VALVANERA, COBIJO DEL ALMA LIBANESA DE MÉXICO
En medio de una zona de intensa actividad comercial, a unos pasos del Zócalo, está un templo que resume cinco siglos de historia de la Ciudad de México. Muros de tezontle, portadas barrocas y campanario vestido de azulejo, dejan ver que el edificio ha cambiado de nombre, de habitantes, y hasta de rito religioso, sin perder nunca su vocación espiritual.
Hoy es conocido como la Parroquia y Catedral Maronita de Nuestra Señora de Valvanera, sede de la jerarquía Maronita de México, pero su origen se ubica en los primeros años del Periodo Virreinal, cuando esa zona perteneciente al antiguo barrio indígena llamado San Juan Moyotlan comenzaba a poblarse de conventos, hospitales y casas de recogimiento.
Ubicado en República de Uruguay número 132, el conjunto todavía conserva la iglesia y la antigua capilla de Valvanera, únicos vestigios de un convento que durante siglos ocupó casi toda la manzana y que desapareció tras las Leyes de Reforma y las demoliciones de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se modernizó la capital de esta nación.

La historia comenzó en 1573, cuando se fundó en ese sitio el convento del Santo Niño Perdido, destinado inicialmente para las mujeres arrepentidas. Décadas después pasó a manos de las religiosas concepcionistas y adoptó el nombre de Jesús de la Penitencia. La comunidad prosperó gracias al patrocinio de familias acomodadas de la Nueva España.
Esas familias, con mucho dinero y espíritu bondadoso, financiaron la construcción de una nueva iglesia y de amplios espacios conventuales. Fue en el siglo XVII cuando apareció la advocación que terminaría dando identidad a ese templo: Nuestra Señora de Valvanera, antigua y fuerte devoción originaria del monasterio de Valvanera, en La Rioja, España.
La imagen mariana llegó con religiosos españoles profundamente ligados a esa tradición, convirtiéndose en una de las advocaciones más queridas por esas monjas concepcionistas. El templo comenzó a adquirir su aspecto actual en la segunda mitad del siglo XVII, y su fachada combina tezontle rojo y cantera, característicos de la arquitectura novohispana.
Dos portadas gemelas reciben al visitante, y su torre vestida con azulejos de Talavera constituye un elemento icónico del paisaje urbano de esta parte del Centro Histórico. Especialistas acreditan el proyecto arquitectónico a José de Lombayda, y al arquitecto y famoso grabador Jerónimo Antonio Gil el trabajo en etapas posteriores del inmueble.
Lo cierto es que el edificio fue objeto de numerosas modificaciones durante los siglos XVIII, XIX y XX, adaptándose a las necesidades de cada época sin perder su esencia barroca. La historia de Valvanera cambió radicalmente con las Leyes de Reforma que fueron impulsadas y puestas en marcha durante el periodo presidencial de Benito Juárez.
En 1861 las monjas fueron trasladadas, después exclaustradas y el enorme convento fue fraccionado en lotes. Patios, dormitorios y claustros cayeron bajo nuevas construcciones. En 1929 casi todo el conjunto conventual había sido demolido. Sólo sobrevivió la iglesia y algunos espacios anexos, suficientes para recordar la magnitud del antiguo monasterio.
La transformación más inesperada ocurrió en el siglo XX, tras la llegada de inmigrantes procedentes del Líbano. La comunidad maronita encontró allí un hogar espiritual. Desde 1946 funciona como parroquia maronita y, desde 1995, alberga la Eparquía (zona de un convento a cargo del obispo) de Nuestra Señora de los Mártires del Líbano en México

Allí se celebran las liturgias en árabe y español, conservando tradiciones que hunden sus raíces en los primeros siglos del cristianismo oriental. Quienes cruzan hoy sus puertas descubren un interior muy distinto al original. Las sucesivas remodelaciones modificaron buena parte de la decoración barroca, pero todavía sobreviven valiosas obras artísticas.
Destaca una pintura de Nuestra Señora de Valvanera, que dio nombre al templo, así como lienzos que el pintor Carlos Clemente López realizó en 1750, además de imágenes que la comunidad maronita donó a lo largo del siglo XX. Esa iglesia formó parte importante del antiguo sistema de estaciones del Viacrucis Franciscano que recorría el Centro Histórico.
Su verdadera riqueza no radica únicamente en la cantera, el tezontle, la Talavera o sus lienzos. Reside en su extraordinaria capacidad para contar, desde una misma esquina, la historia de la Nueva España, del México independiente y de una comunidad libanesa que encontró entre estos viejos muros un nuevo hogar que, hasta hoy, vive plenamente feliz.

