GUANAJUATO, CIUDAD DE PELDAÑOS

Para disfrutar la verdadera esencia de Guanajuato es necesario adentrarse en las cavidades de su corazón: sus escaleras. En la capital del estado no solo se transita, también se asciende, y es en esta circunstancia donde habita la magia que la envuelve. Las escaleras no solo conectan calles o nos permiten alcanzar el umbral de un edificio; también nos recuerdan que existen lugares a los que solo se llega aceptando que el siguiente paso nunca puede darse antes que el anterior.

En la vida cotidiana las subimos constantemente sin pensar demasiado en ello. Solo nos detenemos a observarlas cuando estamos abajo y vemos que hay muchos más peldaños de los que nos gustaría. Algunas conducen a una casa, otras atraviesan un callejón entero y muchas desembocan en un mirador. En ninguno de estos escenarios el camino parece sencillo, mucho menos si forman parte del tránsito diario en el que a veces circularemos con peso entre las manos, cansancio o debilidad. Cualquiera que sea el motivo, e independientemente de la energía que tengamos, todas comparten una misma premisa: nos obligan a ir al paso. Ninguna ha sido construida para correr. 

La ciudad nos susurra peldaño a peldaño que hay destinos que se alcanzan con el ritmo pausado de los pies sin importar la potencia de los motores o el avance tecnológico. Quizá sea esta su gran lección silenciosa.  Ahí radica su virtud, en que no prometen llegar rápido aun cuando nos ofrecen la posibilidad de un atajo. Algo es seguro, si no se deja de avanzar, tarde o temprano la vista cambiará y nos permitirá vislumbrar la grandeza del lugar en el que estamos.

Escalinata de la Universidad de Guanajuato y escalones del Teatro Juárez. (Fotografías, Fabiola Manzano)

Es en las escaleras en donde recuperamos nuestra condición de seres humanos desnudos de actualidad, porque al subir o bajar existe el riesgo de tropezar, así que nos obligan a habitar el presente sin pantallas encendidas, dejando para después la atención a las notificaciones y las tendencias del momento. 

Cada vecino conoce “su escalera”. Se sabe de memoria los descansos, el lugar bendito en el que una banca permite pausar antes de continuar, la fuente que aguarda en un recodo, los balcones floridos o las puertas de madera antigua. Cada escalón forma parte de su memoria. Aquí todos tenemos una escalinata que nos lleva a casa de alguien querido, a una escuela, a un mirador, al recuerdo de un beso sin testigos, al descubrimiento de una vista insospechada o al encuentro con esa primera subida que creímos imposible. 

Callejones como El Potrero, Gavilanes, San Cayetano, Carcamanes o El Tecolote obligan a subir y bajar continuamente. Representan esa vida cotidiana que sostiene a la ciudad y que refleja su verdadera alma. Las escaleras pueden ser el camino más corto a alguna parte y, al mismo tiempo, no admiten atajos. Podemos detenernos a respirar, regresar o subir de dos en dos, pero nunca dar vuelta en vano para olvidarnos de ellas. Una vez que su trazo nos devora, no hay más remedio que afrontarlas. 

Pueden parecer imposibles e interminables desde abajo, pero al alcanzar la cima, la revelación del panorama hace que el esfuerzo, el sudor y el cansancio de las piernas cobren sentido. En esto Guanajuato se distingue de tantas ciudades diseñadas para la prisa y la movilidad sin esfuerzo; aquí, los trayectos se conquistan con paciencia, tiempo y una perspectiva distinta de la existencia.

A esta filosofía del espacio se suma el valor icónico de las escalinatas que dan identidad a la ciudad.  Un ejemplo emblemático son los 86 escalones de cantera verde y morada de la Universidad de Guanajuato, en Pedro Lascuráin de Retana. Desde su inauguración en 1952, han sido punto de encuentro, descanso, partida para las exploraciones turísticas o tribuna para leer, pensar, disfrutar el cine al aire libre o simplemente dejar que la vida pase al ritmo de la música. Son también el escenario de la monumental ofrenda del Día de Muertos y un espacio histórico de protesta estudiantil y puños levantados. 

Escaleras típicas de callejón y escaleras de la Plazuela de San Fernando. (Fotografías, Fabiola Manzano)

Es uno de los lugares más fotografiados de la ciudad que además guarda una simbología peculiar compartida por el cronista y guía Juan José Anguiano: sus cuatro descansos representan las etapas de la formación académica, y el ascenso simboliza el recorrido del estudiante hacia la excelencia. Añadía también que, en los años cincuenta, la calificación mínima para titularse era de 8.6. 

Menos monumentales, pero de enorme fama, los peldaños estrechos del Callejón del Beso se fotografían decenas de veces al día, siendo incluso centro de disputas entre promotores turísticos por ese codiciado tercer escalón que promete conjurar siete años de mala suerte en nombre del amor. 

Por su parte, las escalinatas del Teatro Juárez, a pesar de no ser numerosas, poseen una presencia imponente. Vigiladas por las musas, parecen resistirse a ser contadas porque lo que sucede en ellas trasciende el número de sus peldaños:  son alfombra roja del GIFF, locación para transmisiones del Festival Internacional Cervantino, escenario para el arte urbano y punto de reunión final para la marcha feminista del 8 de marzo.

En el Callejón del Calvario, los escalones que conducen al Pípila regalan una postal distinta en cada tramo, hasta culminar con la vista panorámica de la ciudad como recompensa al esfuerzo. En la Ex-Hacienda San Gabriel de Barrera, la leyenda cuenta que los 17 jardines están custodiados por el ángel sin cabeza del Mirador, quien descendía de noche por los escalones para proteger a los enamorados. Incluso las escaleras coloridas del Callejón de los Angelitos, cada vez más populares entre creadores de contenido, guardan en la tradición oral el eco de antiguos cortejos fúnebres infantiles. 

Escaleras del Mineral de Rayas.

Mención aparte merecen las escaleras de los templos, esos espacios de transición que no pertenecen del todo a la calle ni al recinto sagrado. En ellas se espera, se conversa, se contempla una procesión o escucha una estudiantina. La escalinata del Templo de San Cayetano, en Valenciana, financiada por la bonanza minera del siglo XVIII, funciona como una antesala monumental que transforma el paisaje y prepara la vista para la majestuosidad de su fachada. Este marco de cantera rosa y entorno minero fue inmortalizado en el cine nacional con películas como Bugambilia (1944).  De igual forma, las escalinatas de San Roque han sido el foro natural de los Entremeses Cervantinos desde 1953, mientras que la Basílica Colegiata y La Compañía terminan de trazar ese mapa escalonado.

Quienes vivimos aquí a menudo dejamos de percibir su riqueza, y es hasta que un visitante se detiene a fotografiarla para que nos reconectemos con ella cuando reflexionamos en ello. Las escaleras de Guanajuato no son un mero recurso arquitectónico para vencer la pendiente. Son escenarios de encuentros, despedidas, protestas, leyendas y memoria.

Aunque cada una conduce a un lugar distinto, todas terminan regalándonos una nueva forma de mirar la ciudad y, con un poco de suerte, también de mirarnos a nosotros mismos. Tal vez por eso Guanajuato no se entrega de inmediato, se descubre al ritmo de los peldaños. Y quien alguna vez ha llegado sin prisa a la cima sabe que, desde ahí, no solo cambia de perspectiva la ciudad, sino también la forma en que aprendemos a mirar la vida.