LA CASA DE LOS AZULEJOS

Espectacular y hermosa, perfectamente conservada y abierta al público más diverso de la Ciudad de México, del país y del mundo entero, la Casa de los Azulejos es uno de los palacios residenciales del siglo XVIII que dignamente se mantienen en pie en la capital. En su interior habitan tesoros históricos y culturales que son la admiración del visitante.

A lo largo de su existencia, este edificio ha acumulado sucesos escalofriantes, anécdotas históricas, y episodios culturales de enorme importancia que, junto con su churrigueresco diseño y sólida construcción, lo hacen una joya capitalina. Por fuera o por dentro, desde su planta baja o desde lo alto de su señorial escalinata, es un placer poder contemplarlo.

Sobre su fachada de azulejos blancos y azules se decía al principio que habían sido traídos de China, diseñados exclusivamente para esa casa. Sin embargo, conforme pasó el tiempo se reveló que en realidad habían sido elaborados en una alfarería de talavera propiedad de unos frailes Dominicos de Puebla. Como sea, chinos o poblanos, los azulejos son su sello.

Inconfundible fachada de la Casa de los Azulejos. (Fotografía, Graciela Nájera Sánchez)

La fuente ubicada en el patio principal del interior de la casa, las altas columnas de piedra, las gruesas paredes y los polines de grandes dimensiones, guardan celosamente memorias de amor, de crímenes cometidos en su nombre, y de terremotos soportados en medio de la angustia, lo mismo que dos murales, y el recuerdo de revolucionarios tomando rico café.

La historia de los moradores de la Casa de los Azulejos comienza cuando Don Damián Martínez, presionado por sus acreedores, tuvo que cederla en propiedad a Don Diego Suárez de Peredo, quien se adjudicó la finca por la cantidad de 6 mil 500 pesos y tomó posesión de ésta y de la Plaza Guardiola la fresca mañana del 2 de diciembre de 1596.

Don Diego la heredó a su hija Graciana, quien se casó con Don Luis de Vivero, segundo Conde del Valle de Orizaba. Se cuenta que, pasadas algunas generaciones, uno de los Condes del Valle de Orizaba tuvo un hijo que, fiado en sus riquezas, pasaba más tiempo en fiestas y derroches que en atender los ingenios de azúcar que heredaría de su padre.

El viejo Conde, cansado de las constantes reprimendas, regaños y consejos que daba a su disipado y licencioso hijo, decidió lanzarle un reto: “Hijo, con esa vida nunca llegarás lejos, ni harás casa de azulejos”, dándole a entender que era un bueno para nada, un flojo que no levantaba ni un popote en su casa y un parrandero que se desvelaba todos los días.

A pesar de su vida despilfarradora, débil carácter y pobre juicio, esas palabras hicieron mella en el joven quien, por cierto, se dice que era bien parecido, un bello mancebo, todo un Adonis. Poco a poco fue cambiando su forma de ser, prometiendo reedificar la casa que su padre tenía por imposible. Al cabo del tiempo, el hermoso efebo cumplió el reto.

Fotografías Casasola de los líderes zapatistas Mayores Ayaquica y Agustín Muñoz Castro, desayunando en Sanborns, en uno de los comedores de la Casa de los Azulejos. (Fotografías de las fotografías de Casasola, Graciela Nájera Sánchez)

La anécdota concluye cuando el muchacho cumplió lo ofrecido y reconstruyó el Palacio Azul, convirtiéndolo en la Casa de los Azulejos. De acuerdo con los datos disponibles, el joven maduró, se casó con una agraciada joven de noble familia y tuvo varios hijos, con los que jugaba en sus ratos libres, porque se dedicó seriamente a los negocios de azúcar.

Otro suceso que causó conmoción fue el siguiente. El 18 de octubre de 1731, la Condesa del Valle de Orizaba, Doña Graciana de Vivero y Peredo, una mujer devota del Cristo de los Desagravios pidió prestada al Convento de San Francisco la escultura en tamaño natural que representaba al santo y la colocó en su sala principal para rezar de inmediato.

El 7 de noviembre, a las 9:00 de la noche, la ciudad fue sacudida por un fuerte terremoto. El hijo de la Condesa, Don José, recorrió la casa para revisar los daños, se acercó al cristo para besar su costado. Al notar que estaba húmedo alzó los ojos y se topó con una imagen totalmente alterada; de tener un rostro casi vivo, el Cristo tenía un aspecto cadavérico.

Con la sorpresa y el temor que el suceso le causó, Don José lo contó con lujo de detalles a su madre y a varias personas de su confianza, quienes de inmediato dieron fe del milagro. Sacerdotes, médicos, pintores y escultores fueron testigos de este acontecimiento. Unos dijeron que se trató de un verdadero milagro, y otros señalaron que fue algo sobrenatural.

La dirección del palacio es en realidad el diminuto Callejón de la Condesa, que va de la calle 5 de Mayo a la avenida peatonal Francisco I. Madero. Se cuenta también que cierta ocasión ese estrechísimo callejón, sobre una de las caras de la Casa de los Azulejos, fue el escenario de un curioso incidente, protagonizado por dos acaudalados nobles caballeros.

Los carruajes de ambos señores llegaron al callejón por polos opuestos y se encontraron a la mitad del camino. Como ninguno de los dos quiso echar su carruaje hacia atrás, para ceder el paso al otro, ambos permanecieron allí, sin moverse y cara a cara, durante tres días y tres noches, hasta que el Virrey ordenó que los dos retrocedieran al mismo tiempo.

Imágenes que muestran aspectos de la famosa casa durante los días de la Revolución Mexicana. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Los dos retrocedieron en forma simultánea y despejaron el callejón por el mismo lado por el que habían entrado. Esta escena fue utilizada como símbolo del callejón, e incluso, se ha reproducido en la caja de la línea de chocolates “La Condesa” de la firma Sanborns Hermanos, actual dueña de la Casa de los Azulejos habilitada como tienda y restaurante.

Los Condes del Valle de Orizaba siguieron habitando el viejo palacio, y el 4 de diciembre de 1828, en medio del desorden por el Motín de la Acordada, el Oficial Manuel Palacios entró a la Casa de los Azulejos en el momento que el ex Conde Don Andrés Diego Suárez de Peredo bajaba de prisa la escalera y le asestó varias puñaladas hasta dejarlo sin vida.

De ese horroroso suceso hubo varias versiones, pero la verdad es que fue una venganza personal del oficial, porque Don Andrés Diego se oponía a que tuviese relaciones con una joven de la familia. Condenado a pena de muerte, el culpable fue ejecutado en la Plazuela de Guardiola. Dicen que hasta la fecha ronda por allí el alma de Don Manuel Palacios.

El siglo XX mexicano también aportó cosas interesantes a la Casa de los Azulejos. Era 1903 cuando en ese inmueble comenzó a dar servicio una farmacia (en apenas 30 metros cuadrados) con un capital inicial de menos de 10 mil pesos. En 1907 se amplió en una superficie de 250 metros y en 1909 ya era una empresa con varios empleados de planta.

Luego, cambió de razón social por Sanborns Hermanos, se ampliaron las instalaciones de la droguería y el patio de la casa, y se agregó un departamento de novedades y regalos. De esa forma se ocupó la totalidad de la Casa de los Azulejos con una superficie de 1 500 metros cuadrados, respetando la arquitectura y el lujo que tuvo desde que se construyó.

El mural “Omniciencia” que José Clemente Orozco pintó en el cubo de la escalera en 1925. (Fotografía, Graciela Nájera Sánchez)

El 6 de diciembre de 1914, tras la Convención de Aguascalientes, el ejército de Pancho Villa formado por campesinos y rancheros, y el Ejército Libertador del Sur de Emiliano Zapata, desfilaron triunfalmente por las principales calles de la ciudad. Los líderes zapatistas Mayores Ayaquica y Agustín Muñoz Castro decidieron desayunar en Sanborns.

Líderes y tropa descendieron de sus caballos, y entraron al restaurante que ya era punto de reunión de las clases privilegiadas. El Palacio Azul de los Condes del Valle de Orizaba popular y simplemente llamado Casa de los Azulejos por las fachadas tan singulares que tiene, fue donde los revolucionarios desayunaron café con leche, pan de dulce y huevos al gusto.

En el interior de la casa hay también dos obras de arte, un par de murales excepcionales que siguen siendo admirados por cientos de personas cada día: un mural de pavos reales que el rumano Pacologue realizó en 1919, y una de las primeras obras de José Clemente Orozco, Omniciencia, que el artista plasmó en el hueco de la escalera en el año 1925.