LA MEMORIA DE UN SUEÑO ROTO: LA LUCHA DE LORENA GUTIÉRREZ POR LA JUSTICIA Y LA VERDAD
(Re) conocernos
Cada encuentro entre nosotras está enmarcado por un abrazo largo, de esos que detiene el tiempo y que no necesitan palabra. A Lorena le tengo mucho cariño y sé que soy correspondida; su calidez, sus manos que abrazan y sus formas de mirarme al hablar así me lo transmiten. Me siento afortunada, no es sencillo que a estas alturas de la vida Lore, como le llamo, pueda confiar en alguien. No la culpo, basta con asomarnos a sus últimos años de existencia y caminos para respetar y empatizar con ella y su inmenso dolor.
Nos conocimos hace más de siete años cuando a petición mía le solicité una entrevista para coadyuvar desde la escritura y la difusión a la exigencia de justicia por el feminicidio de su hija Fátima ocurrido en el 2015 en el estado de México, cuando Fati, como es llamada por su madre, tenía doce años cumplidos. Esa entrevista la recuerdo con un particular dolor que me acompañó durante días después de la entrevista.
Hasta antes de ese momento asumía haber leído todo sobre el feminicidio de Fátima, a Lorena la había visto en varios medios de comunicación dando entrevistas y en diversos reportajes. Tenerla frente a mí, escucharla con el cuerpo fue un cúmulo de emociones que nunca antes había experimentado. Lo primero que me dijo el prender la grabadora para iniciar nuestra conversación: “Estoy muerta en vida después del asesinato de mi hija, desde ese momento dedico cada día, cada minuto a exigir justicia para mi hija, es lo único que podré darle, no pude ayudarla, no pude estar, ¡llegué tarde y nada pude hacer por ella! …”.

A esa primera entrevista seguirían varios encuentros que hoy puedo atreverme a enmarcar en una amistad entrañable por aquello que nos une.
Lore es una mujer que este año cumple once años de exigencia y activismo para que lo ocurrido con su hija esa tarde del febrero del 2015 no quede impune, pero también para que nunca más una niña sea vulnerada, violentada o asesinada en este país.
Ella es una víctima, entre las víctimas, una voz con una legitimidad y generosidad que hace eco para muchas, para todas. Dos años después de conocernos, su hijo Daniel, el amado compañero de Fátima, moriría en lo que parece ser una negligencia médica en Monterrey. En aquel año, 2020, la familia de Lorena se encontraba, como ahora, desplazada.
Una mujer para otras
A nuestro primer encuentro llegó acompañada de Magda, una madre víctima del feminicidio el 4 de enero de 2014, su hija Fernanda, de 18 años, había sido asesinada, a este crimen se sumaría el 28 de mayo de 2017 el de sus dos hijos, José Alberto y Daniel de 26 y 24 años. En menos de tres años sus únicos tres hijos habían sido asesinados en un territorio compartido y condiciones vinculantes con la violencia familiar que vivió Fernanda. Lorena y Magda se acompañaron en aquella mañana, se daban el brazo para sostenerse y caminar con todo lo que ello implica.
Verlas juntas aquella mañana me resultó aleccionador y conmovedor, compartir la vida, el dolor, el cansancio como una posibilidad de sobrevivencia vital.
A los años siguientes en una visita a Guanajuato, Lore se hizo acompañar por Rebeca y doña Regula, mamá y hermana de Lupita Reyes Bastida víctima de feminicidio en el año 2021 en el Estado de México. Viajaban juntas para presentarse en la ciudad de Guanajuato, que en octubre de ese año, como es costumbre, celebraba el Festival Internacional Cervantino, su propósito era exponer siluetas de niñas y mujeres en espacios donde las y los transeúntes pudieran a su paso observar y sensibilizarse sobre las otras realidades de un país y un territorio, más allá del ruido y la fiesta.
Al siguiente año Lore regresaría para otro octubre cervantino con la señora Lupita Sevilla y su esposo Héctor, ambos padres de Wendy Jocelyn víctima de feminicidio en el año 2021 en el Estado de México, una adolescente de entonces 16 años cumplidos. Entre las familias instalaron en el Teatro Juárez las docenas de siluetas. Nunca estuvieron solas, su apuesta de lograr la atención tenía eco entre una población que en distintos momentos se acercaba a preguntar por la espontánea exposición, tan cruda como impactante.
Con el tiempo, y con ellas, he aprendido que no es sencillo compartir el camino con otras víctimas en el andar. Son almas lastimadas en extremos indecibles, exigiendo justicia para sus hijas en instituciones que se muestran sordas a sus demandas. No es un tema de incompatibilidad, el dolor altera los niveles de sensibilidad y tolerancia.

En nuestro último encuentro, apenas hace unas semanas, Lore me compartía que en los últimos años ha decidido ya no acompañar a otras víctimas, no es un tema de decisión ligera. Su salud, su cuerpo, su energía ya no lo permiten. Me hace saber la gran cantidad de mensajes que recibe diariamente solicitando ayuda a su teléfono y a sus redes sociales. Su decisión es un recordatorio de la importancia de cuidar a quienes cuidan a otras.
Al escucharla, no se lo digo, pero ese cansancio lo aprecio por primera vez en su cuerpo. Una figura notoriamente más delgada, su rostro y su cabello delatan lo que está ocurriendo después de intensas jornadas de mal sueño y poco alimento.
La sentencia de la Suprema Corte de Justicia Nacional (SCJN) que reconoció que los familiares de una víctima de feminicidio son “víctimas indirectas” del crimen y, por ello, tienen derecho a una reparación de daños, fue un bálsamo para un camino agotador que tiene su clímax cada aniversario luctuoso de Fátima, y ahora de Daniel.
Sin embargo, debieron pasar casi once años para lograr esta respuesta de la máxima Corte del país, un camino para el que se han levantado cada mañana desde el día uno.
El amor que sostiene
El primer día que nos encontramos Lore y Jesús tenían entre sus preciadas pertenencias algunos objetos y juguetes de Fátima. Casi creo que es una compañía que conservan con los años. Me hace todo el sentido la paz que esos objetos pueden proporcionar a sus corazones agitados.
Durante nuestra primera conversación, y las muchas que han seguido, no todos son diálogos envueltos en dolor. Los hay también de risas y una nostalgia que se confunde con alegría. Sus corazones albergan infinidad de recuerdos de una Fátima, y un Daniel, vivos.
Un par de hijos que fueron el postre de una familia que comenzó a gestarse a desde los veinte años de Lorena. Dani y Fati fueron ese postre no esperado, pero muy bien recibido “los hijos que Dios te dé”, decía la suegra de Lore.
Lorena, madre y abuela es una mujer a la que la vida le cambió radicalmente aquel 5 de febrero. Su decisión de caminar, de no rendirse al agotamiento ni a la desesperanza tiene como pilar fundamental el amor a las y los suyos: “Yo sabía que tenía mucho amor, en especial para mis hijos”, dice. “Yo siempre estuve segura de tener a mis hijos, ser mamá, cuidarlos, dedicarme a ellos. De esta fortaleza de luchar sin ellos, jamás me lo imagine”, al decir esto último agrega: “estoy aquí por amor, no concibo vivir sin luchar”.
Los responsables del feminicidio de Fátima fueron sentenciados, incluido el menor de edad con los beneficios que le otorga la ley. En la actualidad Lore y Jesús estarán dando seguimiento a lo señalado por la Corte, el camino aún se aprecia largo y complejo.
De forma paralela la familia se encuentra en permanente desplazamiento y atendiendo el juicio contra la institución y médicos señalados de negligencia por la muerte de su hijo Daniel. No hay tregua para los duelos.
Esta semana Lore cumplió años, le escribo para felicitarla. Confieso que no me resulta sencillo abordarla para estos días, pero me atrevo a buscarla. Como en los últimos años su respuesta es cálida: “Cumplo 57 años, ¡muuuuuuchisimos!”, seguido a este mensaje me indica “Gracias por todo…” acompañado de un sin número de corazones morados y rojos.

Es cálida, aprecio que su dolor no haya dormido su alma no para todas, no para todos.
En nuestro último encuentro me ha comentado de su interés de regresar a Guanajuato, hacer consciencia individual y colectiva sobre la violencia feminicida es una labor permanente que ha asumido en compañía de otras.
Después de comentarlo compartimos la comida. Comió poco y rápido. En algún momento desapareció de la mesa, estoy segura se trasladó a otro lugar de inmediato. Vive con tiempos cortos, apurada y sin descanso.
Una mujer a quien sostiene el amor acompañado de una fortaleza interna que no termino de comprender y admirar. Es Lorena Gutiérrez, una mujer que en su paso por la vida ha resignificado en su exigencia el significado de la justicia y la resiliencia.

