LA TRANSFORMACIÓN DEL PUEBLITO DE ROCHA

De espacio rural a populoso barrio, es hoy

escenario de intensa actividad comercial

Metafóricamente, hace años parecía otro mundo. Aunque se encontraba a menos de un kilómetro de Guanajuato, llegar allí era como viajar al pasado: una vez recorrido el tramo encañonado que se conoce como Cerro Trozado, se descendía un camino rural hasta las primeras, contadas y pequeñas casas de adobe, rodeadas por cerros pelones, entre los cuales, no obstante, corrían riachuelos de aguas transparentes.

El Cerro Trozado, desde siempre acceso al Pueblito de Rocha.

A lo lejos, la Quinta Denné daba la impresión de un palacio en ruinas. Sobresalía, en el centro de la comunidad, casi sobre el arroyo principal, un pequeño lienzo charro, propiedad de la familia que dio nombre al lugar, de apellido Rocha, conocida precisamente por su afición a la charrería. Justo al otro lado de la senda, un puente de ferrocarril complementaba la vista con su estructura de oscura madera que sostenía los rieles por donde, dos veces al día, transitaba la traqueteante Burrita.

Varios arroyos profundos cruzan la zona.

Al paso de los años, se empedró la calzada. Luego, aparecieron improvisadas viviendas en la cuesta situada a espaldas del panteón de Santa Paula. Una flamante carretera hacia el Museo de las Momias puso la zona en la mirada de los habitantes del área urbana. El sitio se transformaba, paulatinamente, de “pueblito” en barrio. La necesidad de vialidades alternas para salir del centro de la ciudad cambió el empedrado por asfalto. El gobierno local se vio obligado a solucionar, a toda prisa, los desniveles existentes a causa de las corrientes acuáticas.

La abandonada Plaza de Toros.

El incremento del flujo vehicular llevó oportunidades comerciales que fueron oportunamente aprovechadas. Entonces, todo cambió. La construcción de la colonia Noria Alta, la Normal Superior, la Universidad Pedagógica Nacional y la Plaza de Toros detonó un crecimiento -acelerado, caótico- imparable. Pronto, a ambos lados de la ruta surgieron viviendas y comercios como hongos después de la lluvia. Las casas comenzaron a escalar los cerros, cada vez más alto y más lejos.

La gente, necesitada de un hábitat, se acomodó de la manera que pudo. Ya que la zona no es atractiva para los turistas, los recursos oficiales y servicios públicos llegaban a cuentagotas… si es que llegaban. Así que los vecinos, viejos y nuevos, procedentes en su mayoría de las capas menos favorecidas de la población, demostraron estar habituados al trabajo duro y, en base a esfuerzo propio, dieron forma a su asentamiento: hicieron aceras, callejones y hasta levantaron una iglesia.

La calle principal.

En los primeros años de la década de 1980, la autoridad decidió edificar allí un espacio para el esparcimiento de niños y niñas. El Centro de Convivencia Infantil del Encino, hoy muy venido a menos, ubicado en la vertiente de una antigua presa, constituyó el reconocimiento virtual de la importancia del emplazamiento (el lienzo charro fue convertido en foro teatral). Las rutas del transporte público multiplicaron sus corridas por el rumbo y, muy cerca, se estrenaron, ya en los 90, el enorme Auditorio del Estado y el Centro de Convenciones.

Centro de Convivencia Infantil del Encino.

La extensión del sector dio origen a más colonias. Al amparo de la abandonada plaza de toros creció la Santa Fe, famosa por ser hogar primero de un cantante de fama notable. La Escuela Secundaria Técnica 34 sería el germen de lo que posteriormente se bautizó como El Encino. El panteón nuevo -situado, al igual que el viejo, en la cima de un cerro- amplió la superficie habitada. En nuestros días, aún es posible reconocer el paisaje original, solo que donde hubo matorrales hoy hay casas; lo que fueron arroyos son callejones; las viejos rutas rurales se han vuelto carreteras.

Y sobre todo, existe un cambio mucho más profundo: ya no se crían cabras, pollos o vacas, ni se siembran maíz y frijol; ahora la oferta mercantil abarca prácticamente todo: los víveres se adquieren en varias pollerías, tortillerías, fruterías, carnicerías, birrierías y marisquerías. Bienes de diferente tipo se obtienen en dos farmacias, diversos expendios de cerveza, una gran ferretería, tiendas de conveniencia. Casas de empeño, talleres mecánicos y refaccionarias atienden otras necesidades. Por las noches, el antojo se puede satisfacer en puestos de pan o tamales, taquerías y fondas. El dinamismo comercial es tal, que los vehículos de clientes y proveedores evidencian la insuficiencia de la principal arteria, siempre saturada de autos.

Se vende casi de todo.

De aquí para allá deambulan igualmente canes que hacen de la calle su hogar y uno que otro vagabundo, quienes por otra parte, junto con los numerosos pepenadores, evidencian que también existen serios problemas: desempleo, la consiguiente miseria, drogadicción, inseguridad, marginación social y la pobre imagen urbana (los parques son inexistentes) se encuentran entre los pendientes de difícil solución.

No obstante, existe una determinación colectiva de progreso. Cientos de habitantes, sudando por el intenso calor en verano o temblando de frío en invierno, esperan cada día en calladas filas su transporte al trabajo; madres y abuelas llevan niños de la mano al jardín de infantes o a la primaria. Al atardecer, jóvenes estudiantes dan una nota de alegría y relajo cuando salen del CBTIS y de las dos secundarias cercanas.

Comercio en auge.

De vez en vez, se escuchan en alguna calle las notas de música popular que anuncian una fiesta familiar o de barriada. Es entonces cuando el “Pueblito” (así, a secas) descarga el polo positivo de la energía que lo ha llevado a ser un referente del acontecer citadino, energía que se manifiesta en la brillante luz azul que, noche a noche, ilumina la cruz de su templo, como un símbolo de fe en que los tiempos siempre pueden ser mejores…

El templo, dedicado a la Virgen de la Luz