ANTES DE LA NOCHE DE PAZ. ENTRE LAS LUCES DE DICIEMBRE Y LAS GUERRAS DE TODOS LOS DÍAS

Diciembre habla de paz todo el tiempo.

Está en las canciones, en las luces que aparecen incluso en calles donde nadie camina despacio, en los mensajes que llegan por inercia. A mí diciembre me encuentra pensando en lo que no se resolvió. No como reproche sino como constatación. Hay cosas que siguen abiertas aunque el año esté a punto de terminar.

La semana pasada escribí sobre la felicidad y me quedé con una idea dando vueltas, una de esas que regresan cuando menos se les llama: todo puede cambiar en un segundo, porque he visto que pasa. Por eso diciembre no me tranquiliza. Me exige una serenidad que no siempre tengo.

Se habla de la noche de paz como si fuera una fecha segura, como si bastara con llegar a ese día para que algo se acomode solo. Yo no la veo todavía. La escucho nombrarse, nada más.

“Durante años se repitió que esta era la época más pacífica de la historia, pero esta frase ya no alcanza para explicar nada.”

En momentos que más bien me aparecen difícles, siempre echo mano de la misma frase: “esto también pasará”. La he repetido muchas veces, a veces como ancla, otras solo para no desarmarme. La tengo ligada a un cuento antiguo, de esos que no tienen autor, donde un rey guarda un mensaje diminuto en un anillo, para los momentos en que todo parece perdido. No decía qué hacer, no prometía salidas heroicas, solo recordaba algo elemental: que el tiempo sigue. A veces eso basta para no romperse; otras veces no, pero evita quedarse inmóvil.

Diciembre se agarra de esa frase. Hay que disfrutar, dicen. Tener paciencia, hacer las paces. Hacer las paces con el año, con los otros, con una misma, aunque no siempre la vida se puede ordenar a fuerza de repetirlo. Es que la paz no solo es un estado interior, sino una condición que depende de algo más que voluntad.

Fuera de ese clima, el mundo sigue su propio ritmo. Hoy hay más de cien conflictos armados activos en el planeta. Más de ciento veinte millones de personas viven desplazadas por la fuerza, lejos de su casa, sin haber tomado nunca esa decisión. Son guerras que duran años, generaciones enteras creciendo entre ruinas, desplazamientos que ya no son excepciones.

Algunas de esas guerras están todos los días frente a nosotros. Ucrania y Rusia, con una invasión que entra en su tercer año, ciudades destruidas, millones de personas desplazadas dentro y fuera del país. Israel y Palestina, otra vez, con miles de víctimas civiles, hospitales y barrios reducidos a escombros. No son conflictos nuevos. Tampoco son breves. Y hay otras guerras que casi no miramos: En Sudán, en Yemen, en Siria, en el Congo. Conflictos que rara vez ocupan titulares, pero que sostienen esa cifra, porque vivimos en un mundo donde la guerra dejó de ser algo raro.

Durante años se repitió que esta era la época más pacífica de la historia, pero esta frase ya no alcanza para explicar nada. No cuando la violencia se administra, se normaliza y se prolonga sin horizonte claro de cierre.

Desde hace décadas el derecho internacional intenta responder a este escenario. Después de las grandes guerras del siglo pasado se firmaron tratados, se crearon organismos, se prometió que la fuerza no volvería a ser el lenguaje común. La ONU nació con esa aspiración. Con el tiempo, la idea de paz se amplió: no solo ausencia de guerra, sino posibilidad real de vivir sin miedo, y en 2016 se dijo algo más ambicioso: que la paz no era solo un ideal político, sino un derecho; que los pueblos tenían derecho a ella. El texto existe y se llama “Declaración sobre el Derecho a la Paz”, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 19 de diciembre de 2016, mediante la Resolución 71/189. Ahí está escrito. El problema aparece cuando se busca ese derecho en medio de las bombas, los desplazamientos y los cercos militares, y no se encuentra un modo real de exigirlo. La OTAN habla de seguridad, de disuasión, de contención, pero entre ese lenguaje y la vida concreta de quienes viven bajo la guerra hay una distancia que no se cierra con palabras solemnes.

Cuando alguien habla de paz, hay una imagen que siempre me vuelve. Gandhi caminando, el golpe, la caída, el cuerpo que se levanta y vuelve a formarse. Durante mucho tiempo creí que ahí estaba la respuesta, aunque con los años entendí que no siempre. Hay contextos donde aguantar no detiene nada y pedir calma solo deja intacta la violencia.

“A mí diciembre me encuentra pensando en lo que no se resolvió. No como reproche sino como constatación.”

Mi tía Socorro tenía otra forma de estar en el mundo. Decía que para estar en paz había que dejar de leer y de escuchar noticias. No porque no le importara lo que pasaba, sino porque ya no podía cargar con todo. Cerraba el periódico, apagaba la radio y seguía con su día. Nunca supe si eso era rendirse o cuidarse. Tal vez las dos cosas, aunque creo firmemente que el cuidado personal no puede convertirse en la única respuesta cuando lo que falla es el mundo. Y estos días la recuerdo mucho, porque he decidido hacer algo parecido, aunque sea por ratos: no despertar leyendo noticias; no empezar el día con guerras, cifras y declaraciones que no cambian nada. No por indiferencia, sino porque sé bien que no todo se sostiene mirando en el tiempo su derrumbe.

Falta todavía para la noche de paz. Llegará en el calendario. Lo que no está claro es cuándo llegará al mundo.

Antes de desearnos paz, quizá habría que preguntarnos qué hacemos con un derecho que existe en los papeles, pero no siempre en la vida. Y qué estamos dispuestos a sostener, más allá de las luces y las canciones, para que no se quede solo en una palabra repetida en diciembre.