EL AMOR, LA SOLEDAD Y LA LEY: CUANDO EL AMOR SE CONVIERTE EN DERECHO Y LA SOLEDAD EN LIBERTAD
La ternura es la mejor forma de resistencia.
Rosa Luxemburgo
Dicen que el libre desarrollo de la personalidad es un “cajón de sastre”. No como insulto ni como burla, sino como reconocimiento: allí caben derechos que hace unas décadas parecían imposibles o demasiado íntimos. Gracias a él, hoy sabemos que una persona puede divorciarse sin dar explicaciones de por qué se acabó el amor, que alguien puede decidir fumar marihuana para uso personal sin ser criminalizado, que cualquiera tiene derecho a casarse con quien elija o a cambiar su identidad de género si así lo desea. Y también, algo menos dicho pero igual de profundo: que una persona tiene derecho a no amar a nadie, a no buscar pareja, a no ser medida por el número de hijos que tenga. Este cajón, lejos de ser un desorden, es la prueba de que la Constitución también protege la libertad de ser.
En clase lancé un ejercicio sencillo: pregunten a alguien cercano cuál es su mayor problema y luego intenten traducir esa respuesta al idioma de los derechos. No buscaba teorías, sino pequeñas historias. Al día siguiente, un estudiante se atrevió a contar que su hermano estaba triste porque no conseguía pareja. El salón se quedó serio, como dudando. Yo también dudé: ¿qué tiene que ver eso con la Constitución?, ¿cómo llevar un corazón vacío ante un juez?

Pero detrás de la duda había una verdad más honda. Ese hermano no pedía una pareja como quien exige un trámite; pedía ser mirado con dignidad en su soledad, no ser ridiculizado por sentir que le falta compañía. Y allí comprendimos que el derecho no puede fabricar afectos, pero sí puede proteger la libertad de amar y de elegir, abrir espacio para la diversidad de vínculos, impedir que el amor se convierta en un privilegio de unos pocos. Incluso en tiempos en que las aplicaciones prometen encontrar pareja deslizando un dedo, sigue siendo necesario recordar que la Constitución protege algo más profundo que el “éxito” en esas plataformas: la libertad de buscar, de intentar, de fallar, de elegir distinto, o incluso de no buscar en absoluto.
Otra historia lo confirma. Hace tiempo me contaron sobre una entrevista para contratar fiscales. A una mujer le preguntaron si tenía hijos. Ella respondió que no y entonces le soltaron una metáfora cruel: ¿sabe usted lo que significa un árbol sin frutos?. Esa frase revela por qué el derecho importa: porque la Constitución no solo protege el derecho a casarse o a amar a quien uno elija; también protege el derecho a no hacerlo, a no ser reducida a un útero ni medida como un árbol estéril. La dignidad es también el derecho a no ser cuestionada por las elecciones íntimas que no dañan a nadie.
En otros contextos la historia parece distinta, pero habla de lo mismo. Mildred y Richard Loving fueron arrestados en su propia casa por casarse siendo de razas distintas. En 1967, la Suprema Corte de Estados Unidos dijo lo obvio: que ningún gobierno puede decidir con quién casarse. Desde entonces, su apellido, Loving, se convirtió en sinónimo de resistencia.

En México, incluso quienes están en prisión conservan el derecho a mantener un vínculo afectivo. Ese derecho forma parte del mandato constitucional de reinserción social: nadie puede reinsertarse en la comunidad si antes se le arranca de ella. Como jueza de ejecución, recuerdo un caso: un hombre condenado a veinte años de prisión, de los cuales ya había cumplido diecisiete, pedía algo tan elemental como recibir la visita de su esposa y de sus hijos pequeños. El centro de reinserción alegaba que era secuestrador y que resultaba peligroso permitir ese contacto. Yo pregunté entonces dónde estaba esa peligrosidad: si la cárcel tiene medios para custodiar y proteger, ¿por qué se levantaba un muro más alto que las propias rejas? Lo que estaba en juego no era un privilegio, sino el derecho de un hombre a no ser borrado de su familia y el derecho de unos niños a seguir mirando a su padre a los ojos. Ese amor, frágil y obstinado, sobrevivía pese al encierro y no debía quedar condenado a morir en la sospecha.
Nuestra Suprema Corte ha dicho lo mismo en distintos momentos: que todas las familias valen, que dos hombres o dos mujeres pueden casarse, que una madre sola o un abuelo criando a su nieta también forman un hogar digno. Cada decisión abre espacio para la libertad de ser, para la posibilidad de amar sin miedo. Y también para reconocer que hay existencias que no se definen en clave de pareja ni de familia. Que la soledad, cuando es elegida, no es fracaso, sino un territorio legítimo donde florece otra forma de libertad.

Pienso otra vez en ese hermano que no consigue pareja. Lo imagino en su cuarto, mirando un celular sin notificaciones, convencido de que algo en él no encaja. Y me digo que su tristeza, aparentemente banal, es también un recordatorio: que todos tenemos derecho a buscar, a sentir, a elegir, y que esa búsqueda merece respeto. Pero también pienso en esas mujeres que eligen no buscar nada, que prefieren caminar solas. Ellas también nos recuerdan que no hay un único modo de vivir la dignidad.
Tal vez Rosa Luxemburgo nunca escribió aquello de que “el primer derecho humano es el derecho al amor”. Yo lo escuché alguna vez en voz de un maestro, y desde entonces la frase se me quedó rondando. Busqué en sus textos y no la encontré; quizá flota más en la memoria colectiva que en los libros. Pero sí están sus cartas desde la cárcel, donde hablaba de los pájaros que se posaban en su ventana, de la ternura como forma de resistencia, de la necesidad de seguir amando la vida incluso en medio de la barbarie.
Rosa Luxemburgo escribió desde su celda que incluso entre barrotes hay vida que merece ser amada. Quizá esa sea la lección: el derecho no nos regala amores, apenas defiende el suelo frágil donde la libertad puede crecer.

