EL DERECHO A LA FELICIDAD. UNA CRÓNICA ENTRE EL SÚPER, LA RUEDA CHUECA Y LAS CONSTITUCIONES


En mi casa, el refrigerador siempre anuncia la verdad antes que las noticias: medio jitomate apachurrado y reseco, un limón solitario y dos huevos que ya vivieron mejores días. No es descuido; simplemente Farah y yo detestamos ir al súper, así que lo vamos aplazando hasta que la necesidad ya no se puede ignorar, cuando no hay nada para cenar o cuando el rollo de papel quedó reducido a puro cartón. La casa tiene maneras muy precisas de avisar que ya no podemos hacernos las distraídas.

Para hacerlo menos dramático, organizamos concursos absurdos: piedra-papel-tijera, una moneda al aire o cualquier método que simule cierta justicia cósmica. A veces gana ella, a veces gano yo, pero cuando Farah pierde y no quiere ir, activa el drama estratégico y se indigna con tal convicción que la que termina saliendo al súper soy yo, como si en algún momento hubiera existido otra opción. Sería fácil llamarlo manipulación, aunque se parece más a talento heredado.

Y allá voy, con ese ánimo de quien intenta rescatar el día con un poco de autoengaño. “A lo mejor ya huele a canela, a vainilla, a pay, a pino”, pienso. Y sí huele. Pero no alcanza. Hay olores que prometen magia, aunque una ya aprendió que la magia requiere condiciones más complejas que las que ofrece el pasillo de panadería.

La felicidad no se decreta, no se impone como consigna estacional y tampoco se resuelve con un cambio de actitud. Fotografía de Viridiana Orozco.

Lo que de verdad me desgasta no es el precio, aunque hoy todavía puedo pagarlo, sino ese ejercicio constante de elegir: esto o aquello, grande o pequeño, si lo necesito, si lo quiero, o si solo estoy actuando como alguien que tiene claras sus prioridades cuando, en realidad, todas se deslizan entre los dedos.

Entre las ofertas y los frascos aparece lo que preferiría no mirar de frente: esta libertad de elegir existe porque, por ahora, tengo trabajo. Y ese “por ahora” termina en 2027. No porque yo lo haya decidido, sino porque así se resolvió en una madrugada legislativa, como quien mueve un mueble mientras una duerme. Una cree que camina sobre piso firme hasta que descubre que todo era una tabla floja sostenida por el azar político. “Reinvéntate”, me dicen. Qué fácil es decirlo cuando quien lo dice no tiene que hacerlo de prisa. La pregunta verdadera, la que late bajito mientras empujo el carrito, es otra: ¿con qué piso debajo se supone que una salta?

El carrito, siempre el de la rueda chueca, que parece conocerme, protesta a cada paso. Compro lo mínimo. Y para no convertirme en la Grinch de la oficina, termino frente a los adornos: elijo un cojín con un Santa medio cansado, uno que parece llevar sus propios plazos internos, y una corona, no la bonita ni la elegante, sino la que quedó en el rincón, un poco aplastada. La tomo porque diciembre pasa de prisa; apenas la cuelgo y ya estoy pensando en guardarla.

Y justo entonces aparece el comentario de la terapeuta de Farah: que quizá yo nunca logré que mi hija viera la Navidad como algo emocionante. Mejor que se equivoque: no es trauma sino genética. En esta familia los genes antinavideños están muy bien establecidos desde hace generaciones.

Diciembre insiste en una alegría uniforme mientras la realidad se encarga de matizarla. La temporada se llena de frases sobre gratitud y plenitud al mismo tiempo que, en otros lugares del mundo, la felicidad se discute como asunto jurídico. Brasil llegó a plantear su reconocimiento expreso; la propuesta no prosperó, pero dejó claro que no basta con desear bienestar, también se necesita nombrarlo y pensarlo desde el derecho. Japón incluyó, desde 1946, la búsqueda de la felicidad en su Constitución como objetivo legítimo del Estado. Corea del Sur ha utilizado esa idea en su Tribunal Constitucional para exigir mínimos vitales. Bután se atrevió a medirla a través de la Felicidad Nacional Bruta (FNB), convencido de que el crecimiento económico no cuenta toda la historia.

Los caminos son distintos, pero comparten un punto de partida: la felicidad no se sostiene en el puro empeño individual, sino en condiciones colectivas que la vuelven posible. Un país puede promover meditaciones, decretos y frases optimistas; si al mismo tiempo mantiene a su población en la cuerda floja, lo que hay no es derecho a la felicidad, sino exigencia de buena cara.

No se trata de que los Estados prometan felicidad, sino de que construyan estructuras que permitan una vida menos expuesta. Fotografías de Viridiana Orozco.

México eligió otra ruta. Nuestra Constitución no nombra la felicidad, pero reconoce dignidad, igualdad, salud, vivienda, educación, trabajo. Sobre el papel, ahí está el esqueleto mínimo de una vida que podría ser habitable. Sin embargo, basta ver cómo se tambalean esos derechos frente a cualquier crisis para entender la fragilidad del piso. En Hidalgo, por ejemplo, las lluvias intensas han tenido incomunicadas por días a comunidades enteras en la zona otomí tepehua. Cuando el camino se derrumba, los derechos se quedan del otro lado del deslave. En esos lugares, la felicidad no se discute; se mide en algo tan concreto como poder salir, conseguir agua, llegar a un hospital.

Algo similar señala el informe A/HRC/57/49 del Experto Independiente de Naciones Unidas, George Katrougalos, cuando habla de un orden internacional democrático y equitativo. No se trata de que los Estados prometan felicidad, sino de que construyan estructuras que permitan una vida menos expuesta al capricho del mercado, de la guerra o de las decisiones tomadas lejos de quienes las padecen. Sin estabilidad laboral, sin servicios públicos que funcionen, sin justicia que llegue a tiempo, la felicidad deja de ser horizonte posible y se convierte en consigna.

La cultura dominante, en cambio, insiste en lo contrario. Se predican recetas de superación personal, atractivas y portátiles: decreta, visualiza, agradece, cambia la actitud. Así, cualquier tristeza o angustia aparece como falla de carácter o que no se le pidió correctamente al Universo, y no como respuesta lógica a un entorno que obliga a vivir en la incertidumbre. El mensaje es claro: si no eres feliz, el problema eres tú, no las condiciones que te rodean.

Diciembre se vuelve el escaparate perfecto de esa tensión. Mientras algunas personas llenan carritos para cenas abundantes, otras se conforman con las monedas que reciben por empacar esas mismas compras. Para quien empuja el carrito, la felicidad se confunde con la posibilidad de seguir pagando la renta unos meses más. Para quien sostiene las bolsas ajenas, se parece más a completar lo justo para la comida de ese día. El villancico es el mismo para todos, pero no suenan igual las palabras cuando el futuro se mira desde abajo.

Los caminos son distintos, pero comparten un punto de partida: la felicidad no se sostiene en el puro empeño individual, sino en condiciones colectivas que la vuelven posible. Fotografías de Viridiana Orozco.

La Constitución mexicana habla de dignidad, igualdad y derechos, y los informes internacionales recuerdan que el orden democrático debería construir condiciones materiales para que esa dignidad no sea un lujo. Entre el carrito del súper, la corona aplastada y el contrato que expira en 2027 se dibuja una pregunta menos decorativa que cualquier frase navideña: qué tipo de país puede hablar de felicidad si no garantiza, al menos, que el piso no se abra bajo los pies de quienes lo habitan.

La felicidad no se decreta, no se impone como consigna estacional y tampoco se resuelve con un cambio de actitud. Se sostiene, si acaso, cuando la vida deja de depender de decisiones lejanas e inestables y encuentra por fin un suelo donde caminar sin miedo a que desaparezca de un año para otro.