LA CONDENA DE CASANDRA. HABLAR… Y QUE SU PALABRA PESE MENOS
Y nos siguen preguntando por qué alzamos la voz, como si el problema fuera el volumen y no esa sorda costumbre de no escuchar. Ese desdén no es nuevo, viene de muy lejos. Ya estaba instalado en las calles de Troya.
Allí vivía una mujer que cargaba con el futuro en los ojos y lo veía con la misma nitidez con que se mira una tormenta rompiendo el horizonte. Sabía que la ciudad ardería, que los muros serían escombro y que los gritos llegarían mucho antes que el amanecer.
Se llamaba Casandra.
Intentó decirlo. Primero con la urgencia de quien cree que la verdad basta para cambiar el rumbo del mundo; después, con la insistencia de quien comprende que su palabra, por más que se desgarre, rebota contra el muro de quienes han decidido no creerla. Los dioses le habían dado el don de la visión, pero le impusieron una condena política: nadie daría crédito a sus palabras.

Así que allí iba Casandra, caminando por una ciudad sentenciada mientras los demás seguían con sus vidas. Hablaba, advertía, suplicaba. Pero sus advertencias caían al suelo como semillas sobre piedra; la voz estaba ahí, intacta. Lo que le faltaba a Casandra no era la lengua, sino el reconocimiento. Le habían robado la autoridad para que alguien, al menos una vez, la tomara en serio.
“A veces siento que tenemos que demostrar el doble”, dijo una de ellas. No hablaba solo del trabajo, de los expedientes, de las sentencias, de las horas interminables; sino de algo más difícil de nombrar: esa sensación de que cada decisión tiene que ir acompañada de una explicación extra, como si la autoridad de una mujer necesitara todavía un pequeño certificado de legitimidad.
El café todavía humeaba sobre la mesa y la luz de la mañana entraba limpia, casi impertinente, por el ventanal. Éramos varias: juezas y magistradas, mujeres acostumbradas a firmar sentencias que pueden torcer o enderezar vidas, a sostener decisiones que queman, a ejercer una autoridad que, en teoría, debería bastar para silenciar cualquier duda. Pero en cuanto las historias empezaron a brotar, todas asentimos con esa familiaridad amarga de quien reconoce una cicatriz propia.
A una de ellas le gritaron una vez en su propio juzgado. No fue una diferencia de criterio ni el calor de un debate jurídico; fue un grito seco, un zarpazo de autoridad masculina que intentaba marcar el territorio; otra habló de esas órdenes que se quedan suspendidas en el aire, como si no tuvieran cuerpo suficiente para existir por sí solas. La instrucción está dada, la firma está puesta, pero alguien decide esperar. Un compás de espera insultante, aguardando a que sea la voz de otro hombre la que confirme la realidad.
También están esas reuniones donde el aire se vuelve denso. Una de nosotras toma la palabra y, en la esquina de la mesa, se produce ese intercambio de miradas rápidas, esa sonrisa mínima que funciona como un código de exclusión. Nadie necesita explicarlo. Todas conocemos ese gesto.
En esa mesa había mujeres que se curtieron entre expedientes y códigos, que ganaron su lugar a golpe de disciplina y cansancio. Algunas criaron hijos e hijas mientras armaban proyectos de sentencia en la madrugada; otras sostuvieron juzgados enteros con el mundo cuesta arriba. Y aun así, hay días en que la autoridad parece un permiso provisional que requiere una confirmación adicional.
No siempre ocurre, pero cuando sucede lo reconocemos al instante. Es el viejo estigma de Casandra: tener la razón, tener el cargo, tener la voz, y aun así carecer de crédito. Con los años muchas mujeres en el poder terminamos aprendiendo lo mismo: el cargo puede darte la firma, pero no siempre te concede ni un ápice de razón.
En teoría el problema debería estar resuelto. Quienes trabajamos en los tribunales repetimos de memoria el artículo 1º de la Constitución que prohíbe cualquier forma de discriminación; citamos el artículo 4º que reconoce la igualdad entre mujeres y hombres, e invocamos tratados como la CEDAW con la seguridad de quien cree estar nombrando una promesa firme.
La igualdad está ahí, escrita en la Constitución y en los tratados. Tenemos voz. Tenemos derechos, tenemos cargos, tenemos la misma toga; pero hay un impuesto que pagamos al cruzar a nuestros juzgados: el de la docilidad. El sistema nos permite estar, pero nos regatea el mando. Nos han enseñado que nuestra autoridad sea digerible, tiene que estar envuelta en seda o en sonrisas, como si mandar fuera una trasgresión que debemos compensar. Es la trampa de la meritocracia que definió Nancy Fraser: nos dejan ocupar la silla, pero las reglas para participar como iguales siguen bajo llave. Estamos ahí, pero seguimos siendo invitadas a una estructura que no nos pertenece.
En ese regateo de nuestra voz, es donde Miranda Fricker sitúa a la justicia epistémica o ese descuento de credibilidad que se nos aplica desde antes de llegar, de oficio, pues. Esa sospecha silenciosa de que nuestra voz vale menos y nos obliga a suavizar el tono para que nuestras palabras no molesten, para que se nos crea un poco más.

Y cuando nos cansamos de la seda, cuando la voz suena seca y la ley se dicta sin disculpas, el sistema reacciona con sus palabras de castigo: “perra”, “histérica”, “loca”, “difícil”; y no son insultos al azar, sino herramientas de disciplina para que nuestra autoridad sea leída como un síntoma de carácter y no como un ejercicio de justicia. Cuando una ha visto esa escena repetirse tantas veces en juzgados, en reuniones, en pasillos donde una orden femenina necesita confirmación masculina, entiende algo que las leyes por sí solas no pueden garantizar: que la igualdad escrita no basta si la voz sigue teniendo distinto peso.
Y por eso cada 8 de marzo las mujeres salimos a manifestarnos; porque la historia nos ha enseñado que cuando la voz femenina se vuelve demasiado prudente, demasiado correcta, demasiado educada, el poder deja de oírla. Las calles se vuelven entonces el lugar donde la voz recupera su peso, donde la palabra ya no necesita suavizarse para ser tomada en serio.
Tal vez por eso esa vieja escena sigue resultando tan familiar: una mujer habla, advierte, insiste… y el mundo sigue con lo suyo. Por eso levantamos la voz, para que ninguna mujer vuelva a parecerse a Casandra, y que vaya por el mundo diciendo lo que ve, mientras el resto decide no escuchar.
3 thoughts on “LA CONDENA DE CASANDRA. HABLAR… Y QUE SU PALABRA PESE MENOS”
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Simplemente maravilloso!!!
Lo comparto ✨
Es vergonzoso, es duro, pero es real: durante siglos a las mujeres se nos enseñó que para ser escuchadas debíamos ser sumisas, dóciles y hablar bajito para no incomodar. Como Casandra, muchas mujeres dijeron la verdad, advirtieron, levantaron la voz… y aun así no fueron escuchadas.
Pero hoy las mujeres entendemos que nuestra voz no es un error ni una amenaza: es conciencia, es valentía y es verdad.
Excelente aporte su Señoria Dra.Bertha Patricia. La condena de Casandra.