VICENTE QUIRARTE Y EL PUENTE QUE ELEVÓ A LA CIUDAD DE MÉXICO
Poeta bondadoso y sensible, gran amante de la capital del país, de sus calles, de su gente y de todos sus rincones, Vicente Quirarte, el hombre de letras fallecido apenas este 11 de agosto, escribió su “Nocturno del Puente de Nonoalco”, a la primera obra de ingeniería que pasó sobre la ciudad de México.
Leyendo a Vicente Quirarte se descubre que hay sitios de la Ciudad de México que están destinados a desaparecer, pero que la literatura, la fotografía y la memoria se empeñan en rescatar. El Puente de Nonoalco es uno de ellos. Durante décadas fue mucho más que una estructura para que los automóviles salvaran las vías del ferrocarril, porque fue mirador, frontera, escenario de tragedias reales y cinematográficas, y símbolo de la modernidad.
Fue construido en 1940, durante el gobierno del presidente Lázaro Cárdenasdel Río, para resolver uno de los problemas que el crecimiento de la capital había vuelto cada vez más grave: el cruce de la saturada circulación vehicular y las numerosas vías de ferrocarril que atravesaban la zona de Buenavista y Nonoalco. Se inauguró el 28 de noviembre de ese año, con la visita del entonces vicepresidente de Estados Unidos, Henry A. Wallace.
La comitiva del visitante cruzó aquella nueva estructura en un acto que tenía también un significado político y urbano: la capital mostraba una obra de ingeniería acorde con una metrópoli que crecía con rapidez. Por eso suele considerársele el primer puente vehicular elevado de la capital. No debe confundirse, sin embargo, con el puente ferroviario de Nonoalco ni con otros posteriores levantados en distintos puntos de la Ciudad de México.
El lugar donde fue construido tenía una historia mucho más antigua. Nonoalco formaba parte del paisaje del norte de la ciudad desde tiempos prehispánicos y, ya en el siglo XIX y principios del XX, quedó profundamente ligado al desarrollo ferroviario. Las vías, talleres, patios de maniobras y estaciones transformaron para siempre el entorno. El puente permitió que los automóviles pasaran por encima de aquel mundo ferroviario.
Pero debajo de sus trabes había otra ciudad. Allí vivían y trabajaban cientos, o miles, de ferrocarrileros, obreros y familias que hallaron a la orilla de las vías sitio para sobrevivir. Había vagones utilizados como vivienda, campamentos, comercios y una población que creció al margen de la ciudad ordenada que anhelaba la modernidad. Esa contradicción convirtió a Nonoalco en uno de los paisajes más poderosos de la cultura urbana del país.

El escritor Vicente Quirarte encontró en el puente materia para la memoria y la literatura. En su obra dedicada a la Ciudad de México brilla con luz propia el “Nocturno del puente de Nonoalco”, una evocación que permite mirar la estructura no como una simple obra pública, sino como un lugar cargado de historias. Y la palabra nocturno no parece casual, pues el poeta tuvo su rica fuente de inspiración en las horas posteriores a la caída del sol.
Cuando caía la noche, aquel espacio adquiría otra dimensión. Investigaciones históricas del Instituto Nacional de Antropología (INAH) han documentado ampliamente que el puente y sus inmediaciones estuvieron asociados durante años con encuentros amorosos, prostitución, delitos, accidentes y suicidios. La oscuridad, el movimiento de los trenes y la propia condición marginal del entorno, alimentaron la leyenda negra de Nonoalco.
El cine mexicano también descubrió ese escenario. El puente de Nonoalco y todos los campamentos ferroviarios aparecen vinculados con películas como Un rincón cerca del cielo, protagonizada por Pedro Infante, además de Del brazo y por la calle con Marga López y Manolo Fábregas, y Víctimas del pecado con Ninón Sevilla y Rodolfo Acosta en los roles centrales. La fotografía hizo lo propio y capturó aquel paisaje de vías y humo.
Vicente Quirarte lo convirtió en literatura; Fernando del Paso, en novela; el cine, en escenario, y los fotógrafos, en documento. Entre quienes dejaron testimonio visual de ese mundo se puede citar a Manuel Ramos, Tomás Montero y Juan Rulfo, mientras que fotógrafos como Nacho López contribuyeron a construir la memoria de una ciudad que se transformaba. Un vínculo literario célebre con Nonoalco es el de Fernando del Paso y su José Trigo. Él recorrió los campamentos y observó la vida en los vagones. Sin embargo el texto de Quirarte resulta el más entrañable por el humanismo que el autor derrama allí.
Con el paso de los años, la transformación urbana modificó radicalmente el paisaje. El ferrocarril perdió presencia, los antiguos campamentos desaparecieron y la ciudad siguió creciendo hasta borrar buena parte de aquel mundo. A pesar de eso, Nonoalco permaneció en la memoria, por eso el viejo puente merece ser recordado más allá de su condición de obra de ingeniería. Para conocer uno de sus rostros humanos, hay que releer a Quirarte.

