HIDRANTES: AGUA SIN COSTO PARA TODOS
Las tomas públicas del líquido vital fueron
referente en cada barriada, calle o callejón
En los años de mi andar adolescente, aún funcionaban. En los calurosos días del estío, al regreso de los partidos de futbol o cuando la sed apretaba, era común detenerse junto a la pieza escultórica de cantera verde, abrir la llave y hacer cuenco con las manos para captar un poco de agua y refrescarse el rostro, el gaznate, o ambos si se requería.
Y décadas atrás, cuando la escasez del líquido vital ponía a la ciudad en ascuas y los cortes del servicio doméstico eran frecuentes, toda la familia se armaba con botes, cubetas y cuanto recipiente estuviera a mano, para acudir al hidrante más cercano y, después de varios viajes, llenar uno o dos toneles que funcionaban como cisternas caseras de emergencia. Lo mejor: esa agua no costaba y todos tenían democrático acceso a la misma. Eran otros tiempos.

Ponciano Aguilar, diligente ingeniero de la localidad, tuvo bajo su responsabilidad, a fines del siglo XIX, construir un túnel para dar salida al caudal del río proveniente de la Presa de la Olla. Lo hizo con tal eficiencia que dicho conducto aún funciona. De su profesional labor había dado muestra poco antes, cuando levantó un enorme muro en una cañada rumbo a la sierra para dar forma al embalse de “La Esperanza”, obra necesaria para calmar la sed de la ciudad minera y tan bien cimentada que sigue proveyendo el agua al centro histórico.
Sin embargo, no bastaba con la presa. Había de buscarse la forma de llevar el líquido a calles, callejones y plazas; la gente debía tener acceso al mismo.Ante ello, el ingeniero y sus colaboradores plantearon la instalación de una serie de fuentes y tomas a disposición de la ciudadanía, en una época donde contar con grifos domésticos era prácticamente un sueño. Así, las hermosas plazuelas citadinas se vieron adornadas con surtidores y los barrios contaron con hidrantes al servicio del vecindario.

En tiempos donde la estética contaba tanto como la función, los hidrantes fueron diseñados con una concha esculpida en cantera, representación del objeto sagrado utilizado para bautizar a los recién nacidos en el rito católica. También se hizo un soporte del mismo material, cóncavo, a fin de brindar correcto acomodo a los jarrones de barro usados entonces como recipientes, que las damas transportaban con femenino contoneo.Asimismo, el entorno inmediato a cada toma de agua se volvía sitio de encuentro y convivencia, apto para la sabrosa plática, el juego infantil o el juvenil romance, lo que fortalecía los vínculos sociales y vecinales.

Sin embargo, nada es para siempre. El avance en las medidas de higiene, la instalación de tomas domiciliarias y la necesidad de establecer un cobro por el servicio volvieron, poco a poco, innecesarios los dispensadores públicos del vital elemento. Así, paulatinamente dejaron de ser utilizados. Ya no había necesidad de caminar ni cargar para contar con agua potable. Muchos hidrantes siguieron utilizándose hasta tiempos relativamente recientes. Todavía a inicios de la década de 1990, funcionaba uno que otro, pero a partir del presente siglo prácticamente todos fueron clausurados y pasaron a ser un entrañable recuerdo. Lo malo fue que, al poco tiempo, comenzó igualmente su destrucción.

Cierta mentalidad desarrollista considera inútil lo que no posee una función práctica. A la que no le importa lo estético ni lo simbólico. Por lo tanto, desechan todo objeto u obra aparentemente obsoleto. De tal manera, despojados de su finalidad fundamental, los hidrantes perdieron primero sus grifos y, en varios casos, su ubicación. Cuando el país cayó en una espiral de violencia, las antes apreciadas piezas de cuarterón verde fueron también víctimas de la delincuencia.
Todo mineral tiene, en la actualidad, algo de valor. El cobre, primeramente, se volvió materia codiciada por los ladrones para su reventa. A tal grado llegó el saqueo de este elemento, que las tuberías debieron ser substituidas por ductos de PVC u otra sustancia plástica. Luego siguieron el hierro y el acero. Cuando los metales de fácil piratería comenzaron a escasear, particularmente en Guanajuato, los maleantes fijaron su atención en otro noble recurso: la cantera labrada, abundante en una ciudad minera como la capital del estado.

Abandonados, los hidrantes padecieron no solo la erosión producto del viento, la lluvia o el tiempo, sino también el descuido institucional. Los amantes de lo ajeno les han dado el tiro de gracia: son muchos los que han desaparecido o han perdido alguno de sus elementos, particularmente la concha, cuya situación en la parte superior de cada estructura hace relativamente fácil su extracción.

Cuévano, localidad Patrimonio de la Humanidad, pierde parte de su esencia con cada pieza faltante.Vistos hoy como elementos curiosos en una ciudad donde abundan las peculiaridades urbanas, los hidrantes poseen sus defensores, aunque esas voces de alarma aún son limitadas, tímidas. La autoridad, por su lado, inmersa en sus propias prioridades, ha olvidado o pospuesto su rescate.

Mientras tanto, cada día, miles de personas transitan por las sendas urbanas y, en ocasiones, se detienen ante una toma. Quienes las usaron o vieron funcionar, añoran seguramente los tiempos idos; quienes no, los más jóvenes, tal vez se pregunten para qué servían. Tristemente, también cada noche, en algún callejón a oscuras, otra pieza comienza a ser mutilada. Y la ciudad, paulatinamente, pierde parte de su encanto.


