FELICES FIESTAS
Este año pasó tan rápido que a veces siento que no alcancé a despedirme de él. Hubo cambios, muchos, algunos importantes, otros simplemente cansados; cambios que no siempre dieron tiempo de entender qué estaba pasando mientras pasaba. Y ahora diciembre llega con todo su ruido, con su luz exagerada, con esa costumbre tan suya de pedirnos balances y sonrisas claras, como si una tuviera que saber exactamente qué siente a estas alturas.
La verdad es que no siempre lo sé.
Hay días en los que quiero estar con mi familia. Sentarme a la mesa, escuchar las historias repetidas, reírnos en los mismos momentos de siempre, porque hay algo tranquilizador en eso, pues sé qué viene después. Otros días, con la misma honestidad, lo único que quiero es silencio. Apagar el mundo un rato. Dormir. Me cuesta admitirlo, pero ambas cosas conviven. Y quizá ya va siendo hora de dejar de fingir que no.

Diciembre tiene esa doble cara: promete pausa y al mismo tiempo exige entusiasmo. Permite bajar el ritmo, pero nos recuerda con luces, canciones y anuncios, cómo se supone que deberíamos estar viviendo estas fechas; como si hubiera una forma correcta de celebrar, una emoción adecuada, una imagen limpia de familia y alegría.
Pero la vida no siempre es así de ordenada. Hay mesas donde alguien no llegará a cenar; hay conversaciones que ya no se dan; hay abrazos que faltan; y también hay reencuentros inesperados, risas que aparecen sin aviso, momentos pequeños que no resuelven nada, pero alivian. Todo eso ocurre al mismo tiempo y negar una parte para quedarnos con la otra no nos hace más felices, solo más rígidos.
Hace poco dudé antes de escribir un saludo y dudé más de lo normal. Pensé si decir “Feliz Navidad” o “Felices fiestas”; y no por debate ni por postura, sino porque a veces el lenguaje pesa más de lo que se quisiera. Decir Felices fiestas me sonó, de pronto, a algo más amplio, a un deseo que no empuja, que no presupone, que no pregunta demasiado.
Y empecé a notar los saludos de estos días; los rápidos, los distraídos, los torpes, los sinceros. Me di cuenta de que, cuando el deseo es real, no necesita mucha forma, sino que basta con decirlo con cuidado, con dejar espacio para que el otro llegue como pueda.

No todas las familias son iguales. No todas las celebraciones se parecen. No todas las personas viven diciembre con ganas de brindar. Y está bien. Vivimos rodeados de maneras distintas de estar juntos, de pasar el tiempo, de acompañarnos o simplemente de quedarnos quietos. A veces, celebrar es reunirse; a veces, es no hacer nada; a veces, es sobrevivir al año sin pedirle demasiado al siguiente.
Por eso quiero decirlo así, sin ruido y sin entusiasmo prestado.
Como salen las cosas cuando no se fuerzan: ¡Felices fiestas!
Dichas despacio, para que quepa más vida.

