EL FONÓGRAFO: EL MÁGICO Y CELESTIAL ENCANTO DE UN “APARATO DEL DIABLO”

Léase el presente con fondo con la música de “Pajarillo barranqueño”, entre un “siseo” abrumador, de un disco de 78 revoluciones por minuto y luego imagine una tienda de cualquier ciudad, allá en el porfiriato. Afuera, un grupo de curiosos (“valedores, rotos prángana, lustradores de calzado, curiosos, desarrapados y niños de las vecindades del primer cuadro de la ciudad”, describe el investigador José Pablo Dueñas Herrera) rodeaba a una máquina parlante. Era un invento que llegaba con el nuevo siglo: el fonógrafo.

A finales del siglo XIX, la modernidad porfiriana recibía con sorpresa increíble para los pobladores de las principales ciudades a los tranvías y el foco o “bombilla” eléctrica. A lo anterior se agregó el fonógrafo, mágico aparato que entró por la puerta de los hogares en los albores del siglo XX.

Al principio se trataba de reproductores de cilindros, que debían ser montados y desmontados con una habilidad mínima requerida para no dañarlos. Los primeros cilindros fonográficos arribaron a la ciudad de México en 1890 “vía el camino ferroviario Veracruz-Puebla-Ciudad de México”, inaugurado por el presidente Sebastián Lerdo de Tejada en 1873.

El fonógrafo, aparato en apariencia mágico, que entró por la puerta de los hogares a comienzos del siglo XX.

Dueñas describe que “venían embalados meticulosamente los aparatos reproductores llamados gramófonos o fonógrafos que permitían escuchar, con asombrosa calidad, todo género de voces y música: danzas, marchas, ópera, canciones románticas, música folclórica, y diversos temas sinfónicos que Edison grababa en la Unión Americana.”

Los leídos, los de cuello almidonado, se asombraban de aquel avance tecnológico, creación del trabajo surgido del prolífico inventor Tomás Alva Edison en su laboratorio de Menlo Park, en Estados Unidos.

La publicidad de aquella época invitaba a comprar una de estas máquinas parlantes que no eran baratas, pues se cotizaban en pesos oro, aunque se podían pagar a plazos. Sin embargo, era una inversión que valía la pena debido a que le permitía el gusto de grabar la propia voz, o cualquier otro sonido que se dirigiera a la bocina del aparato la que, a su vez, plasmado el fonograma, difundía el sonido de lo ya grabado en un cilindro virgen en forma de vaso. 

Al principio se utilizaron cilindros de cartón recubiertos de estaño, más tarde de cartón parafinado y luego de cera sólida, que le daría mayor calidad y durabilidad y que se comercializó desde 1889, era una pasta negra conocida como shellac. En España y en algunas partes de Europa, al cilindro, al disco de 78 revoluciones por minuto y al de vinilo se les conocen como shellac.  Fue el dispositivo más común para reproducir sonidos grabados desde la década de 1870 hasta la década de 1880.

Esa tecnología, cara para su tiempo, llegó a las ciudades del estado de Guanajuato y una de las formas de sacar provecho a la inversión era convertirlos en atractivos para el comercio. Ante el desconocimiento de la existencia de elementos que confirmen cómo los guanajuatenses del porfiriato e inicio de la revolución escuchaban el fonógrafo, sólo queda interrogar a documentos de la época. La prensa es una de las opciones:

En 1899, El Imparcial, diario de la ciudad de México que circulaba en las principales ciudades del estado de Guanajuato, publicaba un anuncio pagado por la Agencia “Edison”, ubicada en calle de la Profesa número 2. Ofrecía fonógrafos y gramófonos, todavía en formato de rodillo y un repertorio de más de mil piezas grabadas.

Para 1903 ya se anunciaba la venta de fonógrafos reproductores de discos de acetato y para 1908, la mercería “El Jonuco”, ubicada en calle del Refugio número 9, enviaba por correo un catálogo y mandaba el aparato a cualquier parte del país.

Una fotografía publicada en mayo de 1903 en Mundo Cosmopolita, revista de la ciudad de México, reflejaba los quehaceres del México porfirista: una multitud alrededor de un fonógrafo. Guanajuato era parte de la prosperidad porfiriana y sería espacio para una escena similar.

La pista sobre la presencia del fonógrafo en el estado la dan periódicos de varias ciudades del estado en los que aparecían anuncios con la foto o el grabado una de las maravillas tecnológicas de la época: el fonógrafo, con sus variantes de funcionamiento y diseño con sus correspondientes nombres alternativos como gramófonos y “máquina parlante”. 

La posibilidad de adquirir un “aparato del diablo” aumentó para los guanajuatenses con la llegada del siglo XX. Ubicada en 1a. de Guanajuato número 1 (hoy Calle Madero), “La Esmeralda” vendía en 1903 “a precios de la capital” las “famosas máquinas parlantes” y discos “Víctor”. Al contado o en abonos, la gente podía comprar fonógrafos, agujas, bocinas, estuches, muebles para discos y otros etcéteras.

Y lo que seguramente fue un asombro público, pregonaba: “Pase Ud. á oír un disco de estas famosas máquinas. Probaremos a Ud. la superioridad de estos aparatos sobre sus similares”.

Calle 1a. de Guanajuato (hoy Calle Madero), de León. En “La Esmeralda” vendían fonógrafos.

Wiechers y Gómez, los “agentes especiales” y socios de la tienda, pagaban otro anuncio para discos: los de 10 pulgadas de diámetro costaban $ 1.75 y los de 12 pulgadas, $ 3.00. Los precios se fueron haciendo accesibles y para 1909 estos socios ofrecían el Grafófono “Columbia”, que contaba con brazo acústico de aluminio que no metaliza los sonidos”. El modelo “invencible” estaba a “oferta sin precedente”: $ 56.75, “con 10 hermosas colecciones á su gusto”.

El fonógrafo “Víctor” tenía aparatos que iban de los $27.00 a los $ 250.00, para hacerse de la “maravillosa máquina que llevará á su casa las voces de los más célebres Cantantes, Bandas, etc.”.

Para 1910, en Celaya, los Grandes Almacenes de Aguado y Mayo Barrenachea, de San Luis Potosí, anunciaba en La Vanguardia la venta de una amplia variedad de muebles e ilustraban su anuncio con el grabado de un fonógrafo con un “gancho” publicitario: “La casa que vende a precios de mayoreo al consumidor”.

En los semanarios de la ciudad de Guanajuato no se consigna en esa época ninguna tienda que vendiera los aparatos, pero se podía adquirir de otras maneras: dos referencias en la prensa capitalina son la promoción de conseguir gratis una “máquina parlante”, publicada en 1909 en La Opinión Libre, y un anuncio de una tienda de la ciudad de México publicado en El Barretero en 1911. El primero se trataba de un anuncio tramposo, pues había que vender cuatro pesos oro de chácharas para hacer méritos y adquirir un fonógrafo de rodillo, tecnología en desuso para la época, o una linterna mágica, un proyector de “vistas” fotográficas ya también tecnológicamente anacrónico. El segundo promovía la venta del fonógrafo “Edison”, que tenía como novedad la bocina “Cygnet” y fonogramas “Amberol”.

El “aparato del Diablo”

El aparato era la novedad del siglo y del porfiriato para escuchar el variadísimo repertorio que la gente podía percibir a través de una bocina de baquelita en forma de trompeta, o bien, pegándose al oído el extremo de las tripitas de látex que se conectaban a la máquina y que asombrosamente dejaban oír aquellos maravillosos sonidos que parecían “cosa de magia”, salidos del fonógrafo, un “invento del diablo”, según algunos. 

En las últimas décadas del siglo XIX, Thomas Alva Edison y un numeroso equipo de apoyo trabajaron para perfeccionar el fonógrafo, patentado y bautizado por el genio estadounidense que contaba con el respaldo de brillantes cerebros que fueron parte de la corte científica del inventor: Joseph Henry, Nicola Tesla, Francis Upton y George Eastman, entre otros. 

Edison anunció la invención de su primer fonógrafo y la primera pieza interpretada fue “Mary had a little Lamb” (“Mary tuvo un corderito”) el 21 de noviembre de 1877; mostró el dispositivo por primera vez el 29 de noviembre de ese mismo año y lo patentó el 19 de febrero de 1878.

Dice la descripción técnica que “el fonógrafo utiliza un sistema de grabación mecánica analógica en el cual las ondas sonoras son transformadas en vibraciones mecánicas mediante un transductor acústico-mecánico” y que “estas vibraciones mueven un estilete que labra un surco helicoidal sobre un cilindro de fonógrafo y para reproducir el sonido se invierte el proceso”.

Escenas que fueron volviéndose cotidianas ante la presencia cada vez más constante del fonógrafo. Por ejemplo, en la segunda imagen, españoles escuchando en grupo un fonógrafo

Grabar y escuchar

Daniel Dueñas describe que en esa época “los estudios de grabación eran tan elementales” y tenían “inconvenientes tan notables” que explican un curioso relato: la empresa estaba en la salida a Cuernavaca, cerca de las vías de ferrocarril y tenía que interrumpir el trabajo de grabación debido a que el silbato de los trenes solía escucharse de improviso.

En 1975, el Instituto Nacional de Antropología e Historia editó un disco en acetato llamado Evocaciones de la Máquina Parlante, como parte de la colección “Testimonio Musical de México”. En él reproduce “Ojos de juventud”, “Los gorriones”, “Trigueñita”, “China de los ojos negros”, “Pájaros que se alejan”, “Albur de amor” “Jilguerito”, “Pajarillo barranqueño”, “El Bajío”, “Coplas de don Simón”, “Tampico Hermoso” o el relato que explicaba “La guerra de la Europa”.

Existe actualmente la Sociedad Mexicana de Estudios Fonográficos, misma que investiga y difunde tanto el impacto histórico del fonógrafo como las grabaciones de la época

¿Quiénes compraron esos “aparatos del diablo” y escucharon los discos de estridencia metálica en el Guanajuato porfiriano? Habrá que preguntar a los abuelos si recuerdan algo de su niñez o de las pláticas de sus padres; habrá que buscar en los desvanes y los cuartos de chácharas algún vestigio que nos remita a esos tiempos de añoranza, riqueza y glamour, pero también de explotación, violencia y dictadura.

Fuentes 

DUEÑAS Herrera, Daniel, “La magia del fonógrafo. Voces atrapadas en discos y cilindros”, publicado por Sergio Autrey Maza en la revista mensual Relatos e Historias en México, número 14, octubre de 2009, Editorial Raíces. Este articulista es médico egresado del Instituto Politécnico Nacional y está a cargo de la programación en la estación XEB (La B Grande de México) del Instituto Mexicano de la Radio (Imer), emisora que en mayo del año pasado festejó un cuarto de siglo de su fundación con la muestra “Días de radio”. 

Periódicos

La Opinión Libre y El Barretero, de la ciudad de Guanajuato (1909 a 1911); El Obrero, de la ciudad de León (1908); La Vanguardia, de Celaya (1910) y El Imparcial, de la ciudad de México (1899 a 1908).