UNA TARDE INFINITA CON MARCELA LAGARDE

Primera parte

La antesala de un anhelo

Conocí a Marcela Lagarde a través de sus reflexiones y letras, y desde entonces, su presencia se ha vuelto cercana en mi vida. No es un tema menor, ya que fue a través de sus libros que inicié mi camino en el feminismo, un camino sin retorno. Con ella lo inicié, y con ella continúo transitando estos andares que ella suele nombrar desde el feminismo ilustrado: el que se piensa, el que se cuestiona, el que revisa, el que construye en lo individual y en lo colectivo con otras mujeres.

El feminismo que reconoce la historia de pensamiento de las otras, de las muchas mujeres y autoras que han escrito y aportado para problematizar la vida, en distintos tiempos y contextos, las condiciones de las mujeres, en plural. Esa tarde, la Dra. Lagarde me recibe en su espacio más personal, su casa, será la primera de otras visitas. Una cita que espero con ansias días previos, aunque ella no lo sabe. Estoy emocionada, nerviosa y ansiosa de que ocurra nuestro encuentro.

Hace varios años la elegí con plena consciencia, como una de mis principales referentes teóricas, mi Maestra. Me presento como lagardiana y recurro de forma reiterada a las posturas argumentativas que ella ha ido construyendo a través de los años. No será un asunto menor nuestro encuentro.

Muñecas artesanales, todas hermosas y distintas. Un sillón es su espacio, todas destacan por sus diferencias, el elemento común es que todas han sido elaboradas por talentosas mujeres. (Fotografía de Iovana Rocha)

Antes hemos tenido otros espacios en grupos de mujeres donde ella es la voz que nos acompaña a construir reflexiones y revisiones necesarias, grupos de más de veinte mujeres donde el nervio de encontrarnos es administrable entre todas. En esos espacios seguros que ella convoca desde lo más genuino, aquello que nos une a mujeres y feministas: cuestionarnos desde nuestras propias historias.

También nos encontramos, con otras mujeres, cuando le fue entregado por parte de la Universidad de Guanajuato el Doctorado Honoris Causa, ese día le acompañamos con la emoción de saberla la primera condecorada y con toda la justicia que atravesaba ese momento para ella, y para todas.

Esta tarde será distinta, nos encontraremos solamente ella y yo, le he expresado mi interés de tener conversación y entrevista sobre distintos temas de la agenda de los derechos humanos de las mujeres, ella acepta y yo acudo repasando el camino que me ha traído a la ruta lagardiana estas últimas dos décadas. Una Maestra generosa que acepta atender mis múltiples cuestionamientos, me concede su tiempo, en su espacio. Soy afortunada, no dejó de pensarlo.

El trayecto y las reminiscencias

Llegar a su espacio me otorga tiempo necesario, tengo más de sesenta minutos para pensar por donde iniciar mis múltiples diálogos que tengo pensados establecer con mi Maestra, los repaso, los anoto, me doy cuenta de que no he considerado algunos. Procuro administrarlos, me doy cuenta de que dos horas previstas para nuestra cita no nos permitirán agotar mis cuestionamientos; adicionalmente, debo darme espacio para escucharle en calma.

Llevo conmigo mi libreta que se ha convertido en mi fiel compañera de viajes, para la ocasión he estrenado algunas plumas y me aseguro de tener suficiente batería en mi celular para poder grabar nuestra conversación. El chofer del Uber no tiene idea que está trasladando a una alumna al encuentro con su querida Maestra. La música que suena en el auto es un poco fuerte, pero no puedo evitar tararear la canción, es parte del nerviosismo.

En alguno de los muchos semáforos obligados, el texto lagardiano por excelencia, para mí, Los cautiverios de las mujeres, viene a mi memoria. Recuerdo el momento de haberlo comprado y los muchos meses que me llevó leerlo, pensé que nunca lo lograría, ahora mismo me preguntó si debo regresar a releerlo.

“Mientras espero a mi Maestra, observo con atención la cantidad de títulos colocados en sus libreros, los de la sala, más tarde sabré que hay libros en toda la casa”. (Fotografía de Iovana Rocha)

Este texto se centra en la idea de que las mujeres somos “cautivas” de los roles que nos impiden desarrollar nuestra identidad. Los cautiverios como forma de opresión y que es necesario romper con ellos para lograr la liberación femenina. En su tesis, la Dra. Lagarde y de los Ríos analiza cómo las mujeres somos socializadas para ocupar roles específicos, como madres, esposas, monjas, prostitutas, presas, locas, todas oprimidas y despojadas de nuestras libertades.

Un texto publicado en 1989 que yo adquirí más de veinte años después. Por cierto, un texto que en aquellos ayeres no era accesible en una ciudad como Guanajuato, tan carente de librerías especializadas entonces, como ahora.

Pero fue precisamente ese libro el que se convirtió en la puerta que me permitió cuestionar mi propia historia, voltear a ver a las mujeres que me rodeaban y, años más tarde, entender que estaba haciendo una genealogía de la vida de las mujeres: revisar la mujer que soy y revisar a las mujeres que me han antecedido. Ese fue el impacto para mí de ese libro, un impacto que me llevó a reflexionar sobre mi propia identidad y a buscar conexiones con las mujeres que han venido antes que yo.

Ese libro fue mi punto de encuentro con mi Maestra, con la feminista mexicana y latinoamericana referente, con mi ahora entrevistada de esa tarde. Pienso en ese momento que debí traer el libro conmigo, suelo establecer notas en mis lecturas. Lo mismo preguntas, que reflexiones y hasta anécdotas. Pienso que debí traerlo porque me encontraba frente a la oportunidad de dialogar con la autora todas esas cuestiones que se anotan como hablándolas al universo.

La primavera violeta

La aplicación me indica que hemos llegado al destino. Lo primero que tengo frente de mí son las muchas y enormes jacarandas que rodean el camino para llegar al domicilio. Ver las tonalidades violetas rodeando mi llegada me remiten a la primavera violeta, símbolo del feminismo y la lucha de igualdad de género, término que surgió en el año 2020 en respuesta a la violencia y la impunidad que enfrentamos las mujeres en este país.

Cuadro con la ilustración principal del libro “Los cautiverios de las mujeres”, una imagen poderosa de la autoría de Flora Goldberg. (Fotografía de Iovana Rocha)

Marcela vive rodeada de jacarandas, no me parece una casualidad y sí un entorno que la explica desde sus causas vitales. La que nos explican la creación y vigencia de las Cátedras creadas con su nombre y pensamiento en Texas, en la Universidad Autónoma de Juárez, en España en colaboración con la Universidad del Rey Juan Carlos de Madrid y la Universidad Complutense, espacios de investigación y formación en temas relacionados con la erradicación de la violencia de género y la promoción de los derechos humanos de las mujeres en México y otros países iberoamericanos. Estas cátedras son la muestra de la rigurosidad académica, del empeño, del compromiso, de la coherencia, de la persistencia, del insistencialismo que ha marcado la vida de activismo académico de la doctora Marcela Lagarde.

Flores violeta de las jacarandas me indican el camino peatonal al domicilio donde me encontraré con la alguna vez legisladora del PRD, Marcela Lagarde, que, en el año de 1993 en el contexto de los asesinatos de mujeres en Juárez, retoma el concepto de “feminicide” de la activista sudafricana Diana Rusell y lo adaptó al contexto mexicano, creando el término “feminicidio” para describir la violencia de género y la impunidad que rodeaba.

Entre libros, muñecas y café

Una cálida anfitriona me recibe esa tarde mientras espero en la sala, Lupita es su nombre. Mientras espero a mi Maestra, observo con atención la cantidad de títulos colocados en sus libreros, los de la sala, más tarde sabré que hay libros en toda la casa. Sin ser equiparable en cantidad, la presencia de muñecas artesanales, todas hermosas y distintas, son mi segundo objeto de atención. Un sillón es su espacio, todas destacan por sus diferencias, el elemento común es que todas han sido elaboradas por talentosas mujeres.

Sobre las muñecas favoritas sabré que son de autoría de Isabel Monter, algunas otras se las han regalado sus alumnas o colegas. Ella suele también obsequiar algunas de la misma autora. Todas son especiales y preciosas.

El cuadro está colocado en la pared donde se encuentra “el sillón de las muñecas”. (Fotografía de Iovana Rocha)

Al fondo, escucho la voz de mi Maestra que me saluda y me invita a esperar unos minutos. Yo me encuentro en ese momento bebiendo un delicioso café y revisando ávida la cantidad de libros, coloridas muñecas y objetos nostálgicos que le rodean. Uno de ellos, el principal, es el cuadro colocado en la pared donde se encuentra “el sillón de las muñecas”, se trata del cuadro que es la ilustración principal del libro Los cautiverios de las mujeres, una referencia a la pintura Mujer con sombrilla, de Claude Monet. Una imagen poderosa de autoría de Flora Goldberg que acompaña a un texto igualmente poderoso, un rostro de mujer cubierto que grita silencios y quietud, que desde lo simbólico pudieran ser el de muchas mujeres, casi todas.

Y justo en ese momento, mi Maestra entra en la sala y comienza a compartir conmigo la historia detrás de la elección de esa imagen icónica.

En próxima entrega escritural, les compartiré nuestros diálogos, y la posibilidad de reconocer a una mujer que, a través de su pensamiento crítico, vigente, sus palabras, su mirada y su espacio, me y nos habla directamente a la conciencia.