ANATOMÍA DE LOS LADRONES DE TUMBAS

Al menos desde el siglo XIX, en Occidente los muertos se entierran a una profundidad aproximada de tres metros. Una de las razones que sustentan esta costumbre es por motivos sanitarios. Durante la Gran Plaga en Londres (1665), el alcalde Sir John Lawrence, mercero de oficio, decretó que los entierros se realizaran a dos metros de profundidad. El hombre creía (y con toda razón) que la enfermedad se propagaba, entre otros motivos, a través de los cuerpos enterrados de forma superficial.

Los registros históricos señalan que la peste bubónica ya existía en 1347 en el Lejano Oriente. Dos o tres años después, cuando se extendió por Europa, aniquiló a un tercio de la población. Los brotes se produjeron de manera periódica. Por ejemplo, en Londres parecían repetirse cada dos o tres décadas. En esa ciudad —fundada por los romanos con el nombre de Londinium, por su cercanía a las aldeas celtas de Llyn Din— ocurrieron epidemias graves en los años 1603 y 1625, aunque la más devastadora fue la del verano y otoño de 1665.

Fue así que Sir John Lawrence, además de dar instrucciones para el entierro de los muertos, emitió órdenes severas y precisas para contener la peste y evitar disturbios civiles. Las personas infectadas eran confinadas (cuarentena) con toda su familia, se mantenía una vigilancia en el exterior y la puerta era marcada con una cruz. La leyenda “Señor, ten piedad de nosotros” era una cuota de dramatismo adicional a un episodio de por sí doloroso. De la cuarentena lo cierto es que muy pocos volvían por su propio pie. Los cadáveres, decenas de ellos, eran trasladados por la noche al cementerio local o a fosas especiales en las afueras de la ciudad. Los enterradores difícilmente se daban abasto.

Asimismo, los dos o tres metros de profundidad prevenían que los animales se almorzaran los restos mortales de las personas recién fallecidas. Una profundidad como la mencionada impide que los animales carroñeros desentierren los cadáveres o que el aroma de la descomposición alcance a la superficie.

Otra razón del entierro de cadáveres a tres metros de profundidad tiene que ver con una práctica más bien siniestra.

En 1829, el panfletista radical británico Peter Baume hizo gala de un pragmatismo hasta entonces inédito: dejó por escrito instrucciones sobre qué hacer con sus piezas corporales cuando llegara el momento de rendir cuentas ante el Altísimo. Pidió que su esqueleto fuera donado para la educación médica: su cráneo pasaría a ser propiedad de la Sociedad Frenológica; los huesos se convertirían en mangos de navajas y botones; la piel curtida serviría para la elaboración de cubiertas para sillas, mientras que las partes blandas deberían utilizarse como fertilizantes para flores.

Dos años después y para no quedar a la zaga del señor Baume, el filósofo británico Jeremy Bentham, dejó un instructivo para cuando se adelantara de este mundo. El padre de la corriente utilitarista —que establece que los actos humanos, las leyes y las instituciones deben ser juzgados de acuerdo con su utilidad intrínseca, es decir, “según el placer o el sufrimiento que producen en la sociedad”— decidió que su cuerpo debía ser expuesto en una vitrina, para que así pudiera ser estudiado.

¿Por qué dos personajes ilustres decidieron que su cuerpo fuera un carnaval después de atravesar uno de los trances más tristes y sobrecogedores que enfrenta el individuo de Occidente como es la muerte?

Quizás porque hacía tiempo que el cuerpo humano había perdido por la fuerza su intimidad. El público ahora tenía la certeza del valor de un cadáver, tanto en un sentido espiritual como en un sentido material.

“The Reward of Cruelty” (1751), por William Hogarth. El cadáver de un delincuente es diseccionado por cirujanos. Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Resurreccionistas_en_el_Reino_Unido#/media/Archivo:Cruelty4.JPG

En 1506, las escuelas de anatomía de Inglaterra enfrentaban una escasez de cadáveres humanos para sus disecciones académicas. Estas eran permitidas sólo en animales, por lo que el rey escocés Jacobo IV decidió acabar con tal indigencia, al permitir disecciones en humanos, sobre todo porque criminales ejecutados había de sobra.  Así que puso manos a la obra y, en 1506, autorizó a la Compañía de Barberos-Cirujanos diseccionar los cuerpos de cuatro criminales ajusticiados. En 1542, el Parlamento Británico se sumó a dicha iniciativa y dio luz verde por vez primera a la disección de cuatro condenados. En 1564, Isabel I de Inglaterra fue más práctica y consensuó tanto el permiso como la cifra: cuatro cuerpos al año.

Pero las escuelas de medicina y los hospitales de Londres continuaban al alza y la cantidad de cadáveres disponibles para el estudio de la anatomía no era suficiente. Para resolver el problema de la demanda, al término del siglo XVI se amplió el catálogo. Además de criminales ajusticiados, también los suicidas, los niños abandonados y los que murieran en la calle o de forma violenta podían ser diseccionados, siempre que nadie reclamara sus cuerpos. Pero, ¡diablos!, el problema estaba lejos de solucionarse.

Como siempre sucede en época de crisis, alguien dio con la panacea, aunque esta no era lo que el pueblo inglés esperaba: una nueva carrera, muy prometedora, surgió para abastecer de refacciones humanas a los cirujanos. A los ejecutivos de la nueva profesión se les llamó “resurreccionistas”, “exhumadores” o “levantadores”. El nombre era lo de menos, su actividad es lo que contaba: eran individuos que trabajaban en las penumbras exhumando cadáveres frescos en los cementerios y, cuando las exigencias de los clientes eran insoportables, no dudaban en organizarse con sus pares y acudir en masa a los funerales, donde literalmente arrebataban los cuerpos muertos a los ya de por sí atribulados dolientes.

Transgresores del luto y el dolor, los “resurreccionistas” hicieron de la gente humilde (como siempre) su presa favorita y de los hospitales y panteones sus cotos de caza. La imagen se volvió pan de cada día: cuando los cuerpos de los pobres permanecían vulnerables en el hospital durante varios días a causa de que los familiares no lograban reunir el dinero suficiente para pagar los servicios del nosocomio y así exigir la devolución del cadáver de su ser querido, los “exhumadores” permanecían al acecho.

En caso de que el cuerpo no fuera reclamado, la burocracia hospitalaria determinaba que el cadáver fuera enterrado, con o sin ataúd, en una fosa común, que era casi lo mismo que entregar el cadáver en charola de plata a los ladrones de tumbas.

Hubo “resurreccionistas” que amasaron una gran fortuna gracias a su falta de escrúpulos. Los cirujanos ofrecían sumas de dinero que permitían a una persona ganar mucho más en una noche que en todo un mes: un cuerpo fresco valía ocho guineas y se desenterraba en diez minutos, mientras que por una semana de trabajo un profesional cualificado podía ganar cinco chelines. El precio medio por un adulto rondaba las cuatro libras, aunque por algunos se llegaba a pagar hasta 10 libras.

La década de los treinta del siglo XIX es considerada la época de oro de los ladrones ingleses de tumbas. Como lo explica la especialista Sarah Wise en su estudio The Italian Boy: Murder and Grave-Robbery In 1830s London, “lo que para el público fue considerado uno de los peores crímenes, para la ley fue algo trivial”. No sorprende que el latrocinio de tumbas sólo afrontara un castigo de seis meses de cárcel.