“EL BRILLANTE”, UNA JOYERÍA QUE DIO DESTELLOS A UNA ESQUINA LEGENDARIA

Palma 27 esquina con Madero, Centro Histórico de la Ciudad de México. Cuatro niveles de cantera y tabique. Primera sede de la Escuela Bancaria y Comercial entre 1932 y 1935. Corazón del corredor joyero más importante del país. Datos que parecen fríos, pero detrás de ellos se esconde una historia que abarca casi cinco siglos de vida urbana en la capital.

Miles de personas caminan diariamente por esa esquina sin que pase por su cabeza que en ese punto, situado a escasos metros del Zócalo Capitalino, durante décadas estuvo uno de los referentes del comercio elegante de la gran ciudad. Justo allí, en la planta baja de ese edificio marcado con el número 27 de la calle de Palma, relumbró una joyería de postín.

Su nombre todavía sobrevive en la parte más nostálgica de la memoria de los habitantes más antiguos del Centro Histórico: “El Brillante”. Su historia no puede entenderse sin la del propio inmueble que la albergó ni sin la tradición comercial que dio fama mundial a la antigua calle de Plateros, hoy Madero. La historia inició mucho antes que la joyería.

En la esquina de Madero y Palma permanecen el edificio que ocupó la reputada joyería “El Brillante”, y el recuerdo de los tiempos cuando el oro y las piedras preciosas brillaban en su aparador. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Tras la caída de México-Tenochtitlan en 1521, los conquistadores trazaron, a su manera, la nueva ciudad sobre la antigua capital mexica. Así, las calles cercanas a la Plaza Mayor se convirtieron en el núcleo comercial de la Nueva España. Entre ellas destacó la calle de Plateros, bautizada así por la concentración de artesanos dedicados a trabajar la plata allí.

Eran muchos “plateros” aunque en realidad también trabajaban el oro y piedras preciosas, no exclusivamente plata. Durante los siglos virreinales, esa calle fue sinónimo de riqueza. Viajeros, comerciantes y cronistas describieron a esa vialidad como una gran calle donde se podía comprar desde unos aretitos para la bebé, hasta una joya carísima para la mamá.

También se podían adquirir finas alhajas europeas y obras de orfebrería elaboradas por artesanos indígenas, orfebres novohispanos, y joyeros españoles. Quien buscaba lujo en la Ciudad de México inevitablemente terminaba recorriendo esa calle, cuya esquina con Palma formaba parte importantísima de ese dinámico escenario y brillaba singularmente.

Aunque los edificios originales fueron desapareciendo con el inevitable paso del tiempo, la vocación comercial del lugar permaneció intacta. Donde alguna vez hubo mercaderes novohispanos, llegaron almacenes, despachos, bancos, tiendas de ropa, restaurantes con todo tipo de comida, cafés, museos, y otros comercios que hasta la fecha están operando.

El inmueble que hoy se conoce como Palma 27 fue construido entre finales del siglo XIX y principios del XX, en una etapa de transformación urbana impulsada por el crecimiento económico del Porfiriato. Su diseño respondió a una fórmula que se multiplicó en todo el Centro Histórico: locales comerciales en la planta baja y oficinas en los pisos superiores.

Con fachada de cantera, balcones de herrería y amplios escaparates orientados hacia dos de las calles más transitadas de la capital, ese edificio pronto se convirtió en referencia de comerciantes y clientes. Pero, su importancia no se limita únicamente a lo comercial. En el año 1932 comenzó allí una historia educativa que alcanzaría dimensión nacional.

Ese año abrió sus puertas, con bombo y platillo, la Escuela Bancaria y Comercial (EBC), institución fundada por antiguos profesores de la Escuela Bancaria del Banco de México (EBBM). Sin lugar a dudas, las primeras generaciones de contadores, administradores y especialistas financieros del país estudiaron precisamente en el edificio de Palma 27.

De acuerdo con las memorias de la institución, durante tres años, jóvenes provenientes de distintos estados del país subieron diariamente las recias escaleras del edificio para asistir a clases. Mientras tanto, abajo continuaba el movimiento de los compradores, empleados, y vendedores que dan vida al Centro Histórico de la Ciudad de México, que aún no cesa.

Cuando la EBC se trasladó a otro inmueble en 1935, el edificio recuperó plenamente su vocación comercial. Fue entonces cuando la esquina comenzó a consolidarse como punto emblemático del corredor joyero de la ciudad. Entre los negocios que abrieron destacó la joyería “El Brillante”, cuyo nombre evocaba el destello de los diamantes y el brillo de los metales preciosos exhibidos en sus vitrinas.

En una época en la que adquirir una joya era un acontecimiento familiar, establecimientos como “El Brillante” desempeñaban un papel especial en la vida de los capitalinos. Allí se compraban anillos de compromiso, relojes para graduaciones, medallas religiosas para los bautizos, y cadenas que pasarían de una generación a otra como buena herencia familiar.

Dato curioso, se dice que los aparadores eran verdaderos escenarios de elegancia. Detrás de los cristales se exhibían piezas cuidadosamente iluminadas para resaltar el brillo de los metales y las piedras preciosas. Los vendedores, elegantemente vestidos, atendían a todos los clientes con una formalidad y educación que hoy parecen pertenecer a otros tiempos.

La ubicación contribuía a ese prestigio, porque durante buena parte del siglo XX, la calle de Palma se forjó como el principal corredor joyero de la Ciudad de México. Decenas de talleres, distribuidores y comerciantes especializados se instalaron en la zona, dando un importante seguimiento a una tradición que se remontaba a los años de la época virreinal.

“El Brillante” también terminó por cerrar sus puertas; sin embargo, la memoria permanece en las fotografías históricas, en los recuerdos de quienes caminaron de niños por Madero.

“El Brillante” no era una joyería más, era parte de una larga cadena que conectaba a los antiguos plateros novohispanos con los comerciantes modernos del Centro Histórico. Con el paso de las décadas, el rostro citadino cambió. Desaparecieron negocios tradicionales y las nuevas dinámicas económicas cambiaron el comercio del primer cuadro de la CDMX.

Consecuentemente, las antiguas joyerías fueron cediendo espacio, poco a poco, a otros giros mercantiles. “El Brillante” también terminó por cerrar sus puertas. Sin embargo, la memoria permanece en las fotografías históricas, en los recuerdos de quienes caminaron de niños por Madero, cuando los aparadores de las joyerías eran motivo de admiración.

Permanece, sobre todo, en la arquitectura del edificio que sigue allí, observando el paso cotidiano de miles de personas. Hoy, cuando la esquina de Palma y Madero es recorrida, pocos imaginan que ahí confluyen cinco siglos de historia, de sueños depositados en una calle alguna vez llamada Plateros y donde el brillo de una joya resumía las aspiraciones de toda una familia.