UNA CASONA AGUSTINA DE HOY EN DÍA

Quien camina por la esquina de República de Uruguay y 5 de Febrero no imagina que detrás de la elegante fachada neocolonial del “Edificio Castilla” sobreviven los muros de una casa levantada cuando la Ciudad de México aún era la capital del virreinato más rico de América. Durante más de 300 años ha sido propiedad conventual, vivienda de alquiler, cantina, hotel, edificio comercial y, finalmente, un ejemplo de restauración patrimonial.

Su historia resume, como pocos edificios del Centro Histórico de la capital, la evolución de la ciudad. El Catálogo Nacional de Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) registra que es de origen virreinal levantado en el siglo XVII con intervenciones en los siglos XVIII, XIX, XX y XXI. Su ubicación no fue casual, fue parte del vasto patrimonio inmobiliario del Convento Grande de San Agustín.

Consecuentemente, era uno de los complejos religiosos más influyentes de toda la Nueva España. Los agustinos poseían mucho más que un convento. Administraban haciendas, colegios, hospederías, y decenas de casas que arrendaban para tener recursos destinados al sostenimiento de la orden. La finca de la esquina de las antiguas calles de Don Juan Manuel y Bajos de San Agustín, hoy Uruguay y 5 de Febrero, era una de sus propiedades.

La belleza singular del edificio se ha mantenido con el paso de los años. Múltiples han sido sus adecuaciones de acuerdo con el paso inexorable del tiempo (Fotos: Graciela Nájera Sánchez)

Allí vivieron comerciantes, empleados virreinales y familias acomodadas que deseaban estar cerca de la Real y Pontificia Universidad, de las imprentas y de uno de los barrios con mayor actividad intelectual. Uno de los atractivos del edificio está en su fachada. El historiador Francisco de la Maza dijo que conserva ajaracas, delicada ornamentación de argamasa formada por numerosas líneas entrelazadas que dibujan figuras geométricas.

Al igual que miles de inmuebles eclesiásticos, la antigua Casa de San Agustín dejó de pertenecer a la Iglesia y pasó a manos particulares, con las Leyes de Reforma. El edificio comenzó una nueva vida como inmueble de renta, adaptándose a la creciente actividad comercial que caracterizó al centro de la capital durante el Porfiriato. El INAH conserva planos de 1938 donde todavía aparece como parte del antiguo conjunto agustino.

Las fotografías de finales del siglo XIX permiten asomarse a aquella época. En la planta baja funcionaba la popular cantina “El Lazo Mercantil”, punto de reunión de empleados, públicos, comerciantes y viajeros que llegaban en tranvía al primer cuadro de la ciudad. En los niveles superiores se rentaban habitaciones, práctica común en el Centro Histórico, donde miles de personas vivían sobre los negocios que daban vida a las calles del rumbo.

Más adelante también funcionó allí “La Vajilla de Oro”, uno de los establecimientos más conocidos de la zona. La transformación que dio al edificio su imagen actual comenzó en 1924, cuando el ingeniero Luis Robles Gil, descendiente del arquitecto Manuel Tolsá, recibió el encargo de modernizar la vieja finca. Su intervención fue ejemplar: conservó la estructura colonial y la enriqueció con un lenguaje neocolonial que aún luce espléndido.

Puso balcones de hierro, arcos, ventanas octagonales, molduras, y un remate inspirado en la arquitectura virreinal. En 1928 abrió sus puertas el “Hotel Ontario”, para comerciantes y viajeros de negocios que llegaban diariamente al corazón financiero de la ciudad. En 1936 el edificio volvió a crecer. Se añadieron dos niveles, una terraza con rasgos art déco, y un torreón coronado por una hornacina con la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Para el paseante nacional o extranjero no hay dificultad para hallar esta joya urbana. La nomenclatura es clara.

El “Hotel Ontario” permaneció activo durante más de cinco décadas. Sin embargo, el deterioro del Centro Histórico y los efectos económicos derivados del terremoto de 1985 precipitaron su cierre. Tras vivir unos años de abandono parcial, un ambicioso proyecto de restauración recuperó su cancelería, mosaicos, elementos estructurales, y su fachada histórica. La rehabilitación permitió devolverle su vocación hotelera, hasta la fecha.

Hoy opera como un establecimiento de hospedaje internacional, y a diferencia de otras casonas del Centro Histórico, no existe evidencia documental que vincule este inmueble con la residencia permanente de héroes nacionales, personajes del arte o la cultura, o figuras políticas de primer orden. Su grandeza radica en haber acompañado la evolución de la ciudad durante cuatro siglos, del esplendor conventual al moderno siglo XXI.

Quizá ese sea su mayor mérito. Mientras miles de personas cruzan la esquina de Uruguay y 5 de Febrero cada día, pocas advierten que bajo la fachada del antiguo “Hotel Ontario” permanece viva la antigua Casa de San Agustín, una construcción que ha cambiado de nombre, de propietarios y de usos, pero que sigue narrando, piedra sobre piedra, la historia del Centro Histórico de la Ciudad de México. Vale la pena conocerlo de cerca.