LA MATERNIDAD COMO ELECCIÓN: LA EXPERIENCIA DE FRIDA EN LA FERTILIZACIÓN ASISTIDA
Acá entre Nos… Otras
Frida, una mujer de ojos azules, se sienta en la mesa rodeada de un grupo de mujeres, todas madres de las niñas y niños que participan en la fiesta. Con una sonrisa cálida, comienza a compartir su historia, su voz llena de confianza y sinceridad. “Elegí ser mamá de mi hija por fertilización asistida”, dice, “y ahora ya planeo hacerlo de mi segundo hijo”.
El espacio se queda en silencio, al fondo las canciones infantiles, las mujeres la escuchan con atención, sus rostros reflejando sorpresa y curiosidad. Frida se expresa con naturalidad, sin intentar impresionar a nadie, pero su testimonio es como un golpe de aire fresco en la habitación. Ninguna de las mujeres había escuchado tan cerca algo así antes, su historia sustituye las conversaciones habituales y abre esa tarde la reflexión sobre la maternidad y la fertilización asistida.
Su primera hija es parte de la tribu escolar de los hijos e hijas de quienes la escuchan. Una niña de cuatro años que ha heredado los bellos ojos de su madre, pero también tiene otros rasgos que la complementan, de acuerdo con el relato de Frida tiene mucho parecido al padre. Un progenitor al que eligió en el contexto de la pandemia Covid en una clínica de la ciudad de México después de haberlo “conocido” a través de un catálogo de rigurosa información donde aparecían sus fotos, algunas características físicas, información personal y genealogía, así “lo conocí y lo elegí sobre otros donantes”.

Cuando Frida llegó a este punto de la conversación, me integré al círculo de mujeres que la escuchaban atentamente. Esa tarde, tuve frente a mí a una mujer que compartía desde otras posibilidades la elección de la maternidad. Disfruté de su conversación y, en un momento, me vi reflejada en ella. A pesar de nuestras diferencias, de nuestras ciudades y contextos tan distintos, me reconocí en su voz, en su determinación. Frida, de la Ciudad de México, y yo, de Guanajuato, dos mujeres con historias y realidades diferentes, pero con un hilo común: la búsqueda de la autonomía y la libertad para decidir sobre nuestro propio cuerpo y destino. Entonces pensé: escucharla es saber que ha decidido, hace varios años, tomar de forma integral las riendas de su vida y destino. Es una mujer autónoma, ha construido recursos para ejercer con plenitud sus libertades.
Después de esa tarde, nos volvimos a encontrar. Esta vez para entrevistarla, su elección para ejercer la maternidad me resonó como una voz que debía ser replicada en un mundo donde la maternidad ha sido constreñida deliberadamente por el patriarcado. El camino de Frida es un ejemplo de cómo la maternidad puede ser un acto de resistencia y transgresión, pluralizando y transgrediendo los mandatos patriarcales.
Profesionista y propietaria de una empresa de seguros, Frida divide su tiempo entre el crecimiento de su negocio, la crianza de su hija y viajar, un pasatiempo que ha cultivado con pasión desde su infancia y que ahora busca compartir con su hija, con el objetivo de replicar el modelo de aventuras y exploración que le fue inculcado desde pequeña.
Con cuarenta y dos años cumplidos, Frida es hija única de la unión de sus padres, pero fue su abuelo materno quien jugó un papel clave en su crianza. Al recordar a su abuelo, nuestra conversación se vuelve más emotiva, y Frida sonríe al pensar en los momentos que compartieron juntos. Sin embargo, su sonrisa se vuelve más tensa cuando habla de su padre: “Mi padre fue un padre ausente. Sus promesas no cumplidas me enseñaron a temprana edad que yo no quería depender de nadie. Desde pequeña decidí hacerme cargo de mi vida, de mis sueños. Gracias a que no estuvo mi padre en mi vida, soy lo que soy. Le agradezco que no haya estado”.
Determinada para alcanzar sus objetivos, es la forma en la que se define a sí misma. Cuando me comparte esta cualidad, el movimiento de sus gestos le acompaña, es una mujer decidida. A sus veinticinco años trabajando en ventas de afores, ganó su primer viaje a un crucero por los resultados, un premio que la llevó a reafirmar su afán por descubrir nuevos mundos, con su abuelo lo aprendió. Un viaje a Argentina fue el comienzo de una nueva etapa, que se amplió con la llegada de una herencia inesperada.
A esa primera travesía le siguieron muchos más. “Ganar los viajes me generaba mucha motivación para trabajar”, dice Frida. Aplicó la misma determinación en su propia empresa de seguros. Frida comparte un cúmulo de experiencias vitales: “Un azúcar amargo vender seguros”, así lo define por la cantidad de historias que ha conocido en más de una década, la vida y la muerte en un mismo espacio.

Con el crecimiento profesional y económico, Frida comenzó a planificar su vida de acuerdo a un esquema tradicional: tener novio, casarse, tener hijos. Pero solo se dio la primera parte, algunos novios que no llegaron a matrimonio, la idea de tener hijos se diluía.
La pandemia cambió todo: “Dejé de viajar, me enfrenté a la soledad forzosa que al final terminó molestándome, que me hizo encontrarme en mi espacio, en mi núcleo. De no haber sido así seguramente hubiera seguido con mi dinámica de vida”.
Antes de la pandemia, Frida se había realizado estudios de rutina, lo que la llevó a considerar la posibilidad de congelar óvulos a los 37 años. Así comenzó un camino de decisiones que se explican desde las coincidencias: una clínica cercana a su domicilio, un acercamiento cálido para una primera consulta que se ofertaba como gratuita.
La coyuntura, las emociones que rodearon un proceso de emergencia en la salud pública, el aislamiento, el replanteamiento de proyecto individual y colectivo de vida aderezada de una dosis de curiosidad hicieron que Frida recorriera el camino de la fertilización asistida; en esos años y meses no tenía pareja.
Frida lo describe como un proceso rápido y costoso. Medicamentos, pago de congelación de quince óvulos, un procedimiento complejo y rigurosamente cuidado. Inyecciones, revisiones, horarios estrictos, disciplina en atender consultas, un camino que recorrió en compañía de su mamá.
No conocía a nadie en su círculo que hubiera pasado por algo similar. La clínica donde se atendía estaba en rigurosa asignación de citas, no coincidía con otras mujeres. Todo era novedoso. Lo transitó convencida, emocionada y con la mano segura de una madre que la sostenía desde el respeto a su decisión: ser mamá con la autonomía reproductiva que representa la fertilización asistida.
Un proceso vital intenso y de responsabilidades. En enero congela una parte de sus óvulos y en mayo ya estaba embarazada. Decidió fecundar casi la mitad de los óvulos extraídos, y en ellos estaba su hija. Lo que pensó como una medida de previsión se convirtió en una decisión a corto y largo plazo. Una llamada de la clínica le anunció que había llegado un catálogo de donantes, lo que abrió la puerta a nuevas decisiones. Otra vez la curiosidad en su proceso de una maternidad que ya se gestaba en su ánimo. “Elegí a un hombre extranjero, ingeniero, de rasgos parecidos a los míos. Un hombre alto, al que pude ver en una foto de su infancia”.
Su embarazo fue un momento de pura felicidad, como si le hubieran inyectado alegría. Durante el proceso, solo recuerda un comentario de un cercano distinto al respecto que otras y otros le manifestaron “¿Por qué no te embarazaste de forma normal?”. Lo curioso es que quien se lo dijo es un hijo de un padre ausente, una realidad que se repite en muchas familias. Frases irreflexivas que se repiten, la idealización de la maternidad y la familia en singular, la romantización de lo que no siempre es.

Su hija de casi 5 años conoce de la no presencia de su padre, Frida se lo ha explicado con amor, libertad y una visión amplia de la familia: “Mi hija debe de saber que sus sueños no pueden depender de otras personas. Que no puede ser presa de culpas ni religiosas, ni morales”. Para Frida “La maternidad es un momento muy pleno para las mujeres, espero que mis hijos entiendan que los busqué con mucho amor y anhelo”. Con estas últimas palabras esa mujer de diálogo fluido hace pausas.
En fechas recientes ha regresado a la clínica, “el catálogo” que vio para decidir al donante con su hija ha cambiado. Ahora se presenta más información “de los candidatos”, una grabación de voz, mayor detalle de la historia de vida, fotos y una carta de exposición de motivos para participar del proceso de maternidades de otras mujeres y familias.
Son las diez de la mañana, ella tiene cita en la clínica, un camino que está lejos de frivolidad o el egoísmo con el que se suele estigmatizar estas decisiones. Veo retirarse a una mujer convencida, ilusionada y responsable, que ha podido acceder a una maternidad que para muchas sigue siendo inaccesible.

