UN PUÑADO DE VASCOS BONDADOSOS

Producto de una idea concebida hace casi tres siglos por un grupo de comerciantes vascos avecindados en la Nueva España, se levantó uno de los edificios civiles más asombrosos de América y la institución educativa que, hasta hoy, tiene la trayectoria ininterrumpida más larga del continente: el Colegio de San Ignacio de Loyola Vizcaínas

Antes que colegio, fue una promesa. La promesa que ninguna mujer quedara abandonada por la pobreza, la viudez o la orfandad, en todo el virreinato. El Colegio fue fundado en 1732 por la Cofradía de Nuestra Señora de Aránzazu. 35 años después, el 9 de septiembre de 1767, abrió sus puertas a las primeras alumnas. Un día memorable.

Es un monumental edificio construido para educar y proteger a niñas huérfanas, doncellas y viudas sin recursos. Desde entonces jamás ha suspendido sus actividades, ni siquiera durante las guerras, epidemias, invasiones extranjeras o revoluciones que transformaron la historia de México. Su historia comenzó con un acto de filantropía.

El viejo edificio donde hasta la fecha se sigue fomentando la educación, de acuerdo con el deseo de un grupo de vascos de corazón bondadoso. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Los integrantes de la Cofradía de Aránzazu, originarios de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra, decidieron dar parte de su fortuna a una institución dedicada exclusivamente a la educación femenina, algo profundamente innovador para el siglo XVIII. El gran edificio ocupa casi una manzana completa del Centro Histórico de la CDMX.

Sus gruesos muros de tezontle y cantera, escalinatas monumentales y grandes patios y largos corredores fueron concebidos para albergar dormitorios, enfermería, biblioteca, salones, talleres, cocina, capilla y huerta. Se ofrecía seguridad, higiene, educación y autonomía a cientos de mujeres. El inmueble se conserva casi intacto.

Esa construcción, con su traza prácticamente original, ha sobrevivido increíblemente: vio desfilar a los últimos virreyes de la Nueva España, escuchó el sonar de las campanas de la Independencia, resistió la invasión estadounidense de 1847, permaneció abierta durante la Guerra de Reforma, el Segundo Imperio y la Revolución Mexicana.

Su carácter de institución civil y de beneficencia permitió que Benito Juárez respetara su autonomía cuando numerosas propiedades religiosas fueron nacionalizadas, asegurando así su continuidad educativa. Entre sus muros también floreció una de las experiencias más importantes para la formación laboral femenina en México.

Durante el siglo XX funcionó la Escuela de Artes y Oficios, donde cientos de jóvenes aprendieron costura, bordado, dibujo, mecanografía, taquigrafía y otras disciplinas que les permitieron incorporarse al mundo laboral medianamente remunerado, en tiempos que las oportunidades para las mujeres mexicanas eran todavía limitadas.

La experiencia está documentada en el Archivo Histórico de la institución, uno de los mayores tesoros documentales de América Latina, con más de 300 años de libros de matrícula, expedientes, cartas, inventarios, testamentos, planos y documentos sobre la educación y vida cotidiana de miles de mujeres novohispanas y mexicanas.

Los integrantes de la Cofradía de Aránzazu, originarios de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra, decidieron dar parte de su fortuna a una institución dedicada exclusivamente a la educación femenina. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Su relevancia internacional fue reconocida en 2013, cuando la UNESCO incorporó sus fondos documentales al Registro Memoria del Mundo, por considerar que permiten comprender la evolución de la educación, el papel social de la mujer y la historia de la beneficencia en México; para el INAH, el edificio es Inmueble Histórico.

“Las Vizcaínas”, como se le conoce popularmente, también custodia un museo con pinturas virreinales, esculturas, mobiliario, relojes, textiles, libros antiguos y piezas de arte sacro que narran la evolución de la institución y del país. Caminar por sus patios es recorrer casi tres siglos de historia nacional en una misma manzana.

Actualmente, el colegio sigue impartiendo educación desde maternal hasta preparatoria. Más de 30 mil egresados han pasado por sus aulas, mientras cerca de la mitad de su alumnado recibe algún tipo de beca, manteniendo vivo el espíritu asistencial con el que nació en el siglo XVIII gracias a la bondad de un puñado de vascos.

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