ESCRIBIR PARA ROMPER EL DESAMPARO
Entonces la princesa entendió que debía dejar de ser tonta y no creer más en los hombres.
Tengo más de seis años trabajando en un taller de escritura con niñas en situación vulnerable. Sus cuentos siempre me sorprenden, pero, sobre todo, me enseñan. A lo largo de este tiempo (yo, que siempre me caractericé por ver la vida color de rosa, por creer que el amor podía vencerlo todo y que los buenos siempre terminaban ganando) me topé de frente con un pensamiento que nace de lo más profundo de la experiencia de estas pequeñas, de una madurez trabajada a golpe de martillo y cincel por todo lo que, a su corta edad, han tenido que vivir.
Mis niñas de hoy nombran la ansiedad; escriben de la presión escolar y el bullying como parte de su cotidianidad. Sus personajes giran en torno al miedo y a la tristeza, pero, por sobre todas las cosas, el mayor enemigo en sus historias es el abandono, la soledad y la indolencia.
Para muchas de ellas, los hombres aparecen en sus relatos como figuras de conflicto o amenaza. Por eso, al entrar en la adolescencia, experimentan un choque interno porque se enamoran, pero al mismo tiempo sienten que deben resistirse, como si amar necesariamente implicara repetir los errores de las mujeres de su familia.

Entonces lo que hacen es escribirlo, en cartas de amor, en sus primeros intentos de poemas o en cuentos en donde los protagonistas nunca se casan y el “felices para siempre” no es una posibilidad. Si acaso, el noviazgo se presenta como una pequeña tregua al desamparo. Si acaso, el noviazgo se presenta como una pequeña tregua, un placebo que alivia el desamparo.
Escucharlas me obliga a mirar atrás. Mi mamá, por ejemplo, creció en un mundo muy distinto. Las familias entonces eran numerosas, los hermanos siempre estaban juntos cuidándose unos a otros y la vigilancia de una abuela matriarca que educaba con severidad era la constante. La escuela duraba todo el día, y solo salían dos horas en la tarde para ir a comer a casa. Las mujeres aprendían a bordar, a deshilar, a coser. Mientras que en casa la abuela les enseñaba las artes culinarias y la administración del hogar porque su destino estaba decidido: al crecer se convertirían en amas de casa. Si alguna mujer se embarazaba antes de casarse o no encontraba marido la sociedad la señalaba sin piedad. Era una vergüenza familiar, una señal de fracaso que los marcaba a todos.
Mi propia infancia fue distinta. Hubo más libertad y posibilidades de imaginar caminos distintos como el convertirme al crecer en doctora, maestra o escritora. Sin embargo, aún prevalecían viejas expectativas como la de llegar virgen al matrimonio como un símbolo de virtud. Mi padre, siempre con esa mente sabia que lo caracterizó, siempre me dijo que estudiara, que ejerciera una profesión, que me preparara para que si algo no salía bien al casarme pudiera tener cómo sostenerme sola y salir adelante. Hoy lo agradezco.
En esos tiempos ya se había abierto un camino que durante generaciones había permanecido cerrado para muchas mujeres. Aun así, persistían reglas silenciosas como pedir permiso para casi todo, callar cuando los adultos hablaban y usar un tono bajo de voz para no incomodar. Por supuesto, seguía presente el gran vigilante invisible, ese “qué dirán”, que obligaba a ocultar abusos, infidelidades, violencia y abandono con tal de no perder la apariencia de una familia respetable.
Hace muchos años, las niñas no se miraban a sí mismas, crecían bajo el escrutinio ajeno; luego, empezamos a observarnos un poco más, aunque superficialmente. Hoy, las niñas ya se miran a sí mismas, pero lastimosamente la mayoría de las veces sin una red de apoyo que las salve si caen, si son arrojadas al vacío o si dan pasos en falso.
Ellas lo saben, identifican que lo único que tienen seguro es a sí mismas y por eso su presión por “ser suficientes” al crecer es mayor, pero además están en eterno conflicto por permitirse sentir algo por otro chico cuando han vivido de primera mano las consecuencias de la violencia, de los conflictos de pareja, de embarazos sin consciencia y del sometimiento.
Sus anhelos son inmediatos, prácticos, y profundamente conmovedores, están enfocados a lograr algo más cercano: vivir en paz, erradicar el miedo para que no siga siendo el centro de todo. Sienten responsabilidad y el deseo de ser las adultas del mañana capaces de proteger y ofrecerle a sus madres una vida sin carencias ni lágrimas.
Quienes sueñan con llegar a la universidad piensan en ser médicas para curar golpes y enfermedades, entrar al Colegio Militar para defender a otras mujeres de la violencia, ser maestras para saber mucho y enseñar a otras niñas, y también, cada vez más, sueñan con escribir.

Incluso sus problemas financieros son precoces. Hace poco, una niña escribió en torno a las cadenas de las deudas, los pagos y los préstamos usando palabras como “embargo e historial crediticio”. Le pregunté que si ella, como la niña que era, tenía esos problemas, y me respondió con una sencillez dolorosa: “en mi casa vivimos con esto. Cuando crezca mi vida también será así, hasta usted misma debe vivirlo. Nadie se salva”. Entonces recordé también que una de las primeras niñas que editó sus cuentos, al saber que podría tener dinero derivado de la venta de sus libros me dijo muy contenta que al fin podría pagar lo que debía en la tiendita de su escuela porque siempre pedía galletas fiadas y su deuda era cada vez más grande”.
Cuando el Día de la Mujer hace su aparición los discursos marchas y consignas lo llenan todo. Pero para niñas como las mías, porque así las siento, y para muchas otras mujeres que no salen a marchar o a exigir porque están ocupadas resolviendo el hoy para sobrevivir mañana, tal vez bastaría con un abrazo que rompa el desamparo y un círculo de contención amoroso, sin juicios y respetuoso que simplemente les diga: te veo y te acompaño.
Mis sueños hoy, como la mujer adulta que soy, es que estas niñas que escriben su futuro, lo hagan con menos miedo y con mucha más voz.

