Animales de almas breves

La isla de los pingüinos (L’Île des Pingouins) fue escrita en 1908 por Anatole France, quien presenta una novela histórica acerca de un país ficticio llamado Alka, aunque en realidad es una sátira de la historia de Francia en particular y la historia de la era cristiana occidental en general. La obra está escrita como un libro de Historia de los siglos XVIII y XIX, incluyendo metanarrativas o macrorrelato que, en el contexto de la teoría crítica y el posmodernismo es “un esquema de cultura narrativa global o totalizador que organiza y explica conocimientos y experiencias”, de acuerdo con el explorador, escritor y diplomático estadounidense John Lloyd Stephens, quien participó activamente en la investigación de la civilización maya, además de que fue una figura destacada en la planeación del ferrocarril de Panamá.

Asimismo, La isla de los pingüinos incluye héroes mitológicos, hagiografias (composiciones biográficas de los santos), nacionalismo romántico y, por supuesto, como el nombre de la obra lo indica, una isla de alcas gigantes localizada en la costa norte de Europa. Para quien no esté familiarizado con las alcas (como era mi caso antes de escribir estas líneas), el alca gigante o pingüino verdadero es una especie extinta de ave que, a diferencia de las especies actuales de alcas, carecía de la capacidad de vuelo, aunque nadaba y buceaba de maravilla.

La historia comienza con un monje misionero ciego que viaja de Bretaña a las Islas Hébridas, entonces habitadas en una de sus partes mayoritariamente por los enormes pingüinos. El viejo, que no ve más allá de su nariz, cree escuchar un idioma extraño, por lo que considera que aquellas siluetas son seres humanos, por lo que procede a bautizarlos.

El caso, único hasta entonces en la historia de la humanidad, provoca un gran revuelo, tanto que llega hasta el cielo, qué digo cielo, llega a oídos de Dios, al que la noticia le causa incomodidad. ¿Cómo resolver ese problema de naturaleza híbrida, en el que lo terrenal y lo celeste se dan la mano no muy amistosamente?

Al Altísimo no le queda más remedio que convocar una asamblea de clérigos y doctores, a los que solicita su parecer acerca del crucigrama que de forma involuntaria planteó el viejo misionero. Entonces, señores, ¿se debe dar alma a los pingüinos? Tras un largo y agotador concilio, los sabios alcanzan una resolución: “A los pingüinos bautizados se les concederá alma, pero, por recomendación de Santa Catalina, sus almas serán de tamaño pequeño”*.

Imagen: Meta IA

De acuerdo con los especialistas, con La isla de los pingüinos Anatole France se incorporó a la liga de grandes satíricos como François Rabelais y Jonathan Swift.

Iconoclasta al fin y al cabo, los pasajes de santos, crónicas y otras fuentes históricas son parodiadas por el escritor francés “con un nivel alto de sofisticación, cuestionando su poder en la psique colectiva”.

En algún momento de 2025 escribí un *Apóstrofe acerca de Anatole France, en el que explicaba:

Hay padres que heredan pasiones a sus hijos. Fue el caso del escritor francés Anatole France, quien recibió un peculiar legado por parte de su progenitor: su interés por la Revolución francesa y una librería que vendía lo mismo libros que panfletos editados durante el mencionado periodo convulso. Fue en ese negocio familiar donde germinaron las primeras ideas y notas que Anatole France convertiría más adelante en una novela llamada Los dioses tienen sed (1912), la cual se centra en el periodo del Terror encabezado por Robespierre y caracterizado por la ejecución en la guillotina a muchos opositores a la Revolución.

Anatole France fue un escritor comprometido que apoyó a Émile Zola en el caso del capitán del Ejército francés Alfred Dreyfus, quien fue acusado de entregar documentos secretos a los alemanes. El portentoso escritor Émile Zola escribió un artículo al que tituló J’accuse! (Yo acuso, 1898), en el que reveló el escándalo de la degradación de Dreyfus, desencadenando una crisis política y social inéditas en el país galo.

De hecho, Anatole France devolvió su condecoración Legión de Honor cuando ésta le fue retirada a Zola, quien participó en la fundación de la Liga de los Derechos del Hombre, que apoyó de forma vehemente las causas de la separación de la Iglesia y el Estado, los derechos sindicales y que se opuso a los presidios militares.

En una crítica a Los dioses tienen sed, el escritor checo Milan Kundera señaló que Anatole France no escribió para “condenar” la Revolución sino para examinar el misterio de sus actores. “El misterio de una nación que se regocija viendo cortar cabezas”, indicó Kundera.

Indudablemente, en nombre de Anatole France aún despierta controversias y enconos. En mi caso, guardo debajo de mi almohada unas palabras notables del Anatole France librero más que del escritor ganador del Premio Nobel en 1921:

“Un diccionario es un universo en orden alfabético”.

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