CHAVA FLORES Y JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ: DOS COMPADRES Y UN AMOR POR GUANAJUATO

Capital de la belleza, legendaria y colonial, cantó Chava Flores a la ciudad minera en honor a la tierra del dolorense

Cuando se habla de Salvador “Chava” Flores se recuerdan canciones que aluden al humor y la picardía, a la nostalgia por la vieja ciudad y el canto a la urbe que se convertía en metrópoli. Personajes y situaciones, el pasado que fue más bonito y una buena dosis de crítica social mediante la sátira y el sarcasmo daban forma a una obra de un chilango neto que fue mexicano universal.

En esa vorágine creativa, hay una pieza poco conocida: “Guanajuato”, cantada magistralmente por Tehua y grabada y difundida por el productor, cantante y compositor Ernesto Ayala en su disco Los encantos de Chava Flores. El canto a la ciudad minera no es algo fortuito, es fruto de la relación con una de las glorias musicales guanajuatenses: José Alfredo Jiménez.

El hijo de la vecindad

Dice la biografía de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) que Salvador Flores Rivera, mejor conocido como Chava Flores, nació el 14 de enero de 1920 en la calle La Soledad del populoso barrio de La Merced, en la Ciudad de México. Sus padres fueron el capitán de fragata Enrique Flores Flandes y la señora Trinidad Rivera; tuvo dos hermanos: Enrique y Trinidad.

Vivió en casi todas las colonias del entonces Distrito Federal: Doctores, Roma, La Romita, Cuauhtémoc, Peralvillo, Tacubaya, San Rafael, Santa María La Redonda, El Carmen, Coyoacán, Santa María La Ribera e Hipódromo Condesa. Dicen que comentó: «Si no viví en el Castillo de Chapultepec fue porque en ese tiempo sólo lo “alquilaban” al que fuera presidente de la República; pero si ahí hubieran existido disponibles dos cuartos con baño y cocina, juro que mi papá hubiera hecho lo imposible porque los habitáramos».

Salvador “Chava” Flores (fotografía: SACM) y Chava Flores con José Alfredo Jiménez en la bohemia. (Fotografía de Maria Eugenia Flores Durand)

Cuando salió de la primaria, tras el fallecimiento de su padre en 1933, abandonó los estudios y empezó a trabajar para ayudar a su madre y se convirtió en un “mil usos” para ayudar al sustento de su familia. 

Añade la biografía que se asoció con un amigo para manejar una imprenta con la que realizó uno de sus sueños: editar la revista Álbum de Oro de la Canción, gracias a la cual tuvo la oportunidad de conocer a los grandes compositores de la época, a quienes entrevistaba y por quienes sentía gran admiración, al grado de querer llegar a ser un día como ellos. 

Y lo lograría con su ingenio y humor, pues desde niño fue curioso, se fijaba en los detalles y hacía caricaturas verbales de lo que sucedía a su alrededor, incluyendo ponerle apodos a la gente. Por eso en sus canciones brotan nombres como “Pichicuás” y “Espergencia”, “Cleto” y “Céfira”.

Hombre de mundo —urbano, pero mundo—, amante del canto y del albur, gozoso de la música, haría piezas que llaman a la risa y la reflexión, al recuerdo y a entender nuestra mexicanidad. Por eso gustaba que le llamaran “Hacedor de Canciones”. Y sí: compuso más de 200, que lo califican como “poeta involuntario”, con un talento al que el intelectual Carlos Monsiváis llevó a identificarlo como “El Cronista Musical de México”. Así se definía Chava:

“Mi inspiración es la gente, la misma que día a día vive, sus sufrimientos y alegrías son míos y eso trato de transmitir en mis composiciones”

En 1952, Flores debutó como compositor con la canción “Dos horas de balazos”, tema que retrata cómo se enfrentan policías y ladrones. Junto con el tema “La Tertulia”, sus dos primeras canciones llegaron a ser distribuidas en acetato. La segunda le fue grabada por Pedro Infante y de ahí pa’l real: “Boda de vecindad”, “Peso sobre peso” o “La Bartola”, “La interesada”, “El gato viudo”, “Mi chorro de voz”, “Ingrata pérfida”, “Llegaron los gorrones”, “Pobre Tom”, “Vámonos al parque, Céfira”, “Cerró sus ojitos Cleto”, “Pichicuás” y “Los quince años de Espergencia”, retratos que tuvieron su cúspide en “Sábado Distrito Federal” y “Voy en el metro”, con la crítica a la psicología nacional con “¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?” o la denuncia social contra el urbanismo implacable y la corrupción en “Marthita la piadosa”.

Ese estilo lo llevó a escenarios teatrales, a la televisión y al cine en cintas como Mi influyente mujer, La esquina de mi barrio, Rebeldes sin causa, Bajo el cielo de México, El correo del norte, La máscara de la muerte y ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?.

Una parte de su creación fue nostalgia de la ciudad que se fue: “El México de Ayer” o la descripción de su entorno como “La esquina de mi barrio” o “Boda de vecindad”; de una ciudad que desaparecía cuando “Vino la Reforma” y modernizó las viejas callejas que convirtió en avenidas aunque él cantara “¡No es justu!”.

Chava Flores escogió a la ciudad de Morelia, Michoacán, para vivir los últimos años de su vida, pero cuando enfermó regresó a la capital del país en donde falleció el 5 de agosto de 1987.

Elegir a la llamada “provincia” para vivir la vejez —que ya le llegaba— no fue casualidad: el urbano por excelencia era un evocador del México viejo y ese México antiguo también le inspiraba. Quizá ésa fue la razón de que le dedicara una canción a una ciudad provinciana: Guanajuato.

Chava Flores y José Alfredo Jiménez. Siguiente imagen: Boda de José Alfredo y Paloma. (Fotografías de la familia Jiménez Gálvez)

Guanajuato

Cuando se hable de belleza

de la tierra mexicana,

si alguien dice “Guanajuato” 

nos tendremos que callar, 

para honrar el ancho cielo,

donde está la soberana:

capital de la belleza,

capital de la belleza,

legendaria y colonial.

El que pisa Guanajuato

y lleva sangre en sus venas,

al pisar sus callejones

de poesía se llenará.

 Y el tradicional lenguaje

de sus viejos caserones

le hablará de sus encantos,

le hablará de sus encantos

Y su estirpe colonial. 

Una copia de la gloria, 

que el Señor hizo en la Tierra,

paraíso que en el mundo

no se encontrará otro igual

No hay comparación alguna 

con otra ciudad cualquiera:

Guanajuato es Guanajuato.

Bella tierra mexicana,

yo te canto con el alma,

Guanajuato y nada más.

(Gritado

¡Voy pa’ Rayas que vengo de Mellado!)

Como un bello nacimiento,

por montañas protegido,

se divisa Guanajuato

cuando vamos a llegar.

Real de Minas fue su nombre,

pues su suelo es socorrido

por el oro y por la plata,

por el oro y por la plata

que formaron su caudal.

En sus bellos monumentos,

en sus plazas y jardines,

nos hallamos frente a frente

con la historia nacional

Sus románticas callejas

son de cuentos colorines

y su hechizo milagroso

y su hechizo milagroso

sólo Dios podrá explicar.

Una copia de la Gloria

que el señor hizo en la tierra,

paraíso que en el mundo

no se encontrará otro igual.

No hay comparación alguna

con otra ciudad cualquiera:

Guanajuato es Guanajuato.

Bella tierra mexicana,

yo te canto con el alma,

Guanajuato y nada más.

(Puede escucharla en https://www.youtube.com/watch?v=sk-YecqCqrM).

Su ahijado y compadre, El Hijo del Pueblo

No hay registro en el espacio digital de cuándo Chava Flores estuvo en Guanajuato y qué momentos vivió que le inspiraron esa letra y esa música, de una pieza que no grabó y que sólo fue posible conocerla gracias a Ernesto Ayala. 

La revista Chilango honró al compositor defeño cuando se cumplieron 30 años de su muerte y muestra una foto que puede explicar la relación del compositor con el estado de Guanajuato:

“Parecería una foto de bodas como cualquier otra. Salvo por un detalle: los recién casados son Paloma Gálvez y José Alfredo Jiménez. La joven veracruzana inspiraría al rey de la ranchera —de 26 años entonces— una de las canciones más cantadas en México: “Paloma Querida”. A la izquierda de ambos, con tacuche brillante y pelo engominado, aparece el padrino: Chava Flores”.

Sí, un dato poco conocido: el chilango fue padrino de bodas del dolorense, aunque por alguna razón ellos se llamaban entre sí “compadre”, y no padrino y ahijado.

Esa relación nació con la revista que Chava Flores editara. El primer número de El álbum de oro de la canción apareció en 1949, a 85 centavos cada ejemplar, un año después de que José Alfredo comenzara a cantar en la radio. 

Chava Flores entró al ambiente como compositor y ambos comenzaron a triunfar. José Alfredo no era tan rural. A pesar de haber nacido en el pueblo de Dolores Hidalgo tenía sangre urbana por haber crecido en Santa María la Ribera, pero arrancaba con lo ranchero y comenzaba con “Ella”.

Igual que José Alfredo, Chava era un melómano disciplinado. Lo primero que hacía al despertar era poner a todo volumen un disco de su colección: Beethoven, Rimsky–Korsakov o Debussy; Mantovani, Irving Berlin o Cole Porter; Sinatra o Glenn Miller. Así lo dice en la entrevista su hija Eugenia. Paloma Jiménez Gálvez ha escrito que el dolorense también lo era. 

Eugenia cuenta que su padre “Trabajaba cuando lo visitaba la inspiración, ya sea a las cinco de la tarde o a las cinco de la mañana: «Era insomne. Tenía a un lado un diccionario de sinónimos y antónimos para encontrar la palabra exacta de lo que quería decir. El cenicero amanecía repleto de cigarros».”

Chava Flores, Miguel Aceves Mejía y José Alfredo. (Fotografía de la familia Jiménez Gálvez). 

Igual que José Alfredo, una vez que llegaba la inspiración sólo paraba hasta terminar la canción.

Chava Flores creó sus canciones con todos los géneros musicales de su tiempo y dice su hija que odiaba que le dijeran que era humorista (igual que Jorge Ibargüengoitia, otro guanajuatense).

El poeta del pueblo, José Alfredo Jiménez, le había de corresponder al grabar, como parte de un álbum en el que el dolorense cantó canciones que no eran suyas, “La Interesada” (ver y escuchar https://www.youtube.com/watch?v=esta_59kOMU). Esto, empero, es tema de otro texto.

Ambos nacieron en un mes de enero, pero con 6 años de diferencia: Chava era del 14, José Alfredo era del 19. Ambos amaron a ese Guanajuato: uno, desde su visión de lo urbano, el otro desde sus caminos.

Cuando el dolorense falleció, el 23 de noviembre de 1973, Chava Flores escribió una emotiva carta de agradecimiento y despedida a su compadre, su hermano. El de la Merced lo alcanzó hasta el 5 de agosto de 1987.

Ay, Chava y José Alfredo, si yo les bajara el mar, de seguro me albureaban; si yo les bajara el sol, quemadota que me daba; si les bajara la luna o una estrella, les compondrían una canción.