LA INMENSA HAMACA BAJO EL SOL
Existe una canción que despierta el orgullo de todo guanajuatense y que comienza diciendo: “Entre sierras y montañas y bajo un cielo azul, como en una inmensa hamaca bañada por el sol…” Pertenece a un vals compuesto por el maestro Jesús Elizarrarás una pieza que forma parte de la memoria afectiva de Guanajuato.
Y es precisamente esa imagen la que hoy más que nunca me lleva a preguntarme: ¿cuándo fue la última vez que nos dejamos mecer por esa hamaca inmensa? Porque tal vez la profundidad de los versos del maestro no merece quedarse en la superficie y es tiempo propicio para que comencemos a pensar en ello no como un accidente geográfico sino como una metáfora del permiso que nunca nos damos. El del autocuidado, la calma y el espacio.
La antigua sensación de que la ciudad era un espacio casi familiar en el que la quietud, la falta de prisa y la cotidianidad convivían con los quehaceres del día a día ha ido desdibujándose poco a poco. Antes, cruzar un callejón implicaba el saludo obligatorio, la pausa para enterarse de la salud del vecino o el cruce de palabras sin más pretensión que el encuentro humano. Hoy la ciudad también ha cambiado de ritmo y ahora vivimos de prisa.

Las calles, los cerros, los callejones y las plazas ya no conocen la quietud de otros tiempos; las banquetas se transitan con la mirada baja, fija en las pantallas, y los pasos llevan la urgencia de quien siempre llega tarde a una cita con el cansancio.
Eso, y los problemas personales, familiares y laborales nos han llevado a vivir con los músculos apretados, con una agenda sin espacios bajo el brazo, el celular en constante vibración y la cabeza ocupada.
Por supuesto, queremos controlar cada movimiento sin permitir que la hamaca cumpla el propósito de aquietarnos, abrazarnos y permitirnos respirar no para tomar una siesta sino para habitar la vida, para disfrutar la fortuna de vivir en una ciudad legendaria y llena de sorpresas.
Mientras nos empeñamos en no advertirlo, Guanajuato lleva décadas susurrándonos el poderoso mensaje del autocuidado que no practicamos y hasta me atrevería a decir que también tiene enseñanzas escondidas entre las bóvedas de sus calles subterráneas, la plata de las minas, las macetas de los balcones o las cruces que dominan el paisaje en la cima de sus cerros.

Decir “no” cuando es necesario. Acudir al médico antes de que el cuerpo tenga que gritar. Pedir ayuda sin sentir que fracasamos. Caminar sin un destino urgente. Compartir un café sin mirar el reloj. Descubrir un pájaro entre las ramas, una nube con formas caprichosas o el azul que, cada tarde, encuentra una manera distinta de asomarse entre los cerros. Gestos sencillos que parecen mínimos, pero que requieren de algo que hemos ido perdiendo: la capacidad de detenernos.
Vivir en una ciudad esculpida en piedra nos ha hecho creer, erróneamente, que nosotros también debemos ser de cantera: inamovibles, duros, capaces de soportar el peso de los siglos sin agrietarnos. Olvidamos que incluso las minas respiran y los callejones se curvan. Nos exigimos una fortaleza mineral cuando, en realidad, nuestra naturaleza se parece mucho más al viento que silba en la Bufa o al agua que alguna vez corrió libre y cristalina por el río. La rigidez no preserva la vida; la petrifica. Pretender sostener el mundo sin permitirnos un instante de oscilación es tomar el camino más corto hacia el quiebre.
A pesar de que en apariencia son cosas sencillas nos cuesta tanto trabajo realizarlas porque pensamos que la crianza de los hijos no permite que nos detengamos, porque el padre o la madre enferma requieren asistencia de 24 horas, porque hay tantos pacientes por atender y tanto dolor por aliviar. La inseguridad no conoce de treguas, las aulas no cesan aunque los alumnos se hayan marchado, los trabajadores sociales necesitan estar más despiertos que nunca. La lista puede alargarse o acortarse tanto como nosotros lo permitamos.

Acompañar el dolor ajeno no es nada menor, así que cuidar de uno mismo se siente egoísta. Nos hemos creído el mito de que el amor y la vocación se miden por el nivel de nuestro propio desgaste. Cargamos la falsa culpa de que, si cerramos los ojos un momento, el andamiaje que sostiene a los nuestros se vendrá abajo, olvidando que un cuidador exhausto no ofrece refugio, sino un espejo de su propio vacío.
Nos desvivimos por los demás hasta que la palabra “desvivirse” deja de ser una exageración y se convierte en un diagnóstico.
Sostener a los demás en muchos sentidos hace que la pausa quede en el olvido. Las hamacas no son un premio, solo están ahí como una posibilidad sin obligar a nadie. Permanecen como una esperanza de alivio sostenida por dos extremos, en espera de que alguien se decida y las pueda disfrutar, no como una actividad más en la agenda, sino como ese lugar entrañable que habitamos y nos habita.
Solo que para que eso suceda es necesario ceder el peso, incluyendo el de los problemas y las preocupaciones que cargamos en la espalda. Nadie descansa en medio de la rigidez. Para dejarse mecer, hay que confiar en los hilos que nos sostienen y aceptar que, por un instante, el mundo puede seguir girando sin nuestro permiso.

Quizá el secreto mejor guardado de Guanajuato no esté en sus minas de plata ni en el misterio de sus callejones, sino en ese recordatorio diario que cuelga sobre nuestras cabezas cuando al doblar una esquina nos topamos con el horizonte.
Así que detente. Mira hacia arriba. Ahí sigue el cielo azul, tendido entre los cerros como una invitación permanente. Date el permiso. Suelta la carga, afloja los músculos y déjate acunar por la inmensa hamaca de nuestra propia tierra.
No es casual que, hacia el final de aquel vals, el maestro Jesús Elizarrarás escribiera: “Tierra bendita, yo solamente quiero un rinconcito para descansar en él”. Quizá descansar nunca significó rendirse. Quizá, como la propia canción nos lo ha susurrado durante generaciones, aprender a pausar también es una forma de seguir viviendo en esta inmensa hamaca tendida bajo el sol.

