ENTRE LA DEVOCIÓN RELIGIOSA Y LA VIDA COTIDIANA

El mundo virreinal, heredero de múltiples cosmovisiones, se expresó mediante un rico lenguaje simbólico. Arquitectura, pintura, escultura, y artes decorativas se vistieron, tanto en la tradición religiosa como en la civil, de nutridas narraciones, descripciones y alegorías. Bajo las líneas didácticas y evangélicas del Barroco (que más que un estilo artístico fue un estilo de vida), los símbolos definieron el pensamiento y la sensibilidad virreinales.

Esa es la síntesis que el visitante que contempla gozosamente la exposición permanente La Colección Virreinal, tesoro artístico del Museo Nacional de Arte (MUNAL) de la Ciudad de México, en pleno Centro Histórico, cuya curaduría acude a varios espejos, entre la devoción religiosa y la vida cotidiana, para presentar a las más célebres dinastías de pintores novohispanos: los Echave, los Juárez, los Rodríguez Juárez y los Correa.

Entre las obras de la colección pueden admirarse las pinturas: La resurrección de Cristo, La asunción de la Virgen y la Inmaculada Concepción. (Fotografías de obra, Graciela Nájera Sánchez)

Un lugar fundamental lo ocupa el influjo claroscurista del sevillano Sebastián López de Arteaga, recientemente estudiado bajo nuevas ópticas de materialidad y conservación en las salas del MUNAL. Asimismo, los temas sacros de Alonso López de Herrera alcanzan el cénit de la plástica novohispana el en siglo XVII. Un núcleo, dedicado al patrón de los caminantes, San Cristóbal, reúne piezas emblemáticas de la hagiografía (vida de santos) cristiana.

En la tradición hagiográfica, Cristóbal es descrito como un gigante que servía a distintos señores. Un día, un sabio ermitaño le dijo que habría de atender al más grande de todos. Así, un pequeño niño le solicitó llevarlo de un lado al otro del río. El peso del infante obligó a Cristóbal a apoyarse en su bastón, y con sorpresa, supo que se trataba de Jesús. También símbolo del “sostenimiento del mundo”, su nombre significa “El que porta a Cristo”.

El carácter civil y festivo del mosaico sociocultural de la Nueva España está representado en la serie de castas del catalán Francisco Clapera, al lado de los interesantes paisajes con escenas cotidianas que han regresado a las Salas Permanentes del museo, que ocupan casi la totalidad del segundo piso del recinto. El género del retrato, sacro y profano tiene un lugar especial en el acervo del MUNAL inaugurado, por cierto, el 23 de julio de 1982.

El interior y el exterior del Museo Nacional de Arte son verdaderamente hermosos. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Adultos, niños, clérigos y artistas ofrecen, a la vista de las miles de personas nacionales y extranjeros que van al museo cada mes, una suerte de “doble mirada” desde la tradición novohispana. Junto a ellos, las devociones marianas y cristológicas hallan en el recorrido una muestra del espíritu contrarreformista que nutrió el imaginario de todos esos hombres y mujeres virreinales, cuyas resonancias siguen configurando la mexicanidad actual.

El escritor y antropólogo Georges Bataille apuntó: “Debes saber, en primer lugar, que cada cosa que posee un rostro manifiesto posee también uno oculto”. La sección “La doble mirada” aborda el género del retrato como una especie de “doble mirada” (en el contexto de quien ve y es visto) entre el retratado y el espectador. Es el conocido “retrato de aparato” que da cuenta del posicionamiento social, indumentaria y valores simbólicos del personaje.

Destaca la obra de José María Vázquez, pintada en el ocaso virreinal, con la religiosa que porta un escudo de monja que pondera su devoción por la Virgen del Apocalipsis. Cierran el núcleo los retratos de los esposos Barbaboza, de tradición política, y ganadera, a modo de “pendant” (término utilizado en arte, para decir a un par de piezas, esculturas, cuadros, o retratos, que se realiza expresamente con la finalidad de ser exhibidos conjuntamente).

Otras pinturas igualmente exquisitas por su factura se exhiben en el MUNAL: La presentación del Niño en el templo, Cristo en la Cruz y El Divino Rostro. (Fotografías de obra, Graciela Nájera Sánchez)

Un apartado sumamente atractivo es el dedicado a José Juárez y sus hagiografías. En este portentoso artista se manifiestan las influencias estilísticas de su padre y maestro, Luis Juárez, y también las del sevillano Sebastián López de Arteaga, configurando un lenguaje innovador que cimentó a la escuela novohispana claroscurista, plena de gran expresión emocional. Destaca su óleo El martirio de San Lorenzo, de mediados del siglo XVII.

Esa obra, pintada en 1650 para la iglesia del convento homónimo y trasladada en 1878 a la Academia de Bellas Artes, muestra la maestría de Juárez, patente en la anatomía del diácono y la fuerte expresiva iluminación de los personajes que participan en la escena, remitiendo a quien la contempla a los tratados y discusiones iconográficos como el de Juan Interián de Ayala (Madrid, 1657-1730), sacerdote tratadista de estética y teólogo.

El Ángel de la Guarda, El martirio de San Lorenzo, San Cristóbal y Santa Cecilia, son otras tantas de las magníficas obras en exhibición. (Fotografías de obra, Graciela Nájera Sánchez)

Integrada por cerca de 60 piezas, la exposición da cuenta del paralelismo artístico entre la pintura sacra y profana de la Nueva España. En las salas, el público encuentra obras que, hasta el día de hoy, habían permanecido resguardadas. La exhibición muestra el complejo mosaico sociocultural en el mundo novohispano y el binomio tradición religiosa-civil en el arte, a través de géneros artísticos como el retrato, el paisaje y la pintura de castas.

La muestra, a cargo de los curadores Héctor Palhares y Ramón Avendaño, presenta la producción de grandes artistas como Sebastián López de Arteaga, Alonso López de Herrera, Cristóbal de Villalpando, Miguel Cabrera, José de Alcíbar, y poco estudiados como Diego Domínguez de Sanabria. Mención especial merece la producción artística de dos de las dinastías más emblemáticas de pintores en Nueva España, los Echave y los Juárez.