo por amor, sino porque reconoce en ella una lucidez que no viene de los libros. Y ahora pienso que esa sabiduría nacida de la vida había llegado al mismo lugar adonde Thoreau llegó desde la reflexión, aunque vinieran por caminos y tiempos distintos.

Thoreau escribió sobre la desobediencia civil como una forma de claridad interior. Mirar antes de actuar, elegir antes de someterse, pensar antes de obedecer. Pero esa claridad exige silencio, tiempo, descanso. Exige una vida donde detenerse sea posible. Nosotros partimos del agotamiento. Aquí, antes de la reflexión llega la fatiga. Y cuando la fatiga gobierna, la obediencia deja de ser una decisión y se vuelve rutina. Inercia pura.

Diciembre siempre trae esa ilusión de que cerrar el calendario también cerrará el cansancio.

Esa incapacidad de pensar con claridad no es nueva ni individual. La Organización Internacional del Trabajo lo dijo hace décadas: el descanso es parte del trabajo digno, no un lujo ni un premio. La Corte Interamericana lo ha repetido en sentencias que leo como quien busca aire. Lagos del Campo contra Perú recordó que un entorno laboral que produce desgaste o miedo erosiona la autonomía y silencia derechos. Baena Ricardo contra Panamá advirtió que nadie debe ser tratado como pieza reemplazable ni callado por temor al despido. Lo paradójico es que México fue pionero en el reconocimiento del descanso en la Constitución de 1917, cuando casi ningún país lo hacía. Un siglo después, según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), somos el país que más trabaja y uno de los que menos descansa. Y la NOM 035 solo confirma lo que nuestros cuerpos han sabido siempre. El estrés crónico quebranta la salud.

En México el cansancio no es personal, es estructural. Atrapados entre salarios bajos, traslados interminables y la carga de cuidados, siempre invisibles y casi siempre recaídos en mujeres, muchas personas viven la jornada doble o triple como si fuera normal. Persisten las ideas de que pedir descanso es debilidad o falta de compromiso. Esas creencias hacen algo más grave de lo que parece. Una sociedad exhausta no tiene fuerza para exigir derechos. El cansancio desgasta, pero también gobierna. Gobierna lo íntimo, lo público y lo laboral. Gobierna decisiones, impulsos y silencios.

Y no hablo desde afuera. Yo también soy parte de este desgaste. Ninguna jefatura está a salvo del ritmo que exige más de lo que permite. Intento cuidar, escuchar, sostener, pero la urgencia institucional siempre va delante y nos arrastra a todos. Esa urgencia también desgasta a la autoridad. La vuelve más rígida, más separada, más cansada. No es falta de ética. Es falta de tiempo. Reconocerlo es empezar a desmontar la inercia de la obediencia.

Cuando no hay descanso tampoco hay espacio para reclamar derechos. El agotamiento vuelve dócil incluso a quien no lo es. Se aceptan órdenes que en otras circunstancias se cuestionarían, se toleran comentarios injustos, se normalizan jefaturas que no deberían tener poder. Todos conocemos esa figura. El jefe tirano cuya sola presencia controla una oficina entera, el que no necesita levantar la voz porque el cansancio ya hizo el trabajo. Lo más grave es lo que la fatiga le hace a la bondad. La vuelve intermitente. Una persona cansada no tiene fuerza para defender a otra, para intervenir ni para poner límites. El cansancio es un despojo lento. Quita tiempo, luego paciencia, luego dignidad y al final la capacidad de ver que merecemos algo distinto. Y sí, gobierna mejor que cualquier tirano.

Atrapados entre salarios bajos, traslados interminables y la carga de cuidados, siempre invisibles y casi siempre recaídos en mujeres, muchas personas viven la jornada doble o triple como si fuera normal.

Hay algo que puede ser peor. Empezamos a disciplinarnos solos. Ya no hace falta que nadie exija nada. Nos exigimos sin que nadie lo pida. Nos vigilamos sin que nadie observe. Nos empujamos más allá de lo razonable. Esa autoexigencia constante desgasta más que cualquier instrucción directa y también erosiona la sensibilidad. Escuchamos peor, cuidamos peor, reaccionamos con dureza donde antes había paciencia. Incluso la empatía necesita descanso.

Por eso el descanso no es solo físico. Es político. Es moral. Es una condición para la libertad. Para pensar con claridad, para decidir con autonomía, para recordar que tenemos derechos. Un país exhausto apenas sobrevive. Nadie llega entero a diciembre. A veces solo llegamos. Y quizá por eso vale la pena decirlo sin vergüenza, ahora que el año termina y este umbral imaginario se abre ante nosotros. Necesitamos tiempo, silencio y pausa para recuperar esa parte nuestra que piensa antes de obedecer. Ahí, en ese gesto pequeño de demorarnos, puede empezar algo parecido a la libertad. O al menos un respiro.