EL TEMPLO MÁS APARTADO

La iglesia de San Francisco Javier recibe a quien llega por el norte a Guanajuato


Hace algunas décadas —no muchas— quien llegaba a la cañada donde se asienta Guanajuato, desde el sur, era recibido por un amplio, bello y espectacular espacio verde, conocido como Los Pastitos, mismo que aún existe y junto al cual se levanta desde entonces un tradicional y famoso hotel. Hacia el otro extremo, por el norte, probablemente con el afán de presentar al visitante un panorama similar, se diseñó igualmente un área ajardinada, aunque más pequeña. Sin embargo, lo primero que ve el viajero que arriba por este último sitio es un arco cantera que sirve de marco a una iglesia al otro lado de la calle, donde también existen no uno, sino varios establecimientos de hospedaje.

La iglesia desde el arco de entrada en los años 1970.

El viejo Real de Minas aglutina en su núcleo numerosas iglesias y capillas, al grado de que un recorrido por el corazón citadino llena la vista de fachadas barrocas, neoclásicas, campanarios y torres a elegir. Sin embargo, existen unos pocos templos que escapan a la regla: el de la Asunción, por los rumbos de la presa; el Santuario Guadalupano, en lo alto de un cerro, y claro, el de San Javier. La única edificación similar cercana a esta última es la pequeña capilla de San Antonio de Padua, ubicada sobre la calle Alhóndiga, a unos centenares de metros.

Vista actual del templo.

La iglesia de San Javier, como se le conoce, se alza solitaria a la vera de la calle, sobre una plataforma a la que se accede por una ancha escalera. Originalmente, fue la capilla que daba servicio a los propietarios y trabajadores de la hacienda de beneficio de San Francisco Javier, amplia construcción convertida hoy en conocido hotel, en cuyo muro frontal termina prácticamente la calle, que entonces allí se bifurca para rodear el complejo hotelero por ambos lados, constituyendo a la derecha la salida a Dolores Hidalgo y a la izquierda la entrada al Centro Histórico.

El inmueble religioso en mención, actualmente de color rojo y con una sola torre, domina el panorama. Fue edificado el 8 de diciembre de 1869, según consta en una placa de cantera colocada sobre la portada, de sobrio estilo neoclásico. En los alrededores, además del parque antes mencionado, que se extiende por ambas aceras, quedan viejos y gruesos muros de otras exhaciendas. Sólo hacia la parte trasera del templo hay un conjunto de viviendas comunicadas a través de cortos callejones, y un poco más allá existe un conjunto de departamentos relativamente reciente.

Vista amplia de La Hacienda de San Francisco Javier con la iglesia en primer plano. En la segunda imagen, retrato de “Francisco Javier” realizado por Bartolomé Esteban Murillo, 1670. (Imagen tomada de Wikipedia)

La iglesia fue dedicada a San Francisco Javier, misionero que se cuenta entre los fundadores de la Compañía de Jesús y estrecho colaborador del fundador de la misma, San Ignacio de Loyola. Había nacido en la localidad de Javier, Navarra, al norte de España, el 7 de abril de 1506. Estudió en la Universidad de la Sorbona, en París. Destacó por sus misiones en el oriente asiático y en Japón, por lo que recibió el sobrenombre de “Apóstol de las Indias”. Se dice que durante su labor recorrió más de 120 000 km. Murió el 3 de diciembre de 1552, en la isla de Sanchón (China), debido a una pulmonía.

Sin embargo, el santo no ocupa el lugar de honor del templo, sino que aparece sólo en una pintura colocada sobre el altar. En el nicho principal del altar, se ubica la imagen de la Virgen María, la cual tiene a sus lados las esculturas de sus padres, Santa Ana y San Joaquín. La nave es de un solo cuerpo, pero muy luminosa, gracias a que recibe suficiente luz de varias sencillas ventanas y a la pintura blanca de las paredes, mismas que lucen los cuadros del Viacrucis y dos esculturas religiosas.

La sencilla nave de la iglesia, la cúpula y una de las benditeras.

El silencioso templo posee también una gran e interesante escultura de un arcángel, justamente debajo del coro. Asimismo, una de las paredes muestra una abertura con una llamativa pieza escultórica que consta de una cruz y una manta o sudario, posible representación del Santo Sepulcro. La cúpula, pequeña, no muestra más adorno que un óculo, del cual pende una pequeña araña de blancas lámparas. No obstante, como todos los recintos religiosos, su ambiente otorga una sensación de quietud, de una calma que invita a reconciliar el espíritu con el mundo, quizá sólo un reflejo de las enseñanzas católicas recibidas en la infancia.

Un gran arcángel y una representación del Santo Sepulcro decoran una de las paredes.

El recinto abre únicamente los domingos, cuando hay misa, o bien para ceremonias especiales contratadas por la feligresía del rumbo: presentaciones, primeras comuniones, bodas, etc. Asimismo, los fieles acuden al sitio los días de fiesta, en este caso un par: el 2 de julio, cuando se celebra la llegada de la Virgen de la Luz a la ciudad de León, y el 3 de diciembre, día del patrono del templo, un santo que, casi medio milenio después de su muerte, aún conmueve la fe de los creyentes, particularmente de los que habitan en el barrio que lleva su nombre: San Javier.

Vista hacia el coro. En seguida, esculturas situadas a ambos lados de la nave.